¿Enseñarle las bragas? ¿De qué coño habla este pirado? Me giré, mirándole con odio.
-Ya te gustaría poder verme las bragas -vaya, había sido un buen comienzo- y sobre lo del pelo ¿cuándo se supone que se va a ir el efecto? ¡No me gusta nada, y no tenías ningún derecho a hacerme... lo que me hagas hecho! -No pude reprimir un empujón hacia su persona.
Nada más hacerlo, vi un cuerpo amarillo moviéndose dentro de su túnica y retrocedí un par de pasos.
-Esta tarde espero tener un antídoto para este color horrible, o me chivaré. Lo prometo.
Acto seguido, me fui corriendo. Inevitablemente, a los pocos pasos me di cuenta de que estaba totalmente perdida. Cagándome en mí misma, traté de retroceder por el camino que creía que había utilizado, pero en seguida dejaron de sonarme las cosas. Me encontraba en mitad de un pasillo muy oscuro. Había bajado demasiadas escaleras y, por lo que supuse, estaría cerca de las mazmorras; en aquel pasillo había un par de armaduras antiguas que chirriaron cuando pasé por su lado, haciéndome saltar casi un metro por el susto; me alejé de ellas lo más rápido que pude. El techo cada vez era más bajo, y eso que pensaba que estaba retrocediendo sobre mis pasos. Al final, me detuve y miré hacia delante y hacia atrás. Decidí volver por el camino que estaba utilizando, pues cada vez hacía más frío.
Afortunadamente, me crucé con un cuadro en el cual no había reparado antes. En él se mostraba un árbol precioso en mitad de una planície cubierta de flores y hierva.
Me acerqué lentamente al lienzo, mirando a mi alrededor por si veía a alguien que pudiera aconsejarme mejor que un cuadro vacío.
-Hola... -me sentí un poco ridícula hablando con un cuadro, pero había visto a más alumnos hacer lo mismo, así que... por qué no probar- hola... ¿cómo... cómo puedo salir de aquí?
Nadie respondió, ni siquiera el árbol. Un poco de frisa falsa sacudió la copa del mismo, que se meció al son del viento.
-Por favor, necesito salir de aquí. Por fa... -de pronto, se escuchó un chasquido sordo. El cuadro, de 50x50 o algo así, se hundió en la pared y, antes de que pudiera pensar que ya me había cargado otra cosa, se hizo a un lado mostrando un profundo y oscuro pasadizo.
Miré a mi alrededor, pensando que tampoco tenía que ser muy legal entrar por pasadizos. De todas maneras, el cuadro me había mostrado un sitio por el que salir, y no iba a ser tan grosera de haberle molestado para nada.
Me encaramé a una piedra que sobresalía un poco más que las demás y me aupé con las manos. Resollando por el esfuerzo, conseguí pasar medio torso por el agujero, y me arrastré por la superficie helada de las piedras hasta encontrarme de nuevo frente al cuadro, oculto también dentro del pasadizo para dejarme pasar.
-Gracias -musité. Me pareció ver una cara sonriente en la corteza, pero serían impresiones mías. Acto seguido, se cerró a mis espaldas y quedé completamente a oscuras. Vaya, no había contado con aquello.
Comencé a ponerme nerviosa y tanteé en busca de mi varita, sabía que nos habían enseñado algo para iluminarnos en la oscuridad, pero también sabía que estaba mal hacer magia fuera de las clases. Nerviosa, saqué la varita del bolsillo de la mochila y me quedé un rato quieta y en silencio. Por fin, susurré, insegura:
-Lumos -la punta de la varita comenzó a brillar y por fin pude ver un pasadizo de un tamaño ridículo que se extendía a lo lejos. Miré a mi espalda, donde sólo había un muro de piedras que parecía imperturbable. Al volver la cabeza, me choqué contra el duro techo.
Comencé a arrastrarme hacia delante forzosamente, como un soldado americano arrastrándose entre las selvas de vietnam.
Al cabo de lo que me pareció una eternidad arrastrándome por una superficie de piedra que subía y bajaba, por fin vi una luz al final del tunel (vaya, qué típico). Me arrastré más rápidamente, pues no había dejado de notar patitas diminutas recorriéndome las piernas y había destrozado unas cuantas telarañas a mi paso. Cuando llegué a la desembocadura del túnel, pude ver que había bajado tanto hasta llegar al nivel del suelo. Me arrastré penosamente hasta salir por completo y me puse en pie. Cuando me giré para mirar el agujero, vi que había desaparecido. Palpé un poco a su alrededor, pero no había ni rastro. Había salido al jardín del castillo, a una zona que no había visto nunca.
Me sacudí el polvo, el barro y las telarañas que se me habían adherido al cabello, y me dispuse a caminar al rededor de la fortaleza hasta encontrar la entrada antes de que me vieran cubierta de mugre.
