7 ago 2011

Lorena

La primera semana de clase pasó entre trompicones y quemaduras varias. A penas si me crucé con aquel chico del Dragón tan desagradable que siempre se metía conmigo.
Por fin, llegó el fin de semana. La mañana del sábado me desperté porque Perro comenzó a arañarme los pies, maullando.
-Vete a cazar ratones -mascullé, hastiada y con voz pastosa- pero luego no me los traigas de ofrenda, que no soy una diosa azteca.

Después de dar un par de vueltas más sobre la cama, entreabrí un ojo legañoso y me di cuenta de que todas mis compañeras habían desaparecido. Miré el reloj sobre la pared y me di cuenta de que eran a penas las diez de la mañana. ¿Pero quién narices se levanta un sábado a las diez de la mañana?
Al final me rendí a la evidencia y bajé a la sala común, aún en pijama, para ver si encontraba a alguna de mis amigas para que me acompañara a desayunar, cuando me di cuenta de que todo el mundo iba con ropa normal.
-Hola -encontré a Sofía, que estaba leyendo una revista en una butaca- ¿no os ponéis el uniforme?
-¿En sábado? ¿Para qué?
-También es verdad... ¿te vienes a desayunar?
-Ya he desayunado, pero date prisa que a las diez y media, los elfos domésticos se llevan lo que sobre.
-Vale, vale.

Volví a subir las escaleras, resollando al llegar al final. Me puse unos pantalones vaqueros, una camiseta de tirantes negra y me lavé la cara rápidamente en el baño. Corrí hacia el gran comedor, justo a tiempo para ponerme un vaso de leche con chocolate y una tostada con mermelada de fresa. Nada más cogerlo, el resto de comida de la mesa desapareció sin dejar rastro.
Como estaba totalmente sola, a excepción de un par de alumnos mayores de la casa del Lobo, decidí terminarme la leche e ir a tomarme la tostada al jardín, a uno de los bancos de piedra que había frente al valle.

En seguida comencé a sentirme un poco sola, y una vez la tostada se hubo acabado, no supe muy bien qué hacer. No había terminado de hacerme amiga de las chicas de la habitación, y me daba vergüenza vagar por el castillo en busca de Pablo, con quien me había reído un montón en las clases a lo largo de la semana.
Por fin, decidí ir a la biblioteca para terminar mis deberes, así que después de pasar por mi habitación, me encaminé hacia allí y estuve toda la mañana hasta que por fin puse el último punto al pergamino de los deberes de pociones, los que más me habían costado hacer a lo largo de la semana. Básicamente porque no tenía ganas.

Cuando levanté la vista de la mesa me di cuenta de que ya era la hora de comer, a parte de porque el reloj de pared de la biblioteca dio la hora, porque el estómago me rugía como un león enfurecido. Por fin, guardé todas mis cosas en la mochila y me fui corriendo al gran comedor, antes de que los elfos domésticos se llevaran toda la comida.