-He escuchado que un hombre lobo se ha colado dentro del bosque del colegio -comentó una chica rubia, mientras se llenaba el plato de ensaladilla rusa y se quedaba con la cuchara en la mano- ¿os imagináis que entra dentro del colegio y nos devora a todos?
-No digas tonterías, Sofía -exclamó otra, apuntándola con un tenedor. Parecía que ya se conocían de antes. Quizá eran de familia de magos.
-¿Existen los hombres lobo? -Pregunté, asombrada. Al instante me arrepentí, pues parecía que toda la mesa se había quedado en silencio para mirarme. Obviamente sólo me miraron las chicas que hablaban, y algunos chicos de primero. Tosí débilmente y me sequé la boca con una servilleta.
-Claro que existen. Hace varias décadas, incluso constituyeron una plaga bastante alarmante -comentó un chico que había a mi lado, mientras masticaba algo que parecía ser un trozo del pollo asado.
-Pero ¿comen personas? -Pregunté, ahora más asustada que avergonzada, mientras desviaba la vista del contenido de la boca de aquel chico.
-Sólo a veces, los más feroces. Pero es mejor que, si te muerden, te coman del todo. Si sales vivo -otro chico, sentado frente a mí, y con la cara llena de granos, y manchada con salsa tártara de una de las ensaladas, continuó- te conviertes en uno de ellos.
-Es una vergüenza que no hayan encontrado una cura -repuso una chica grandota, pensé que era una de curso superior, pero como todavía no tenía el emblema de la marta bordado en la túnica, concluí que era de primero también.
Finalmente me cansé de la conversación de los hombres lobo, y sonreí al ver que la suculenta cena había dado paso a los postres.
Después de hincharme de helado hasta casi reventar, y sentirme cálidamente complacida, todos los restos de comida de los platos desaparecieron. El director dijo unas palabras que no me molesté en escuchar y dos mayores de mi casa se levantaron.
-Nosotros dos somos los prefectos -eran un chico y una chica, ambos con pinta repipi, parecían sacados de un anuncio de marcar la casilla de la iglesia en la declaración de la renta- los de primero, seguidnos y os enseñaremos la entrada a nuestra sala común, y vuestras habitaciones.
Todos nos pusimos en pie perezosamente, y salimos del Comedor después de los de la casa de la Lechuza. Vislumbré a Pablo hablando con otro chico, y le saludé con una sonrisa.
Después de nosotros, los del Dragón se levantaron y me giré lo justo como para ver a Carlos muy pegadito a otra chica. Resoplé, pensando en que ya le echaría la bronca al día siguiente.
Bajamos un par de tramos de escaleras. Un chico de mi curso se quedó atrapado en un escalón trampa, que le atrapó hasta la rodilla. Estuvimos casi cinco minutos para liberarle entre todos. Me pareció un tanto imprudente poner un escalón tan peligroso en las escaleras que daban al Comedor. Pero parecía que no era el único, pues a partir de aquel momento, los prefectos tuvieron cuidado de ir recordándonos cuales podíamos pisar, y cuales estaban encantados. De vez en cuando pasaba algún caballero Quijotesco, transparente, y flotando sobre nuestras cabezas. Los alumnos más mayores los saludaban al pasar, aunque algunos de primero tuvimos un poco de pavor al principio. Especialmente con uno un poco despistado, que atravesó la fila y fue como si un cubo de agua fría se desparramara sobre nuestras cabezas.
-Tened un poco más de cuidado, Ulrico.
-Perdón, perdón -contestó, totalmente ebrio.
Cuando se perdió de vista, Erika, que así se llamaba la prefecta, comentó:
-Murió de un coma etílico, y se ve que todavía le dura la borrachera. El día que se le pase tendrá una resaca espantosa.
De pronto se detuvieron en mitad de un pasillo con un par de armaduras y algunas estatuas. Los cuadros nos saludaron cuando nos vieron.
-Vaya, otra manada de dulces primerizos -comentó uno de ellos, con pinta de rey, mientras acariciaba a un perro a sus pies. El perro ladró con alegría.
