18 feb 2011

Pablo

La cena transcurrió veloz y alegre, entre risas y animadas conversaciones en la mesa de la Lechuza. Mientras mantenía una intensa discusión con un alumno de cuarto sobre la potencia máxima lograda mediante Bombarda Máxima, alguien sacó unos cuantos tableros de ajedrez y todo el mundo hizo sus platos a un lado; Enseguida se improvisó un trepidante torneo en el que el sonido de las figuras golpeándose entre sí y los gritos de batalla de los pequeños soldados de mármol se alzaban sobre los comentarios que criticaban o halagaban las jugadas de los generales.
Llegué a las últimas rondas, y cuando estaba en una jugada angustiosa contra un rival de sexto, la vajilla se vació sola, dando la señal de que era la hora de dirigirse a las habitaciones. Estreché la mano de mi rival, que me sonrió con fiereza. Aquello no había acabado...
Se levantó en nuestra mesa antes que el resto un alumno delgado y desgarbado, de pelo muy oscuro y con una expresión que podría ser de tedio, si sus ojos no brillaran con la fuerza de un ingenio afilado como una cuchilla.
Sin mirar a nadie específicamente, y sin alzar la voz, dijo: -Los de primero, que vengan conmigo. Tienen que superar la primera prueba de la casa de la Lechuza.
Se hizo el silencio entre los nuevos adeptos. ¿Otra prueba? Nos miramos unos a otros, confusos e inquietos. Los de cursos superiores se sonreían entre sí con complicidad. Esto me olía a novatada...

Como dóciles corderitos los alumnos de primero trotamos tras el prefecto, que nos dirigió por los pasillos del castillo, subiendo y bajando escaleras de peldaños volátiles. Tras ver como uno de mis compañeros se quedaba encajado en uno de los escalones falsos decidí ir mirando el suelo que pisaba, y esa precaución me permitió un par de caídas dolorosas. Finalmente llegamos a un pasillo que parecía no tener salida, con una gran esfinge de piedra que nos observaba con su intensa mirada de zafiros, reposando tranquilamente como mi gata Felisa solía hacerlo en mi regazo.
-Buenas noches, Sophos.-Dijo el prefecto.-Cuando gustes.
La mirada de la esfinge cobró un intenso brillo azul, y la estatua comenzó a hablar con voz cavernosa e hipnótica.
-Sentados en una mesa hay tres sombreros negros y dos blancos. Tres magos en fila india se ponen al azar un sombrero y sin mirar el color. Se le pregunta al tercero de la fila, que puede ver el color de los otros dos magos, si es capaz de deducir el color de su sombrero. Éste responde negativamente. El segundo, al ver solo al primero, tampoco es capaz de responder a la pregunta. Finalmente, el primer mago, sin ver ningún sombrero, responde correctamente el color de su sombrero. ¿Cuál era ese color, y cómo lo supo el mago?

El prefecto sacó un montón de trozos de pergamino y comenzó a repartirlos entre los alumnos de primero.
-Cuando sepáis la respuesta, escribidla en el pergamino y mostrádsela a la esfinge. Si es correcta, os dejará paso. Si no, los que fallen dormirán al raso esta noche...
Mi primera reacción fue entrar en pánico. Mis compañeros empezaron a cuchichear entre ellos aterrados, mientras nuestro guía garabateaba algo en su trozo de pergamino y, tras mostrárselo a la siniestra guardiana de piedra, ésta se hizo a un lado, dejando un hueco por el que desapareció el prefecto.
A ver, disciplina mental. Ignorando el alboroto de mis compañeros, los crujidos de los pergaminos y el rasgar de las plumas, descompuse el enigma por partes. El último de la fila puede ver el color del sombrero de sus compañeros; si no puede saber cual es el color del suyo es porque los otros dos no son blancos, por lo que o son los dos negros o es uno de cada color. El segundo de la fila puede ver el color del sombrero del primero y ya ha deducido lo que pensó el tercero; Entonces, si tampoco responde a la pregunta es porque ve que el color del primero es negro, si fuera blanco sabría que el suyo es negro. Siguiendo este planteamiento, el primer mago deduciría que su sombrero es...
NEGRO

El corazón me latía a mil. Repasé mentalmente mi solución, parecía estar todo en orden. Escribí el procedimiento en mi pergamino, y avancé temblando ante la esfinge. Le mostré el pergamino, y tras lo que pareció una eternidad, con esos zafiros escrutando mi interior a través de mis ojos... Pareció sonreír satisfecha y me cedió el paso.
Con honda satisfacción y casi ronroneando, me deslicé a través del hueco que había aparecido en la pared.