Después de cerrar los ojos, escuche una voz femenina, y la voz del chico que estaba a mi lado, pero poco a poco las voces se fueron difuminando, dando paso al sueño.
Dentro del sueño, veía a una gran serpiente que se movía siseante, y me pedía que la siguiera. Andábamos por el castillo de Iberia, por mi cuarto, por el comedor de mi casa, salíamos al bosque y entrabamos hasta llegar a una pequeña cabaña solitaria, en medio del bosque. Las ramas se movían arañándose unas a otras en un sonido espectral. Una niebla densa cubría el suelo impidiendo ver por dónde iba, pero me movía detrás de la serpiente sin importar donde fuera. La serpiente se paro en la puerta y fue encogiéndose hasta poder pasar por un hueco que había e la parte de abajo, un pequeño agujero provocado por la humedad y el desgaste.
Empujé la puerta y esta chirrió, apagando el sonido de las ramas y las voces de los búhos que se llamaban unos a otros. La puerta cedió al final, dejando una habitación oscura. Saqué mi barita y apunte.
-Lumus-susurré despacio, y de la varita salió un haz de luz que bañó la habitación por completo. Estaba en la entrada la cual tenía varios cuadros que me miraban cuando pasaba y susurraban e una voz tan baja que no llegaba a escuchar. Seguí caminando hasta llegar a la escalera del piso de arriba, e instintivamente subí los escalones, viendo al llegar arriba a la serpiente, ahora pequeña, deslizarse por el viejo suelo de madera, y entrar por una puerta que estaba a medio abrir. De la habitación salía una tenue luz anaranjada, como la que hace una pequeña chimenea encendida. Avance hasta aquella habitación y la abrí un poco, era una habitación sin cuadros, solo con un sillón y una mesa redonda. Tampoco había ninguna estantería, solo un par de marcos encima de la repisa de la chimenea, eran dos fotos en color, estáticas, de un hombre, una mujer y su hijo. Y en el suelo, tumbado inerte encima de la alfombra un cuerpo de un hombre, con ropas raídas, la cara en una mueca de dolor indescifrable. Llevaba una barba como si llevara varios días sin afeitarse. Tenía la cara amoratada al igual que los labios, la garganta llena de cortes y heridas y las uñas llenas de sangre.
Pegué un bote, ahogando un grito en medio del vagón. Cuando pude despejarme Nagga se había subido a mis rodillas y elevando su ofidia cabeza, lamia mi mejilla con su lengua bífida.
-Tranquila Nagga, era solo una pesadilla-dije susurrándolo en su odio mientras la acariciaba. Miré la habitación, solo estaba aquella chica con el pelo de un color verde. El chico parecía que se había ido, pero volvería porque se había dejado las jaulas. Me levanté y cogí la túnica de la casa del dragón, después acaricie a Nagga, la cual serpenteo y se coloco en mi sitió guardándolo. Me di media vuelta y salí de la habitación cuando el gato azulado de la chica me soltó un bufido.
-estúpido felino-alargue la mano y levante con sigilo el pestillo que sujetaba la puerta del gato.-veremos que haces con la puerta abierta.
Me dispuse a salir cuando una malefica idea paso por mi cabeza. Rebusqué entre mis bolsillos hasta encontrar un frasco de un color amarillento como el trigo. Quité el tapon y lo deje caer encima de la cabeza de la chica que dormia.
-El amarillo es mucho mas bonito- dije mientras salia de la habitación.
Dentro del sueño, veía a una gran serpiente que se movía siseante, y me pedía que la siguiera. Andábamos por el castillo de Iberia, por mi cuarto, por el comedor de mi casa, salíamos al bosque y entrabamos hasta llegar a una pequeña cabaña solitaria, en medio del bosque. Las ramas se movían arañándose unas a otras en un sonido espectral. Una niebla densa cubría el suelo impidiendo ver por dónde iba, pero me movía detrás de la serpiente sin importar donde fuera. La serpiente se paro en la puerta y fue encogiéndose hasta poder pasar por un hueco que había e la parte de abajo, un pequeño agujero provocado por la humedad y el desgaste.
Empujé la puerta y esta chirrió, apagando el sonido de las ramas y las voces de los búhos que se llamaban unos a otros. La puerta cedió al final, dejando una habitación oscura. Saqué mi barita y apunte.
-Lumus-susurré despacio, y de la varita salió un haz de luz que bañó la habitación por completo. Estaba en la entrada la cual tenía varios cuadros que me miraban cuando pasaba y susurraban e una voz tan baja que no llegaba a escuchar. Seguí caminando hasta llegar a la escalera del piso de arriba, e instintivamente subí los escalones, viendo al llegar arriba a la serpiente, ahora pequeña, deslizarse por el viejo suelo de madera, y entrar por una puerta que estaba a medio abrir. De la habitación salía una tenue luz anaranjada, como la que hace una pequeña chimenea encendida. Avance hasta aquella habitación y la abrí un poco, era una habitación sin cuadros, solo con un sillón y una mesa redonda. Tampoco había ninguna estantería, solo un par de marcos encima de la repisa de la chimenea, eran dos fotos en color, estáticas, de un hombre, una mujer y su hijo. Y en el suelo, tumbado inerte encima de la alfombra un cuerpo de un hombre, con ropas raídas, la cara en una mueca de dolor indescifrable. Llevaba una barba como si llevara varios días sin afeitarse. Tenía la cara amoratada al igual que los labios, la garganta llena de cortes y heridas y las uñas llenas de sangre.
Pegué un bote, ahogando un grito en medio del vagón. Cuando pude despejarme Nagga se había subido a mis rodillas y elevando su ofidia cabeza, lamia mi mejilla con su lengua bífida.
-Tranquila Nagga, era solo una pesadilla-dije susurrándolo en su odio mientras la acariciaba. Miré la habitación, solo estaba aquella chica con el pelo de un color verde. El chico parecía que se había ido, pero volvería porque se había dejado las jaulas. Me levanté y cogí la túnica de la casa del dragón, después acaricie a Nagga, la cual serpenteo y se coloco en mi sitió guardándolo. Me di media vuelta y salí de la habitación cuando el gato azulado de la chica me soltó un bufido.
-estúpido felino-alargue la mano y levante con sigilo el pestillo que sujetaba la puerta del gato.-veremos que haces con la puerta abierta.
Me dispuse a salir cuando una malefica idea paso por mi cabeza. Rebusqué entre mis bolsillos hasta encontrar un frasco de un color amarillento como el trigo. Quité el tapon y lo deje caer encima de la cabeza de la chica que dormia.
-El amarillo es mucho mas bonito- dije mientras salia de la habitación.