-Por supuesto, Don Fernando de cacería, -respondió otro alumno mayor, que esperaba, hastiado, a que los prefectos terminaran de explicarnos cómo llegar a la sala común- siempre que vienen parecen más pequeños. Y parece que no terminan nunca de llegar.
Los de primero miramos a nuestro alrededor. ¿Se suponía que nuestra sala común se encontraba en aquel pasillo? Se me ocurrió la tonta idea de que los prefectos se habían perdido. Sin embargo, ambos se adelantaron un paso, hacia la pared, y cuando se giraron, salieron de nuestro campo de visión. Tras escuchar nuestro grito ahogado, salieron de nuevo.
-Esto, queridos novatos, no es magia, es una ilusión óptica. Parece que el pasillo sigue y sigue, pero de lo que la gente no se da cuenta, es de que esta pared está ligeramente más atrás que la otra, de forma que podemos colarnos por aquí. Pasad, pasad.
Efectivamente, una vez puestos en ángulo, pudimos ver que una pared tapaba la otra, y por lo tanto podíamos meternos dentro. Allí el ambiente se tornó mucho más acogedor que en el resto del castillo.
Había una alfombra redonda en mitad de la sala, una chimenea y un par de grandes sofás. En las pareces de piedra colgaban estandartes de la Marta, y algunos cuadros, que nos aplaudieron al entrar. A ambos lados de la chimenea había un par de escaleras, una que conducía a las habitaciones de las chicas, y otra que conducía a la de los chicos.
Las ventanas de la sala común daban al jardín, y por ellas entraba un rico olor a hierba recién cortada. Uno de mis favoritos.
Una de las ventanas se encontraba tapada casi por completo por un almendro, que todavía no había florecido del todo. Miré a mi alrededor, encantada. Tenía que ser, por fuerza, la mejor sala común de todo el castillo.
Las chicas de primero hicimos un corro y subimos las escaleras hacia nuestra habitación, en el segundo piso, las ventanas de la cual también daban al jardín. Por la posición, daba la impresión de que nuestras habitaciones se hallaban dentro de los contrafuertes. Cosa, por supuesto, totalmente imposible.
La habitación estaba formada por cinco camas con dosel -¡Camas con dosel, como las princesas! Pensé- tres armarios, una estantería por alumna, y una mesita de noche junto a cada cama. Nuestros equipajes reposaban sobre nuestras camas, y me apresuré a bajar mis maletas y ponerme el pijama.
Las otras chicas de mi cuarto parecían tan encantadas como yo.
-Tendremos que compartir armarios -suspiró una. Era rubia, con los ojos azules y pecas por toda la cara. Creía recordar que se llamaba Sofía.
-Vale, pero mañana lo miramos ¿de acuerdo? Estoy cansadísima -respondió otra, con el cabello castaño y los ojos marrones. Era más alta que todas las chicas que había en nuestro cuarto y, sospechaba, que la mayoría de los chicos de primero. Parecía muy brutota, pero había estado hablando con ella durante la cena y me había caído bien. No me importaría compartir armario con ella. Creía recordar que se llamaba Lara o algo así.
-Mañana a primera hora nos toca Pociones con los de la Lechuza. Mis padres me dijeron que eran unos aburridos. -Una chica delgadita de cabello negro y muy rizado lanzó un zapato al otro lado de la habitación, mientras bostezaba.
-Yo conozco a un chico que le han puesto en la lechuza y es muy simpático. -Comenté, mientras me desabrochaba la falda y la dejaba a un lado, mientras me quitaba los calcetines.
-¿Un chico? -Exclamó, complacida, la única que todavía no había habierto la boca, pues se había dedicado a vaciar su baúl. También había estado hablando con ella, se llamaba Leila- ¿Y cómo es?
-No sé, muy crío.
-Toma, pues como nosotras -repuso la chica de cabello rubio.
