Me despertaron las voces excitadas de mi alrededor. Un murmullo que se tornaba atronador, conforme el expreso va disminuyendo su velocidad. Miré a través de la ventana, y me sorprendí al comprobar que, efectivamente, estábamos llegando, pues a través de ella se observaba una especie de castillo-fortaleza recortada contra el cielo nocturno. A saber cuántas horas había dormido.
Me desperecé y me sobresalté al ver que algo amarillo cruzaba por delante de mi cara, mientras me tocaba la cabeza. Me asusté aún más al descubrir que aquello amarillo que me había tocado era una de mis coletas, que, despeinada, se había vuelto a colocar en su sitio. Una coleta… amarilla.
Me observé el cabello con detenimiento; ¿era posible que aquello que me había echado aquel fanfarrón –que, por cierto, ya no se encontraba en el vagón- hubiese desteñido hasta quedarse en aquel amarillo pajizo?
Sin embargo, al ver que la portezuela de la jaula de mi gato se hallaba (casi) inexplicablemente abierta, mi mente tomó la decisión de que aquel estúpido me había vuelto a teñir el cabello y encima había soltado a mi gato. Hecha una furia, me levanté de golpe en el mismo fatídico instante en el que el tren frenó bruscamente, provocando mi caída.
Caí aparatosamente sobre mis maletas, provocando un alud de cajas y mochila. Me abrí paso entre ellas y, tras ponerme cada cosa en mi sitio, salí corriendo del compartimento para encontrar a mi gato, antes de que aprovechara las puertas del tren abiertas para escaparse. Sin embargo, a mi alrededor todos los estudiantes hicieron lo propio, y un montón de torsos, brazos y piernas comenzaron a empujarme de un lado a otro, mientras avanzaba, agachada buscando a Perro.
Teniendo un buen golpe de suerte, lo encontré agazapado detrás de una puerta y, cogiéndolo con un brazo y abriéndome paso con el otro, conseguí llegar a mi vagón, encerrar a Perro en su transportín, recoger mis maletas no sin cierta dificultad, y apearme del tren justo cuando éste comenzaba su marcha. Fuera hacía una típica noche estival, un poco tardía, y los alumnos más mayores comenzaron a dirigirse hacia unas carrozas, cada una tirada por un caballo de unas dimensiones que no deberían estar permitidas en animales que no fueran jirafas o elefantes africanos.
Poco a poco, los de primer año nos fuimos quedando solos, o aquello parecía. Nerviosa, busqué con la mirada a Pablo, el agradable chico con el que había entablado conversación en el tren.