Después de una charla en el vagón con mi amigo, salí cuando el tren tocaba puerta en el andén, así que ya que tenía los trastos en la mano, sería mejor bajar en la parada para evitar el encontronazo con la chica, que a estas alturas, ya debería de tener todo el pelo de un rubio pajizo.
Pasé entre la gente, que me lanzaba miradas y hacía un pequeño pasillo. Habían oído habar de mí, lo que no llegaba a saber es si lo que sentían era miedo o fascinación.
Al llegar a la puerta vi una melena del color del trigo, entrar corriendo en el vagón que estaba yo, pero en el lado contrario, sin duda estaría buscando a su azulado compañero.
Los alumnos ya se acumulaban ansiosos por llegar, y el ambiente ya olía a libro nuevo, pues la mayoría se había dedicado a abrir sus libros y pegarles los primeros vistazos en el tren.
En muchas de las túnicas se podía ver el distintivo de cada casa, y los colores pertenecientes a esta. Y por los bolsillos de las túnicas reglamentarias, se veían las puntas de las varitas. Y A
aunque dijeran que era peligroso, la gente no paraba de guardarlas así por comodidad.
Entre la gente que iba paseando en el tren pude ver a varios compañeros de clase, casi ninguno se llevaba bien conmigo. Se acercaban a mí pero era porque eran unos carroñeros y buscaban cobijarse bajo el árbol que más cobijaba.
Entre la gente idiota de mi casa, vi a dos de los mayores idiotas que jamás conocí. Raúl y Óscar. Eran de mi curso y estaban en el equipo de Quiditch, como golpeadores. Eran dos moles estúpidas y una de ellas tenía la cara roja, con una irritación y varias heridas por rascarse el escozor.
Al verme corrieron a mi lado.
-Carlos, esto, oye-dijo el de la cara rojiza algo avergonzado- necesito algo para la cara.
Le miré de arriba abajo y apartó un poco la mirada, huidizo.
-¿Te has equivocado con una pócima anti acné?-comenté jocoso, su compañero, algo ofendido, dio un paso hacia adelante, pero cuando vieron la punta de mi varita asomar por mi manga se pararon en seco.
-Un alumno nuevo, me ha tirado no se qué mierda a la cara, me ha pillado desprevenido-comentó mientras se cogía las manos para no rascarse.
-Bien, vale, te daré algo-dije mientras rebuscaba entre mis mangas un bote que siempre llevaba encima-Extracto de Gusarajo, Ponte un poco y luego devuélvemelo, pero no lo toques con las manos sucias-Espeté.
-Gracias, tío, me has salvado -dijo mientras cogía el bote con sus manos, algo temblorosas-Vamos tío, ya pillaremos al carbón ese.
Ambos tipos se marcharon a recoger sus cosas mientras uno de ellos, después de limpiarse las manos, cogía un poco del bote para untárselo en la cara.
La gente había ido pasando mientras hablaba con esos dos, y había perdido la visión de la chica que buscaba al gato. Seguramente ya habría bajado.
Un poco rezagado, bajé del tren cuando uno de los profesores apremiaba para que nos juntáramos todos para subir a las carrozas. Sara levantaba la cabeza, supongo que buscándome para compartir una carroza.
Di un paso para atrás mientras me escabullía, era lo que me faltaba, compartir una carroza con una pirada.
Cuando estaba a punto de perderme de vista, una mano atrapó mi hombro. Me giré con cara de pocos amigos para ver quién era.
-Sr. Draconis, será mejor que se apresure a entrar en la carroza-dijo una voz áspera, que reconocí enseguida. Era Príamo Scipio, el jefe de la casa del dragón y el profesor de Defensa contra las artes Oscuras. Era un hombre no muy agraciado, de pelo negro, lacio y algo grasoso que le caía hasta los hombros. De cejas finas, bien perfiladas y una nariz muy definida. Era alto, pero de constitución endeble. Lucía un traje negro, con el dragón bordado en la pechera.
Era mezquino con todos por igual, cruel y hasta cierto punto disfrutaba viendo sufrir a los alumnos.
-Príamo-Dije mientras le miraba a los ojos-Simplemente estaba buscando sitio para pasar.
-Claro, el primogénito de la familia Draconis siempre tiene que ir primero -comentó, en tono de burla.
-Eso será -le respondí sin hacerle mucho caso, mientras miraba por si aquella arpía que me seguía me había encontrado, pero no había rastro de ella y cada vez los alumnos eran menos.
-Tranquilo, seguro que encuentra alguien de su nobleza que pueda ir en la misma carroza-Hizo una mueca de diversión a la vez que miraba detrás de mí- La señorita Levane, estará encantada de acompañarle-comento en tono de burla mientras extendía la mano para señalarla.
