1 mar 2011

Iris

Volver a empezar, otra vez. A cada nuevo curso me venía a la mente esa estúpida canción muggle. Este año, el 3º en la escuela de magia Iberia, ojo con el nombre, decidí no por acto de rebeldía sino por vagancia en estado puro no ir hasta Madrid para coger el tren que me llevaría a la escuela, ya que vivía bastante cerca. Era una pérdida de tiempo, dinero y esfuerzos.

Y pese a vivir cerca llegué tarde, verdaderamente tarde, no vi la ceremonia de bienvenida ni la cena posterior, llegué cuando todos se dirigían a sus casas “el momento perfecto” pensé, si nadie se daba cuenta de que me integraba en el grupo de la Marta, con un disimulo descarado. Vi una novata con un color de pelo amarillo horrible que se pegaba al grupo con miedo a que se la comiera algún fantasma, carne de cañón. Mi presencia no pasó inadvertida para el prefecto de la Marta.
-¿Qué haces aquí? ¡Deberías ir con los de tu casa!

Madre mía como se ha puesto, pensé.
-En ello estoy, solo me he topado con este pequeño grupo de corderitos en mi andar hacia mi destino.
-No te creas que soy tonto, vas de cabeza al director.
-Entre tú y yo… muy listo no es que seas…
-¡Basta!

Y sí, de cabeza al director, el prefecto me escoltó hasta el despacho de Alfredo García, donde el hombre estaba acabando un par de asuntos antes de irse a dormir. Nos recibió con cara de cansado y con pocas ganas de atendernos.
La conversación acabó con un “Que Príamo Scipio se encargue mañana” y la cara de frustración por parte del prefecto. Me dirigí placidamente a mi casa.
Giré la esquina y vi aquel orbe espantoso que hacía las veces de entrada a la casa del Dragón. Lo toqué y se volvió negro, no le gustaba, lo supe desde la primera vez que lo toque, me quemó la mano parcialmente, pero me calle como una perra. Por alguna extraña razón el orbe no aceptaba mi entrada, pero tampoco podía negármela, así que mostraba su descontento con semejante color, pero no me hacía daño. La casa del Dragón era mi casa, pero a veces pensaba que no pintaba nada con ellos, tan creídos y orgullosos; pero el resto de las casas aún eran mas dispares a mí que el Dragón.

Llegué a la que fue mi cama los dos cursos anteriores. Mi habitación, compartida con dos chicas más tenía dos literas, yo tenía una litera para mí sola; el ser la alumna con el extraordinario en herbología, si bien era fácil aprobar no lo era ni mucho menos sacar tal nota, me permitía tener una amplia gama de factores para incordiar a la gente en caso de necesitarlo, como el poner hongos causantes de fuertes picores y eccemas en la cama de mi compañera y así ganar espacio. La cama de abajo solo la utilizaba para dejar mi uniforme y los libros, pero así no tenía que estar guardando y sacando todo siempre. Lógicamente quité los hongos cuando la compañera desertó a otra habitación.

Mi gata Aiko, que significa “niña mimada” dormía placidamente en la cama de arriba, mi hermoso bonsái de sauce boxeador estaba dispuesto bajo la ventana y mi camaleón Tarka dormitaba junto al palo encantado que emanaba calor. El resto del equipaje estaba en el baúl… mañana será otro día pensé, y me acosté. Conociendo a Scipio no iba a tener un castigo agradable.