Entre risas, finalmente acabamos de ponernos el pijama y nos metimos en la cama. Pensé que me costaría dormirme después de todo lo que había visto yaprendido en tan sólo unas horas, pero cuando mi cabeza rozó la almohada, me quedé profundamente dormida.
-No digas tonterías, Sofía -exclamó otra, apuntándola con un tenedor. Parecía que ya se conocían de antes. Quizá eran de familia de magos.
-¿Existen los hombres lobo? -Pregunté, asombrada. Al instante me arrepentí, pues parecía que toda la mesa se había quedado en silencio para mirarme. Obviamente sólo me miraron las chicas que hablaban, y algunos chicos de primero. Tosí débilmente y me sequé la boca con una servilleta.
-Claro que existen. Hace varias décadas, incluso constituyeron una plaga bastante alarmante -comentó un chico que había a mi lado, mientras masticaba algo que parecía ser un trozo del pollo asado.
-Pero ¿comen personas? -Pregunté, ahora más asustada que avergonzada, mientras desviaba la vista del contenido de la boca de aquel chico.
-Sólo a veces, los más feroces. Pero es mejor que, si te muerden, te coman del todo. Si sales vivo -otro chico, sentado frente a mí, y con la cara llena de granos, y manchada con salsa tártara de una de las ensaladas, continuó- te conviertes en uno de ellos.
-Es una vergüenza que no hayan encontrado una cura -repuso una chica grandota, pensé que era una de curso superior, pero como todavía no tenía el emblema de la marta bordado en la túnica, concluí que era de primero también.
Finalmente me cansé de la conversación de los hombres lobo, y sonreí al ver que la suculenta cena había dado paso a los postres.
Después de hincharme de helado hasta casi reventar, y sentirme cálidamente complacida, todos los restos de comida de los platos desaparecieron. El director dijo unas palabras que no me molesté en escuchar y dos mayores de mi casa se levantaron.
-Nosotros dos somos los prefectos -eran un chico y una chica, ambos con pinta repipi, parecían sacados de un anuncio de marcar la casilla de la iglesia en la declaración de la renta- los de primero, seguidnos y os enseñaremos la entrada a nuestra sala común, y vuestras habitaciones.
Todos nos pusimos en pie perezosamente, y salimos del Comedor después de los de la casa de la Lechuza. Vislumbré a Pablo hablando con otro chico, y le saludé con una sonrisa.
Después de nosotros, los del Dragón se levantaron y me giré lo justo como para ver a Carlos muy pegadito a otra chica. Resoplé, pensando en que ya le echaría la bronca al día siguiente.
Bajamos un par de tramos de escaleras. Un chico de mi curso se quedó atrapado en un escalón trampa, que le atrapó hasta la rodilla. Estuvimos casi cinco minutos para liberarle entre todos. Me pareció un tanto imprudente poner un escalón tan peligroso en las escaleras que daban al Comedor. Pero parecía que no era el único, pues a partir de aquel momento, los prefectos tuvieron cuidado de ir recordándonos cuales podíamos pisar, y cuales estaban encantados. De vez en cuando pasaba algún caballero Quijotesco, transparente, y flotando sobre nuestras cabezas. Los alumnos más mayores los saludaban al pasar, aunque algunos de primero tuvimos un poco de pavor al principio. Especialmente con uno un poco despistado, que atravesó la fila y fue como si un cubo de agua fría se desparramara sobre nuestras cabezas.
-Tened un poco más de cuidado, Ulrico.
-Perdón, perdón -contestó, totalmente ebrio.
Cuando se perdió de vista, Erika, que así se llamaba la prefecta, comentó:
-Murió de un coma etílico, y se ve que todavía le dura la borrachera. El día que se le pase tendrá una resaca espantosa.
De pronto se detuvieron en mitad de un pasillo con un par de armaduras y algunas estatuas. Los cuadros nos saludaron cuando nos vieron.
-Vaya, otra manada de dulces primerizos -comentó uno de ellos, con pinta de rey, mientras acariciaba a un perro a sus pies. El perro ladró con alegría.