Al girarme, Sara ya había conseguido atraparme y su brazo se había agarrado al mío como un grillete.
-Estaré encantada de acompañarle-dijo mientras apretaba su cuerpo contra mi brazo. Notaba sus pechos rozarme y, en cierta manera, aquello me gustó.
-Sí, bueno, será mejor que vaya ya, profesor Príamo, si no llegare tarde-dije mientras me daba la vuelta, no sabía que era peor, la presencia de la chica o la de aquel imbécil.
-Profesor Scipio, no te olvides Draconis-Respondió, tajante, y se dio media vuelta para apremiar o estorbar a otros alumnos. Cuando me di cuenta, mi amigo ya había subido a su carroza y tenía que compartir la mía con Sara.
El viaje fue largo y sobretodo manoseado, aquella mujer no paraba de atosigarme con preguntas y acercase a mí, demasiado. Cuando notaba sus brazos agarrándome, el olor de su pelo penetraba mi nariz, un olor dulce, empalagoso, que se aferraba a cada poro de mi cuerpo y se quedaba un buen rato allí. No podía evitar pensar en aquella chica de forma sexual, pero era solo durante el momento en el que el fuego interno del dragón no discernía la realidad.
Intenté desembarazarme de ella con falsas promesas, y al llegar al palacio, conseguí darle esquinazo diciéndole que tenía que hablar con el profesor de pociones.
Aceleré el paso y me senté en un sitio, bastante apartado, donde conseguí camuflarme.
Cuando estuve sentado, el celador traía consigo un espejo, el espejo seleccionador.
Aquel espejo fue el objeto que Luana Laín, fundadora de la casa de la Lechuza, dejó en el colegio cuando se fundó. Era un espejo liso, perfectamente pulido, en un marco de plata, que nunca había perdido un ápice de su brillo. En el Espejo había engarzadas 4 joyas, cada una de un color. Y en el interior de aquellas joyas, estaba escrito el nombre de una de las casas.
Era un objeto poderoso, muy poderoso, pues leía en las personas que se reflejaban en el, sus deseos y elegía cuidadosamente la casa donde debían entrar.
El primer fogonazo dio paso a las elecciones, pues los alumnos ya llegaban con el transportador.
Uno a uno, fueron elegidos por las casas. En uno de los fogonazos, la chica de pelo pajizo se encontró delante del espejo, algo aturdida. Se acerco al espejo y la esfera de la marta empezó a brillar muy fuerte, escribiendo el nombre de la casa a la que tenía que ir.
-La marta…-susurré-me voy a divertir.
Pasé entre la gente, que me lanzaba miradas y hacía un pequeño pasillo. Habían oído habar de mí, lo que no llegaba a saber es si lo que sentían era miedo o fascinación.
Al llegar a la puerta vi una melena del color del trigo, entrar corriendo en el vagón que estaba yo, pero en el lado contrario, sin duda estaría buscando a su azulado compañero.
Los alumnos ya se acumulaban ansiosos por llegar, y el ambiente ya olía a libro nuevo, pues la mayoría se había dedicado a abrir sus libros y pegarles los primeros vistazos en el tren.
En muchas de las túnicas se podía ver el distintivo de cada casa, y los colores pertenecientes a esta. Y por los bolsillos de las túnicas reglamentarias, se veían las puntas de las varitas. Y A
aunque dijeran que era peligroso, la gente no paraba de guardarlas así por comodidad.
Entre la gente que iba paseando en el tren pude ver a varios compañeros de clase, casi ninguno se llevaba bien conmigo. Se acercaban a mí pero era porque eran unos carroñeros y buscaban cobijarse bajo el árbol que más cobijaba.
Entre la gente idiota de mi casa, vi a dos de los mayores idiotas que jamás conocí. Raúl y Óscar. Eran de mi curso y estaban en el equipo de Quiditch, como golpeadores. Eran dos moles estúpidas y una de ellas tenía la cara roja, con una irritación y varias heridas por rascarse el escozor.
Al verme corrieron a mi lado.
-Carlos, esto, oye-dijo el de la cara rojiza algo avergonzado- necesito algo para la cara.
Le miré de arriba abajo y apartó un poco la mirada, huidizo.
-¿Te has equivocado con una pócima anti acné?-comenté jocoso, su compañero, algo ofendido, dio un paso hacia adelante, pero cuando vieron la punta de mi varita asomar por mi manga se pararon en seco.
-Un alumno nuevo, me ha tirado no se qué mierda a la cara, me ha pillado desprevenido-comentó mientras se cogía las manos para no rascarse.
-Bien, vale, te daré algo-dije mientras rebuscaba entre mis mangas un bote que siempre llevaba encima-Extracto de Gusarajo, Ponte un poco y luego devuélvemelo, pero no lo toques con las manos sucias-Espeté.
