Por fin había encontrado a Pablo. Comenzamos a hablar y, nerviosos, como el resto de primerizos, nos quedamos esperando. Poco a poco los alumnos más mayores fueron desapareciendo en los carromatos, mientras nosotros nos quedábamos solos en la estación, en mitad del césped. A lo lejos se veían las luces encendidas del castillo, con sus torreones puntiagudos. Comencé a sentirme un poco nerviosa, y cogí a Pablo de la mano.
De pronto se escuchó una voz a lo lejos.
-¡Perdonad! -Un hombre de mediana edad se acercó a nosotros, frenando de lo que parecía había sido una gran carrera desde la puerta del castillo a nuestro reducido grupo. Llevaba un sombrero puntiagudo y una túnica blanca y roja. Me recordó a Panoramix, el druida de Asterix y Obelix, pero sin esa barba tan carismática- Bueno, bueno -cuando se detuvo, se llevó una mano al costillar, seguramente para paliar el flato. Me pareció un hombrecillo un tanto ridículo. Continué sin soltar la mano de Pablo, aunque sentía que sudaba de la inquietud- ¡Otra camada de chiquitines! ¿Sois todos de primero? Muy bien, adelante.
Nos condujo por el césped hacia una especie de glorieta blanca, algo mal restaurada, que había en mitad del jardín. Por el camino, estuvo pendiente de que ninguno de nosotros se extraviara. Al llegar, se detuvo y extendió los brazos, orgulloso.
-Bueno, -repitió, mirándonos como si fuésemos cochinillos a punto de una sabrosa matanza- como sabréis, estáis a punto de comenzar el colegio, donde, espero, aprendáis muchas cosas. Yo seré vuestro director, Alfredo García. Podéis llamarme Don Alfredo. -Miré con inquietud hacia la glorieta y luego al castillo. ¿Aquel demente se había equivocado de puerta o qué? ¿Cómo pretendía que aquello fuera nuestro colegio?- Bueno, en esta escuela hay cuatro casas donde viviréis, dormiréis y entablaréis amistad. Estas casas son la casa del Lobo, la casa de la Marta, la casa de la Lechuza y la casa del Dragón, cada una famosa por sus propios logros, que ya iréis descubriendo. Bueno -comenzaba a odiar aquella coletilla. Y cuando se ajustó el largo sombrero, pude ver que se había hecho el peinado tipo cortinilla, a lo Anasagasti. Me parecía que ya le había cogido un poco de tirria al profesor- ahora pasaréis al Comedor y allí se hará la elección.
Miré a Pablo ¿cómo que selección? ¿Qué casas había dicho? Lechuza, marta... dios, no me acordaba. Mientras me sumía absorta en mis meditaciones, el profesor continuó hablando sobre nosequé de unas lámparas y un espejo. Cuando me quise dar cuenta, sacó un rollo de pergamino y llamó a un chaval, que avanzó inquieto y subió los escalones de la glorieta. Allí cogió una especie de tetera alargada, la frotó suavemente con los dedos y desapareció. Algunos alumnos -entre los que me incluyo- soltamos un grito. Del susto, le espachurré los dedos a Pablo. Le solté, avergonzada, y me sequé la mano contra la túnica. Pobrecito, no le había dado una mano, le había dado una lengua de vaca.
El director, complacido con nuestra reacción, llamó al siguiente de la lista. Me concentré en ver qué hacían todos, para hacerlo yo también y no cagarla. Me inquietaba la incógnita de qué pasaría al otro lado -o en el interior- de la lámpara. Tenía que haber prestado atención, cachis.
Tenía la merienda en el gaznate, y las piernas me temblaban un poquito. Por fin, llegaron a la G, y tras una familia entera de Garcías, tocayos del dire, me llamaron a mí.
Emití una sonrisa nerviosa hacia Pablo y avancé entre los alumnos hacia la glorieta. Allí, al ver al director de cerca, me pareció un completo cretino. Un típico hombrecillo de la españa profunda. Le faltaba el bigotillo hitleriano.
Una vez con la lámpara en las manos, pude apreciar que olía fuertemente a óxido, y que pesaba más de lo que parecía. La froté débilmente y en seguida noté como si me intentaran meter por un agujero demasiado pequeño. No podía respirar, ni ver, ni casi pensar. Cuando pensaba que me iba a morir de la claustrofobia, todo acabó y aterricé bruscamente sobre una tarima de madera, frente a lo que parecía un comedor de colegio gigante, y tras una mesa larga, repleta de adultos con mirada adusta.
Allí esperaban de pie cuatro personas, dos hombres y dos mujeres. Y entre ellos había un gran espejo de cuerpo entero, con un marco precioso, ribeteado en plata, oro y algunas piedras semi preciosas.
Los profesores me indicaron con la mirada que me acercara al espejo. Me sentí un poco ridícula mirando mi propio reflejo. Estaba totalmente despeinada, con el cabello rubio pajizo y cara de sueño. Tenía que haber pasado por el baño antes de salir del tren.
Allí el espejo tardó un rato en reaccionar y eché una mirada inquieta a mi alrededor, temerosa de que se hubiera estropeado justo cuando me tocara a mí. Pero antes de que pudiera preguntarle a algún profesor, aparecieron unas letras muy barrocas en él.
De pronto se escuchó una voz a lo lejos.
