Después de que el director mandara recoger las mesas con un movimiento de varita, los prefectos de cada casa, uno a uno, fueron levantándose para explicar a los nuevos alumnos el cometido que les iba a tocar.
En la casa del dragón los dos prefectos dieron un paso adelante.
Juan habló primero.
-Mi nombre es Juan, y soy el prefecto de la casa del dragón-dijo orgulloso y con un tono de prepotencia- Somos la mejor casa y eso lo saben todos y es lo principal que debéis aprender.-Entre los nuevos chicos algunos esbozaron una sonrisa de complicidad y otros pusieron una cara de “menudo gilipollas”. A mi lado, las dos moles rieron a carcajadas como si se dieran aludidas como cenit de la cadena evolutiva.
-Así es, como ha dicho Juan -sonó una voz femenina, era Silvia, Prefecta de la casa del dragón también.-Y por ello, debéis mostrar el espíritu del dragón y que sois merecedores del puesto que poseéis.
Juan sonrió al ver como aquella fémina correaba sus estúpidas palabras, pero yo sabía que era él, un idiota redomado, el que bailaba al son que la viuda negra tocaba.
Tras regocijarse en su estupidez, hizo una señal a los alumnos para que les siguieran.
-Si me seguís, podréis llegar hasta la casa común, pero cuidado con los escalones, si os quedáis atrás nadie ira a ayudaros. Solo los fuertes prevalecen.-Y tras el pequeño discurso empezó a andar hacia las escaleras que subían hacia la casa de dragón.
Escalera a escalera, los alumnos fueron tropezando y quedándose encajados en los escalones falsos. Algunos conseguían salir y a otros les perdíamos de vista hasta que minutos después corrían hasta nuestra posición, seguramente el conserje les había ayudado, pero nunca lo decían.
Tras atravesar varias partes del castillo, llegamos a la torre que subía hasta la parte más alta del castillo, donde se encontraba la casa del dragón. Al llegar a la parte superior, todos nos paramos en medio de una estancia circular con un orbe rojizo en medio de la sala.
Los alumnos de primero temblaban, porque allí no había absolutamente nada, solo aquel orbe, en medio del suelo.
El prefecto se adelanto señalando el orbe.
-Este es el orbe del dragón, la entrada a nuestra casa, solo aquel que lo toque y sea digno de estar aquí podrá pasar.-dijo sonriendo.
Aquello era verdad, pero no del todo. Era un orbe que hechizo el propio fundador de la casa del dragón, para que solo aquellos con un espíritu fuerte y una determinación clara fuera capaz de entrar, además, si algún muggle intentaba tocarlo, seguramente lo pasaría mal.
El primero se adelanto y colocó la mano encima del orbe. Unas garras atraparon el orbe en sus manos y la estatua de un dragón salió del suelo, levantando una escalera que subió hasta el piso de arriba, donde apareció una puerta, con dos dragones en el marco.
El orbe empezó a cambia de color, de un color rojizo a un verde esmeralda.
-eres digno de la casa adelante-dijo el prefecto y el alumno empezó a subir las escaleras hacía arriba.
Uno a uno fueron entrando todos los alumnos de primero, y al final solo quedaron los prefectos, yo y una joven primeriza. Era menuda, de ojos verdes, con un color entre pajizo y fuego. Le temblaban las manos y por como se había vestido la situación iba a ser divertida.
-Solo quedas tu, adelante-dijo el prefecto, mientras desviaba su mirada hacía mi, que me había mantenido en las sombras, cobijado por aquella multitud.-Y tu ¿Qué haces que todavía no has subido?-Me preguntó señalándome con el dedo.
Avancé un paso hasta situarme más a la luz que daban los ventanales.
-Me gusta subir cuando todos están durmiendo-conteste algo burlón.
-Bien bien, y así será como esta novata no se de prisa, ¡Adelante!-dijo algo impaciente el prefecto.
La chica levantó la mano algo asustada al principio, respiró ondo y la colocó sin problemas. El orbe que era de color rojizo, paso a ser de color marrón y la chica aparto la mano con un quejido.