-Gracias, tío, me has salvado -dijo mientras cogía el bote con sus manos, algo temblorosas-Vamos tío, ya pillaremos al carbón ese.
Ambos tipos se marcharon a recoger sus cosas mientras uno de ellos, después de limpiarse las manos, cogía un poco del bote para untárselo en la cara.
La gente había ido pasando mientras hablaba con esos dos, y había perdido la visión de la chica que buscaba al gato. Seguramente ya habría bajado.
Un poco rezagado, bajé del tren cuando uno de los profesores apremiaba para que nos juntáramos todos para subir a las carrozas. Sara levantaba la cabeza, supongo que buscándome para compartir una carroza.
Di un paso para atrás mientras me escabullía, era lo que me faltaba, compartir una carroza con una pirada.
Cuando estaba a punto de perderme de vista, una mano atrapó mi hombro. Me giré con cara de pocos amigos para ver quién era.
-Sr. Draconis, será mejor que se apresure a entrar en la carroza-dijo una voz áspera, que reconocí enseguida. Era Príamo Scipio, el jefe de la casa del dragón y el profesor de Defensa contra las artes Oscuras. Era un hombre no muy agraciado, de pelo negro, lacio y algo grasoso que le caía hasta los hombros. De cejas finas, bien perfiladas y una nariz muy definida. Era alto, pero de constitución endeble. Lucía un traje negro, con el dragón bordado en la pechera.
Era mezquino con todos por igual, cruel y hasta cierto punto disfrutaba viendo sufrir a los alumnos.
-Príamo-Dije mientras le miraba a los ojos-Simplemente estaba buscando sitio para pasar.
-Claro, el primogénito de la familia Draconis siempre tiene que ir primero -comentó, en tono de burla.
-Eso será -le respondí sin hacerle mucho caso, mientras miraba por si aquella arpía que me seguía me había encontrado, pero no había rastro de ella y cada vez los alumnos eran menos.
-Tranquilo, seguro que encuentra alguien de su nobleza que pueda ir en la misma carroza-Hizo una mueca de diversión a la vez que miraba detrás de mí- La señorita Levane, estará encantada de acompañarle-comento en tono de burla mientras extendía la mano para señalarla.
Al girarme, Sara ya había conseguido atraparme y su brazo se había agarrado al mío como un grillete.
-Estaré encantada de acompañarle-dijo mientras apretaba su cuerpo contra mi brazo. Notaba sus pechos rozarme y, en cierta manera, aquello me gustó.
-Sí, bueno, será mejor que vaya ya, profesor Príamo, si no llegare tarde-dije mientras me daba la vuelta, no sabía que era peor, la presencia de la chica o la de aquel imbécil.
-Profesor Scipio, no te olvides Draconis-Respondió, tajante, y se dio media vuelta para apremiar o estorbar a otros alumnos. Cuando me di cuenta, mi amigo ya había subido a su carroza y tenía que compartir la mía con Sara.
El viaje fue largo y sobretodo manoseado, aquella mujer no paraba de atosigarme con preguntas y acercase a mí, demasiado. Cuando notaba sus brazos agarrándome, el olor de su pelo penetraba mi nariz, un olor dulce, empalagoso, que se aferraba a cada poro de mi cuerpo y se quedaba un buen rato allí. No podía evitar pensar en aquella chica de forma sexual, pero era solo durante el momento en el que el fuego interno del dragón no discernía la realidad.
Intenté desembarazarme de ella con falsas promesas, y al llegar al palacio, conseguí darle esquinazo diciéndole que tenía que hablar con el profesor de pociones.
Aceleré el paso y me senté en un sitio, bastante apartado, donde conseguí camuflarme.
Cuando estuve sentado, el celador traía consigo un espejo, el espejo seleccionador.
Aquel espejo fue el objeto que Luana Laín, fundadora de la casa de la Lechuza, dejó en el colegio cuando se fundó. Era un espejo liso, perfectamente pulido, en un marco de plata, que nunca había perdido un ápice de su brillo. En el Espejo había engarzadas 4 joyas, cada una de un color. Y en el interior de aquellas joyas, estaba escrito el nombre de una de las casas.
Era un objeto poderoso, muy poderoso, pues leía en las personas que se reflejaban en el, sus deseos y elegía cuidadosamente la casa donde debían entrar.
El primer fogonazo dio paso a las elecciones, pues los alumnos ya llegaban con el transportador.
Uno a uno, fueron elegidos por las casas. En uno de los fogonazos, la chica de pelo pajizo se encontró delante del espejo, algo aturdida. Se acerco al espejo y la esfera de la marta empezó a brillar muy fuerte, escribiendo el nombre de la casa a la que tenía que ir.
-La marta…-susurré-me voy a divertir.