15 feb 2011

Pablo

No perdí de vista al grupito de gorilas hasta que desaparecieron en uno de los carromatos, imitando a todos los alumnos veteranos; Los de primero habíamos quedado apiñados en un montón en el césped, cerca de la estación. Fue entonces cuando oí que Lorena me estaba diciendo algo y, cuando confundido me giré para atenderle sentí como se aferraba a mi mano. Ese acto me turbó bastante, pero no hice ademán de apartarme. Parecía muy nerviosa...

En ese momento hizo su entrada el director de Iberia. Le conocía por protagonizar algún asuntillo extravagante en las páginas del periódico y por un par de comentarios jocosos de mis padres. Soltó lo que interpreté como un pequeño discurso de bienvenida y nos dirigió a una glorieta. A continuación extendió un rollo de pergamino y comenzó a pasar lista. El primer alumno avanzó con miedo hacia el centro de la glorieta, cogió una tetera antigua y desapareció. La gente gritó asombrada.

Debía ser una especie de traslador, que probablemente conectara con el castillo que sería nuestro hogar durante el próximo curso. La lista continuó avanzando, y pronto le tocó el turno a Lorena, que ya me había soltado. Avanzó hacia la tetera y al asirla, fue trasladada.
No mucho más tarde me tocó a mí. La sensación de ahogo y de deslizarse por algo muy angosto me confirmaron mi teoría. Estos viajes me mareaban un poco...
Aterricé con escaso éxito en lo que parecía un enorme comedor, con los rostros de mis nuevos profesores mirándome fijamente. Frente a mis ojos, un gran espejo ricamente decorado. Tenía cuatro joyas engarzadas, un rubí, un zafiro, una esmeralda y un ámbar. Por instinto, me acerqué a él y contemplé mi reflejo. Hacía poco había leído un artículo de una revista muggle explicando el funcionamiento de las superficies reflejantes, pero no lo había acabado de entender. Me preguntaba si los cristales mágicos funcionarían del mismo modo. Me preguntaba si la magia en sí se regía por las mismas leyes naturales y pensé que averiguarlo iba a ser un objetivo interesante a lo largo de mi vida.
Sumido en esos pensamientos me sobresalté al ver como el zafiro se iluminaba con fuerza y en la superficie del espejo comenzaron a dibujarse el contorno de unas letras muy recargadas.
LECHUZA.
Una de las mesas estalló en vítores y entendí que era su forma de bienvenida. Con una sonrisa incómoda en los labios me dirigí hacia ellos, y por el rabillo del ojo vi a Lorena sentada en la mesa de la Marta. También vi a Carlos, que me contemplaba con interés, y a los abusones de antes, que me miraban con odio desde la mesa del Dragón. El de la cara irritada le susurró a Carlos algo al oído, y éste sonrió. Me imaginaba lo que le estaba diciendo.
Me senté en un hueco que me hicieron mis nuevos compañeros de Casa, y pronto aparecieron elfos domésticos portando bandejas con la cena, de aspecto suculento. El estómago me rugió con fuerza, y me percaté de lo hambriento que estaba. ¡Viva la dieta mediterránea!