-¡Perdonad! -Un hombre de mediana edad se acercó a nosotros, frenando de lo que parecía había sido una gran carrera desde la puerta del castillo a nuestro reducido grupo. Llevaba un sombrero puntiagudo y una túnica blanca y roja. Me recordó a Panoramix, el druida de Asterix y Obelix, pero sin esa barba tan carismática- Bueno, bueno -cuando se detuvo, se llevó una mano al costillar, seguramente para paliar el flato. Me pareció un hombrecillo un tanto ridículo. Continué sin soltar la mano de Pablo, aunque sentía que sudaba de la inquietud- ¡Otra camada de chiquitines! ¿Sois todos de primero? Muy bien, adelante.
Nos condujo por el césped hacia una especie de glorieta blanca, algo mal restaurada, que había en mitad del jardín. Por el camino, estuvo pendiente de que ninguno de nosotros se extraviara. Al llegar, se detuvo y extendió los brazos, orgulloso.
-Bueno, -repitió, mirándonos como si fuésemos cochinillos a punto de una sabrosa matanza- como sabréis, estáis a punto de comenzar el colegio, donde, espero, aprendáis muchas cosas. Yo seré vuestro director, Alfredo García. Podéis llamarme Don Alfredo. -Miré con inquietud hacia la glorieta y luego al castillo. ¿Aquel demente se había equivocado de puerta o qué? ¿Cómo pretendía que aquello fuera nuestro colegio?- Bueno, en esta escuela hay cuatro casas donde viviréis, dormiréis y entablaréis amistad. Estas casas son la casa del Lobo, la casa de la Marta, la casa de la Lechuza y la casa del Dragón, cada una famosa por sus propios logros, que ya iréis descubriendo. Bueno -comenzaba a odiar aquella coletilla. Y cuando se ajustó el largo sombrero, pude ver que se había hecho el peinado tipo cortinilla, a lo Anasagasti. Me parecía que ya le había cogido un poco de tirria al profesor- ahora pasaréis al Comedor y allí se hará la elección.
Miré a Pablo ¿cómo que selección? ¿Qué casas había dicho? Lechuza, marta... dios, no me acordaba. Mientras me sumía absorta en mis meditaciones, el profesor continuó hablando sobre nosequé de unas lámparas y un espejo. Cuando me quise dar cuenta, sacó un rollo de pergamino y llamó a un chaval, que avanzó inquieto y subió los escalones de la glorieta. Allí cogió una especie de tetera alargada, la frotó suavemente con los dedos y desapareció. Algunos alumnos -entre los que me incluyo- soltamos un grito. Del susto, le espachurré los dedos a Pablo. Le solté, avergonzada, y me sequé la mano contra la túnica. Pobrecito, no le había dado una mano, le había dado una lengua de vaca.
El director, complacido con nuestra reacción, llamó al siguiente de la lista. Me concentré en ver qué hacían todos, para hacerlo yo también y no cagarla. Me inquietaba la incógnita de qué pasaría al otro lado -o en el interior- de la lámpara. Tenía que haber prestado atención, cachis.
Tenía la merienda en el gaznate, y las piernas me temblaban un poquito. Por fin, llegaron a la G, y tras una familia entera de Garcías, tocayos del dire, me llamaron a mí.
Emití una sonrisa nerviosa hacia Pablo y avancé entre los alumnos hacia la glorieta. Allí, al ver al director de cerca, me pareció un completo cretino. Un típico hombrecillo de la españa profunda. Le faltaba el bigotillo hitleriano.
Una vez con la lámpara en las manos, pude apreciar que olía fuertemente a óxido, y que pesaba más de lo que parecía. La froté débilmente y en seguida noté como si me intentaran meter por un agujero demasiado pequeño. No podía respirar, ni ver, ni casi pensar. Cuando pensaba que me iba a morir de la claustrofobia, todo acabó y aterricé bruscamente sobre una tarima de madera, frente a lo que parecía un comedor de colegio gigante, y tras una mesa larga, repleta de adultos con mirada adusta.
Allí esperaban de pie cuatro personas, dos hombres y dos mujeres. Y entre ellos había un gran espejo de cuerpo entero, con un marco precioso, ribeteado en plata, oro y algunas piedras semi preciosas.
Los profesores me indicaron con la mirada que me acercara al espejo. Me sentí un poco ridícula mirando mi propio reflejo. Estaba totalmente despeinada, con el cabello rubio pajizo y cara de sueño. Tenía que haber pasado por el baño antes de salir del tren.
Allí el espejo tardó un rato en reaccionar y eché una mirada inquieta a mi alrededor, temerosa de que se hubiera estropeado justo cuando me tocara a mí. Pero antes de que pudiera preguntarle a algún profesor, aparecieron unas letras muy barrocas en él.
MARTA
Los de una mesa del salón estallaron en vítores y una profesora, sonriente, me indicó con una mano que me dirigiera hacia allí. No veía nada, sólo podía sonreir del alivio de salir de la mirada de toda aquella gente. Cuando llegué, unos chicos me hicieron un sitio entre ellos y me palmearon la espalda con alegría.
-Gracias, gracias -murmuré.
Luego, dirigí mi mirada hacia las tribunas, esperando ver al nuevo alumno que apareciera, a ver si su selección era igual que la mía.