-¡Una muggle!-dijo el prefecto mientras la miraba escupiendo cada palabra como si le diera asco solo pronunciarlas.-Tu no deberías estar aquí
-Pero…-Empezó a decir la chica, algo acobardada por el dolor lacerante que nacia de su palma, tenía una quemadura bastante seria.
-Pero el espejo la ha elegido Juan, asique haznos un favor y cierra el pico.-Dije mientas daba un segundo paso encarándome al prefecto. Silvia, que había estado en un segundo plano todo el tiempo salió en defensa de su pareja.
-Sabes tan bien como nosotros que su sangre no está permitida en la casa del dragón, que vaya al director y que la cambien de casa-replico con su lengua bífida.
-Nadie ha pedido tu opinión, asique haznos un favor y cállate-conteste a la chica. Por su parte Juan avanzó cogiéndome del cuello y levantándolo, en un patético intento por parecer una amenaza.
-¡Tu a ella no le hablas así! -Su rostro se encogía en una mueca de rabia mientras su rostro pasaba a ser de un tono rojizo.
-Yo que tu me soltaría-conteste, mientras Nagga, que había estado enroscada a mi todo el tiempo, se deslizaba hasta una de las aberturas de la túnica para darle un susto a aquel chico.
-¿ Y que vas a…?-Dijo, pero no termino la frase, porque naga había conseguido deslizarse por la manga de mi túnica y empezaba a enrollar el brazo del prefecto-¡Joder!- dijo mientras daba un salto para atrás e intentaba sacar la varita. Rápido, deslice la varita que llevaba guardada en la manga hasta mi mano y apunte al prefecto sin quitarle el ojo ala chica. Nagga, enroscada en el brazo que sostenía el arma, siseo amenazante mientras se movía serpenteante hasta el interior de la ropa.
-Ni lo intentes, soy más rápido que los dos-espeté. Cuando Nagga estuvo dentro, deje caer la varita hasta su hueco, cogí a la chica del brazo.-No es muggle, solo es mestiza, por eso el orbe se torno marrón, y le quemo, porque le dio miedo no ser suficiente, idiotas.
Puse la mano encima del orbe y este se tornó de un dorado brillante y la estatua abrió los ojos.
-Sire-dijo sin abrir la boca.
-Ella viene conmigo-Y cogiéndola del hombro avance hasta arriba con la cara estupefacta de los dos prefectos que intentaban entender que había pasado.
Cuando llegamos a la sala común la chica salto en mi brazos mientras sollozaba algo que parecía gracias.
La aparte rápidamente
-no te confundas, no soy tu amigo, solo te he ayudado porque ese tío me cae mal.-La chica dio un paso hacia atrás y desde el cuarto de las chicas se oyó una voz que la llamaba, algo atontada y desconcertada se dio la vuelta y sin atender a la sala común salió corriendo.
Levanté la cabeza hacía la enorme cristalera por donde se veía la luna y la estrellas y por la cual entraba la luz que iluminaba cada parte de la estancia. La estancia era de piedra dura, de un color grisáceo. Geométricamente circular. Estaba decorada con multitud de cuadros de gente importante y bastantes estanterías llenas de libros, para facilitar a los alumnos no tener que bajar a la biblioteca. El suelo lo cubría una alfombra que iba desde la parte de la chimenea hasta la entrada de los cuartos. La chimenea estaba tallada en la piedra, la cual tenía la forma de la cabeza de un dragón, y el fuego se prendía dentro de su boca.
Había un sofá, y varios sillones individuales de cuero que se dispensaban con sus respectivas mesas.
Oí como la cerradura de la puerta de la casa se abría mágicamente. Eso significaba que iban a subir. Me apresuré a entrar en el cuarto, no me apetecía discutir más.
Atravesé el marco que llevaba a las escaleras que bajaban en caracol hasta las estancias.
Al entrar en la estancia que me correspondía, la gente se giró y al ver mi rostro volvió a lo que estaba haciendo.
Mis maletas estaban a los pies de mi cama. Las abrí y las ordene enseguida. Después me coloqué el pijama y sin decirle nada a nadie, me fui a dormir.