23 feb 2011

Wulfgar

- Espero que no se me haga larga la clase de herbología con esos idiotas del Dragón…- Me susurre a mi mismo mientras salía de la sala común de la casa del lobo en dirección al salón para el desayuno.

Este era ya mi cuarto año en Iberia, repitiendo el 3er curso; había pasado un verano muy agradable en los bosques de Galicia corriendo, bebiendo de arroyos, alimentándome de lo que cazaba y durmiendo en las copas de los árboles junto a mi halcón. Pero un año más había llegado la carta que me decía que debía de volver al colegio para cursar un año más de aprendizaje de magia y hechicería, al menos este año comenzaría mi aprendizaje con las runas y nuestro jefe de la casa, Baltasar Ndongo, nos impartiría la clase de cuidado de criaturas mágicas.

El día anterior en el tren había sido muy movido, puesto que los nuevos no habían parado de charlar, reír o incluso llorar en el tren de camino al castillo. Una joven con el pelo de color verde y un aroma desagradable de canela había entrado aturullada y apabullante mente buscando no seque que había perdido. Por suerte nos habíamos juntado unos cuantos de la casa del lobo en el vagón y, salvo por ese incidente, pasamos el trayecto entero durmiendo.

La cena había sido bastante cumplida, aunque siempre se puede comer un poco más, pero supongo que para los nuevos ya es bastante asombrosa toda la parafernalia con la que es tratada la primera noche del curso en Iberia. Teníamos unos cuantos candidatos nuevos que parecían ser bastante prometedores, puesto que ninguno se hecho atrás cuando tuvieron que pasar por el túnel negro que da al salón comunal de nuestra casa. No es que fuera un túnel a oscuras, es que era negro, no existía ni podía existir luz en aquel túnel y solo los que no titubearan y tuvieran el valor de atravesarlo hallarían la puerta de entrada al salón comunal. Otros años muchos de los novatos no pudieron entrar, pues en cuanto demuestras un signo de temor apareces de nuevo en el pasillo del colegio.

- Te veo en los entrenamientos de esta tarde Wulfgar!- me saludo José al pasar junto a mi en dirección al salón – eres el mejor cazador que hemos tenido en muchos años!

- Allí estaré José! Ya tengo ganas de coger de nuevo la escoba.- Le conteste mientras se alejaba.

Cuando llegue al salón, muchos de los alumnos ya habían llegado y estaban comenzando a desayunar o casi acabando, había alguno que devoraba el desayuno, literalmente... Cuando me senté las ultimas lechuzas terminaban de traer el correo a sus dueños, al momento sentí como algo se posaba sobe mi hombro en un aleteo silencioso y con la suavidad del algodón. Era mi “mascota”, no me gustaba llamarlo así, de hecho no me gustaba llamarlo de ninguna manera, pues no soy de los que andan poniéndole nombres raros o estrambóticos al resto de seres vivos. El halcón dejo caer el periódico matutino de una de sus garras mientras me le rascaba el pecho y le limpiaba del pico lo que parecían restos de algún tipo de roedor del bosque al poco se atuso las alas y despego hacia uno de los grandes ventanales del salón.