21 feb 2011

Lorena

La primera mañana fue un caos. Como me dijeron que los aparatos electrónicos muggles no funcionaban en el colegio ni en sus alrededores, había prescindido del móvil y de un despertador electrónico para despertarme, y me preguntaba cómo iban a lograr que todos los alumnos se levantaran a la hora indicada. A las siete en punto obtuve la respuesta. No sólo no se contentaron con una estridente canción matutina, que sonaba a un montón de gatos muriendo mientras otros tantos arañaban una pizarra con las patas, que resonó por cada rincón del pasillo, si no que por lo visto tenían un método muy fiable para los alumnos que preferían dormir un rato más, y era que los fantasmas de todo el castillo se dedicaban a entrar en las habitaciones y atravesarnos.

Es decir, que mientras todavía estaba sentada en la cama esperando que pasara el infarto que había sufrido después de despertarme súbitamente con aquella -si se podía llamar así- canción, entraron un montón de fantasmas que trataron de darnos un abrazo de buenos días. Las dos muggles de mi grupo -Leila y yo- nos dejamos hacer, todavía adormecidas, mientras las otras tres gritaban, saltando de la cama para salir de su alcance. Al principio, mientras una fantasma con un traje muy barroco que llevaba la cabeza bajo el brazo se inclinaba sobre mí, pensé que eran porque les tenían miedo. En el instante en el que ella me atravesó y salió por mi espalda, pensé que alguien me había lanzado un cubo de agua especialmente fría. Luego recordé que aquella era la impresión que emitían los fantasmas al atravesarte. Mi gato, Perro, saltó de la cama bufando como un condenado y se subió a un armario, observando la escena desde allí. Como vi a la fantasma dispuesta a darme otro abrazo, me levanté de la cama como si me hubiesen pinchado el trasero con un alfiler.
-Vale, vale, no vuelvas a hacerlo -Le espeté, mientras me ponía a buen recaudo.
-Como deseéis, Mademoiselle -respondió, algo dolida, mientras hacía una genuflexión, aún con la cabeza bajo el brazo. Me froté los brazos con las manos, tratando de hacer que mi sangre volviese a fluir por mis venas.
-¿Qué os pasó? -Pregunté, sin poder reprimirme. Las otras chicas me hicieron señas de que me callara, a espaldas de la fantasma.
-¿No es obvio? -Dijo ella- Por lo visto a Don Francisco no le hizo gracia que me casara con su primo de francia y le dijo a nosequién algo de un terror. El caso es que toda la familia de mi esposo y yo fuimos decapitados -trágicamente se dejó caer sobre mi cama, y su cabeza rodó por el suelo. Hice ademán de agacharme para cogerla, pero me atravesó un pie y decidí apartarme un poco más- ¿Qué derecho tenía de despojarme a mí de la vida? Qué tragedia, qué tragedia. Yo, que estaba a punto de recibir un pedido de sedas de china. Iba a hacerme un vestido de fiesta nuevo, todo rosa con flores. Tenía una puntilla exquisita, me la habían traído de bruselas y...
-Perdonad, Madame Helena -Dijo Sofía, haciendo una genuflexión, con la camisa a medio abotonar- pero se hace tarde para el desayuno. Quizá mañana quisiérais continuar charlando sobre vuestra muerte.
-Por supuesto, perdonad, jóvenes doncellas, au revoir -atravesó la pared con gesto melodramático y desapareció. Al instante escuchamos gritos de sorpresa en la habitación de al lado.
-Leila, Lorena, jamás les preguntéis sobre su muerte a los fantasmas -dijo Lara, mientras terminaba de ponerse un calcetín, sentada sobre su cama- se enrollan como persianas. Si supiérais lo que charra el de mi casa, un día, mi hermano le preguntó y no dejó de hablar sobre la...

