23 feb 2011

Carlos

A la mañana siguiente, cuando la campana del castillo empezó a tañer con su estridente ruido, todavía estaba en la cama, tapado con las finas sabanas de verano.
Los fantasmas empezaron a pasear por las habitaciones, sin molestar a nadie, pues los alumnos se levantaban todos al primer golpe de campana.
Me levanté cansado, pues me había costado encontrar el sueño en una cama que no era la mía. Nagga se deslizo bajo las sabanas hasta quedarse cerca de mi cara y lamerla con su bífida lengua. La acaricie dándome las gracias, solía levantarme siempre así cuando preveía que iba a quedarme dormido.
Me levanté y me fui a baño donde me lavé la cara repetidas veces, me lavé los dientes y me cambié de ropa, poniéndome la túnica con el símbolo de la casa. Al llegar a la cama deje el pijama en el primer cajón y alargué la mano para que Nagga entrara por la obertura. Ella se enrolló por mi brazo y empezó a enroscarse por mi cuerpo como solía hacer, buscando las costuras que había hecho expresamente para que ella descansara.
Cuando abrí el segundo cajón, dentro había una pequeña caja. Saqué la llave y abrí la caja y un vaho helado salió hacia arriba, enfriando la estancia. Alargue la mano y cogí uno de los roedores que había allí muertos y cerré la caja, lo envolví en una tela y lo guardé en el bolsillo esperando que se calentara un poco.
Cuando salí al comedor de la casa, casi todos se habían ido, chasquee la lengua, me hubiera gustado encontrar a Iris antes de bajar, siempre era divertido meterse con ella.
Aceleré el paso hasta llegar al gran comedor, a primera hora me tocaba herbología y la verdad e sque no tenía ninguna gana de cursar aquella clase, pero siempre me venían bien sus plantas para jugar con el caldero de pociones.
Al llegar al comedor, la gente ya se había sentado pero aun no habían puesto los platos. Vi la cabeza de Iris, y sonreí, luego la vería en clase y tendría tiempo de reírme. También vi varias caras conocidas del Lobo, aquellos estúpidos orgullosos, Si había algo pero que una lechuza sin duda era un lobo, porque era igual de orgullosos pero más tontos.
Me senté en uno de los pocos sitos que quedaban y Sarah se acerco, intercambiando sitios con los estudiantes.
-Buenos días Carlos- dijo sentándose mientras las fuentes se llenaban con frutas, cereales, tostadas y las jarras de leche fresca y zumo recién exprimido.-Esta mañana no te he visto en la sala común, pensé que habrías bajado rápido-dijo ella mientras cogía varias tostadas y la untaba con mantequilla y mermelada.
-Me dormí un poco-contesté mientras miraba de reojo las jarras de zumo, esperando ver una de naranja, Sara que estaba atenta, dejo la tostada y cogiendo mi vaso me sirvió.-Gracias.
-No es nada-contesto ella ruborizándose un poco-oye... ¿Qué mermelada quieres?-me preguntó después de haber terminado de esparcir la mantequilla.
-Arándanos- y di un sorbo al zumo, estaba riquísimo como siempre, recién exprimido y colado.
-Aquí tienes-me sirvió las dos tostadas que había preparado y después se cogió un tazón de cereales con leche.
Devoré las tostadas ávidamente, mientras ella daba pequeñas cucharadas al tazón que a final dejo medio lleno.
-Oye, la primera clase es la de herbología ¿no?-pregunto intentado entablar una conversación.-¿sabes con que profesor nos toca este año?. Ojala sea Eneas, la verdad esque se porta bien.
Eneas Hinojosa, ese era el nombre del profesor de Herbología, un viejo de unos 50 y tantos años, algo menudo y delicado. Por eso habían contratado a la Profesora suplente Helena Saya, pues el profesor solía falta a menudo por cuestiones de salud.
Tenía el pelo cano, con una ridícula coronilla que intentaba tapar inútilmente, algún día incluso le veíamos con algunas matas de pelo que habían crecido por alguna poción crece-cabello mal realizada.
Tenía los ojos marrones, bastante vulgares. La nariz gruesa y unos labios que siempre estaban húmedos. Vestía túnicas bastante joviales, como si intentara parecer veinte años menor.
Como profesor era un desastre pues solía errar más de lo que acertaba y eso había traído más de un disgusto, pero claro era amigo intimo del director.
Además, solía acercarse mucho a las jóvenes aprendices de mago, llegando incluso en algún caso a sobarlas más del la cuenta. Por otro lado Helena había sido alumna cuando yo entre en primero y hacía un año había aprobado el examen de ingreso como profesora. Era muy joven pues tenía 20 años. De pelo castaño como la madera, unos ojos grandes y de un color verde musgo, la nariz chata, y una sonrisa bastante normal.
Era severa y odiaba que la gente no se tomara enserio la asignatura asique había suspendido a mucha gente el mes que Eneas faltó, por eso la odiaban, pero cuando volvió Eneas todas las mujeres habían aprobado…
-Creo que si, otro año con Eneas-dije suspirando.
-Genial, ojala el de Defensa fuera igual-dijo mientras daba otra cucharada de los cereales.
Al rato llegaron las lechuzas, y un halcón cruzo veloz el comedor parando en la mesa del Lobo.
Una lechuza negra entro por la ventana, y paró justo delante de mí. Sombra, la lechuza de la familia Draconis, era una lechuza negra, negra como la noche, nadie sabía de dónde había sacado la familia aquella lechuza de aquel color.
La lechuza traía una carta, la típica carta de mi padre preguntándome que tal iba. Metí la mano buscando una pluma y encontré la tela con el ratón, ya estaba caliente. Escribí una breve respuesta y la ate a la pata de Sombra que se alejó volando a toda prisa.
-Es una lechuza preciosa-dijo Sara, ella tenía una lechuza blancuzca con tonos pardos.-Venga Brisa, a casa-y levanto la lechuza para que alzara el vuelo
Aproveché para coger el cuerpo del ratón y deslízalo hasta la boca de Nagga que lo ingirió gustosa, aquel verano Nagga había crecido mucho, tenía casi 3 años y ya pesaba.

-Bueno, es hora de ir a clase-dije mientras hacía un plano en mi cabeza de por donde iría más rápido. Sara quiso seguirme pero le dije que tenía que recoger los libros en la casa del Dragón.
Subí rápido, pues si no llegaría tarde a mi primera clase.