-Por supuesto, Don Fernando de cacería, -respondió otro alumno mayor, que esperaba, hastiado, a que los prefectos terminaran de explicarnos cómo llegar a la sala común- siempre que vienen parecen más pequeños. Y parece que no terminan nunca de llegar.
Los de primero miramos a nuestro alrededor. ¿Se suponía que nuestra sala común se encontraba en aquel pasillo? Se me ocurrió la tonta idea de que los prefectos se habían perdido. Sin embargo, ambos se adelantaron un paso, hacia la pared, y cuando se giraron, salieron de nuestro campo de visión. Tras escuchar nuestro grito ahogado, salieron de nuevo.
-Esto, queridos novatos, no es magia, es una ilusión óptica. Parece que el pasillo sigue y sigue, pero de lo que la gente no se da cuenta, es de que esta pared está ligeramente más atrás que la otra, de forma que podemos colarnos por aquí. Pasad, pasad.
Efectivamente, una vez puestos en ángulo, pudimos ver que una pared tapaba la otra, y por lo tanto podíamos meternos dentro. Allí el ambiente se tornó mucho más acogedor que en el resto del castillo.
Había una alfombra redonda en mitad de la sala, una chimenea y un par de grandes sofás. En las pareces de piedra colgaban estandartes de la Marta, y algunos cuadros, que nos aplaudieron al entrar. A ambos lados de la chimenea había un par de escaleras, una que conducía a las habitaciones de las chicas, y otra que conducía a la de los chicos.
Las ventanas de la sala común daban al jardín, y por ellas entraba un rico olor a hierba recién cortada. Uno de mis favoritos.
Una de las ventanas se encontraba tapada casi por completo por un almendro, que todavía no había florecido del todo. Miré a mi alrededor, encantada. Tenía que ser, por fuerza, la mejor sala común de todo el castillo.
Las chicas de primero hicimos un corro y subimos las escaleras hacia nuestra habitación, en el segundo piso, las ventanas de la cual también daban al jardín. Por la posición, daba la impresión de que nuestras habitaciones se hallaban dentro de los contrafuertes. Cosa, por supuesto, totalmente imposible.
La habitación estaba formada por cinco camas con dosel -¡Camas con dosel, como las princesas! Pensé- tres armarios, una estantería por alumna, y una mesita de noche junto a cada cama. Nuestros equipajes reposaban sobre nuestras camas, y me apresuré a bajar mis maletas y ponerme el pijama.
Las otras chicas de mi cuarto parecían tan encantadas como yo.
-Tendremos que compartir armarios -suspiró una. Era rubia, con los ojos azules y pecas por toda la cara. Creía recordar que se llamaba Sofía.
-Vale, pero mañana lo miramos ¿de acuerdo? Estoy cansadísima -respondió otra, con el cabello castaño y los ojos marrones. Era más alta que todas las chicas que había en nuestro cuarto y, sospechaba, que la mayoría de los chicos de primero. Parecía muy brutota, pero había estado hablando con ella durante la cena y me había caído bien. No me importaría compartir armario con ella. Creía recordar que se llamaba Lara o algo así.
-Mañana a primera hora nos toca Pociones con los de la Lechuza. Mis padres me dijeron que eran unos aburridos. -Una chica delgadita de cabello negro y muy rizado lanzó un zapato al otro lado de la habitación, mientras bostezaba.
-Yo conozco a un chico que le han puesto en la lechuza y es muy simpático. -Comenté, mientras me desabrochaba la falda y la dejaba a un lado, mientras me quitaba los calcetines.
-¿Un chico? -Exclamó, complacida, la única que todavía no había habierto la boca, pues se había dedicado a vaciar su baúl. También había estado hablando con ella, se llamaba Leila- ¿Y cómo es?
-No sé, muy crío.
-Toma, pues como nosotras -repuso la chica de cabello rubio.
Entre risas, finalmente acabamos de ponernos el pijama y nos metimos en la cama. Pensé que me costaría dormirme después de todo lo que había visto yaprendido en tan sólo unas horas, pero cuando mi cabeza rozó la almohada, me quedé profundamente dormida.