Pensativa, y abstrayéndome de la muerte del fantasma de Lara, comencé a quitarme el pijama y me puse el uniforme rápidamente. Rebusqué en mis maletas para encontrar el par que me faltaba de uno de los calcetines reglamentarios, pero al no encontrarlo, tuve que ponerme una media verde chillón y de diferente largura. Me miré al espejo, avergonzada por mi cabello rubio pajizo y mi aspecto desarreglado. Suspiré y me resigné completamente.

Más tarde, salimos de la sala común y me dejé arrastrar por todos los alumnos de la marta para llegar al Comedor, pues había olvidado el camino. Después pensé que tenía que localizar a mis compañeras de habitación para poder llegar a las aulas, pues aquel castillo parecía un laberinto.
Tan preocupada me encontraba por mi pobre sentido de la orientación, que pisé un escalón falso justo a la entrada del Comedor y quedé encajada hasta el muslo. Los alumnos más mayores de mi alrededor pasaron, riéndose. Por fin, conseguí liberarme y entré en el comedor justo cuando entraron un montón de lechuzas por las ventanas y caían sobre las mesas, llevando paquetes y cartas atadas a las patitas. Me arrepentí de no haber comprado una lechuza, para poder cartearme con mis padres.

Me senté en la mesa de la casa de la Marta y me dispuse a desayunar a toda prisa, pues tenía toda la pinta de que el desayuno iba a desaparecer de un momento a otro. Efectivamente, cuando terminé mi bol de cereales, toda la comida desapareció.
Una mujer de mediana edad, con una túnica color lavanda, fue repartiendo papeles a todos los de la mesa, hablando con unos o comentando cosas con otros. Cuando llegó a mí, que me estaba limpiando la boca con la manga de la túnica, me sonrió.
-Eres Lorena ¿verdad? -Asentí, embobada con sus dulces y grandes ojos azules- Yo soy Dulcinea Cortés, soy tu tutora, la jefa de esta Casa. Este es tu horario de las clases, y detrás tienes un pequeño mapa para que te sitúes por el castillo, aunque todo es tan cambiante que no sé si te liarás más. Pero no te preocupes, todos los alumnos acaban acostumbrándose. -Sonrió, con unos dientes blancos y muy iguales- Nos vemos más tarde.

Asentí de nuevo, viéndola alejarse. Todos los alumnos fueron levantándose para encaminarse a su primera clase, y yo salí a trompicones del Comedor, cogiendo la cartera con una mano y el horario con la otra, buscando a mis amigas con la mirada.
En seguida todos los alumnos se desperdigaron y me quedé sola en mitad del pasillo. Intentando guiarme, y entrando sin querer en varias aulas que no eran la mía, llegué casi diez minutos tarde a mi primera clase.
Llamé a la puerta y un hombre de piel un tanto oscura, cabeza rapada y algo tatuado en ella me abrió y me observó con unos ojos pintados con lápiz khol. Llevaba un delantal sobre la piel del pecho completamente desnuda. Estaba muy delgado, pero parecía fibroso, y llevaba las manos llenas de tatuajes de formas extrañas. Tenía la mirada profunda y serpentina. Del susto, me quedé callada.
-¿Si? -Me preguntó, arrastrando mucho el sonido de la S.
-Yo... creo... que me he equivocado.
-¿Eres Lorena Gutiérrez?
-Sí...
-Entonces no te has equivocado. Esta es la clase de Pociones, y llegas diez minutos tarde. -Se hizo a un lado, mirándome ceñudamente bajo aquellas cejas depiladas y marcadas de negro.
-Lo siento, me perdí.
-Eso dicen todos cuando se les han pegado las sábanas. Empezamos mal. Siéntate en algún banco vacío.

Hizo un vago gesto con el brazo, señalando hacia la clase. Todos se encontraban de pie tras un banco de piedra con un caldero y una balanza sobre él, y el libro de Pociones abierto. Me senté en un banco en la primera fila rápidamente, para sentirme lejos de todas las miradas, y solté un suspiro de alegría cuando vi que me había sentado junto al chico majo de la noche anterior.