-Ya te gustaría poder verme las bragas -vaya, había sido un buen comienzo- y sobre lo del pelo ¿cuándo se supone que se va a ir el efecto? ¡No me gusta nada, y no tenías ningún derecho a hacerme... lo que me hagas hecho! -No pude reprimir un empujón hacia su persona.
Nada más hacerlo, vi un cuerpo amarillo moviéndose dentro de su túnica y retrocedí un par de pasos.
-Esta tarde espero tener un antídoto para este color horrible, o me chivaré. Lo prometo.
Acto seguido, me fui corriendo. Inevitablemente, a los pocos pasos me di cuenta de que estaba totalmente perdida. Cagándome en mí misma, traté de retroceder por el camino que creía que había utilizado, pero en seguida dejaron de sonarme las cosas. Me encontraba en mitad de un pasillo muy oscuro. Había bajado demasiadas escaleras y, por lo que supuse, estaría cerca de las mazmorras; en aquel pasillo había un par de armaduras antiguas que chirriaron cuando pasé por su lado, haciéndome saltar casi un metro por el susto; me alejé de ellas lo más rápido que pude. El techo cada vez era más bajo, y eso que pensaba que estaba retrocediendo sobre mis pasos. Al final, me detuve y miré hacia delante y hacia atrás. Decidí volver por el camino que estaba utilizando, pues cada vez hacía más frío.
Afortunadamente, me crucé con un cuadro en el cual no había reparado antes. En él se mostraba un árbol precioso en mitad de una planície cubierta de flores y hierva.
Me acerqué lentamente al lienzo, mirando a mi alrededor por si veía a alguien que pudiera aconsejarme mejor que un cuadro vacío.
-Hola... -me sentí un poco ridícula hablando con un cuadro, pero había visto a más alumnos hacer lo mismo, así que... por qué no probar- hola... ¿cómo... cómo puedo salir de aquí?
Nadie respondió, ni siquiera el árbol. Un poco de frisa falsa sacudió la copa del mismo, que se meció al son del viento.
-Por favor, necesito salir de aquí. Por fa... -de pronto, se escuchó un chasquido sordo. El cuadro, de 50x50 o algo así, se hundió en la pared y, antes de que pudiera pensar que ya me había cargado otra cosa, se hizo a un lado mostrando un profundo y oscuro pasadizo.
Miré a mi alrededor, pensando que tampoco tenía que ser muy legal entrar por pasadizos. De todas maneras, el cuadro me había mostrado un sitio por el que salir, y no iba a ser tan grosera de haberle molestado para nada.
Me encaramé a una piedra que sobresalía un poco más que las demás y me aupé con las manos. Resollando por el esfuerzo, conseguí pasar medio torso por el agujero, y me arrastré por la superficie helada de las piedras hasta encontrarme de nuevo frente al cuadro, oculto también dentro del pasadizo para dejarme pasar.
-Gracias -musité. Me pareció ver una cara sonriente en la corteza, pero serían impresiones mías. Acto seguido, se cerró a mis espaldas y quedé completamente a oscuras. Vaya, no había contado con aquello.
Comencé a ponerme nerviosa y tanteé en busca de mi varita, sabía que nos habían enseñado algo para iluminarnos en la oscuridad, pero también sabía que estaba mal hacer magia fuera de las clases. Nerviosa, saqué la varita del bolsillo de la mochila y me quedé un rato quieta y en silencio. Por fin, susurré, insegura:
-Lumos -la punta de la varita comenzó a brillar y por fin pude ver un pasadizo de un tamaño ridículo que se extendía a lo lejos. Miré a mi espalda, donde sólo había un muro de piedras que parecía imperturbable. Al volver la cabeza, me choqué contra el duro techo.
Comencé a arrastrarme hacia delante forzosamente, como un soldado americano arrastrándose entre las selvas de vietnam.
Al cabo de lo que me pareció una eternidad arrastrándome por una superficie de piedra que subía y bajaba, por fin vi una luz al final del tunel (vaya, qué típico). Me arrastré más rápidamente, pues no había dejado de notar patitas diminutas recorriéndome las piernas y había destrozado unas cuantas telarañas a mi paso. Cuando llegué a la desembocadura del túnel, pude ver que había bajado tanto hasta llegar al nivel del suelo. Me arrastré penosamente hasta salir por completo y me puse en pie. Cuando me giré para mirar el agujero, vi que había desaparecido. Palpé un poco a su alrededor, pero no había ni rastro. Había salido al jardín del castillo, a una zona que no había visto nunca.
Me sacudí el polvo, el barro y las telarañas que se me habían adherido al cabello, y me dispuse a caminar al rededor de la fortaleza hasta encontrar la entrada antes de que me vieran cubierta de mugre.