2 mar 2011

Lorena

La clase de pociones transcurrió con más o menos tranquilidad. Algunos calderos desparramaron su burbujeante contenido por el banco, haciendo que todos los que había a su alrededor se dispersaran cual hormiguitas en la lluvia.

El de Pablo no ofrecía muy buen aspecto, pero aunque no había adquirido el tono azulón que había dicho el profesor que debería adquirir, tenía un malva muy bonito. Como no entendía nada de las instrucciones de la pizarra o el libro, copiaba todo lo que él hacía, paso a paso. Sin embargo, en el último incidente burbujeante, me despisté y en lugar de echar cuatro gramos de ojos de tritón, eché lo que me quedaba de cola de hipogrifo, y el contenido de la olla salió impulsado hacia el techo, como una especie de geiser de color rosa fucsia. Toda la clase quedó en silencio y empapada.
Los que habían visto el geiser antes de que menguara, me miraron a mí. El profesor, que en aquel momento se encontraba de espaldas a la clase, y al que le había caído buena parte de la infusión, se giró con la mirada más aterradora que había visto en mi vida. De un momento a otro pensé que me iba a lanzar una serpiente que saldría de su boca o algo así.
-¿Quién ha sido?

Toda la clase se quedó callada, pero todos me miraron a mí. Yo me callé como una perra, pero agaché la mirada, como un perrito al que le han pillado mordisqueando la alfombra.
-¿Quién ha sido? ¿Quién ha cometido la insensatez de meter cola de hipogrifo?

Levanté la mano lentamente.
-¿Gutiérrez?
-¿Si?
-Como hoy es el primer día, y asumo que estarán todos nerviosos, no le voy a hacer limpiar este estropicio. Sin embargo, todos los alumnos deberán escribir una redacción de cuarenta centímetros en pergamino sobre el uso de esta poción y por qué nadie sería tan terriblemente despistado como para echarle cola de hipogrifo. -Todos los de la clase se quejaron sonoramente. El profesor los calló con un gesto de la mano- Culpad a vuestra despistada compañera. Así, si no quiere fastidiar a sus amigos, a la próxima estará más atenta -sonó el timbre que anunciaba el cambio de clase- Pueden irse.

El profesor hizo un gesto con la varita y toda la clase se limpió, incluídos nosotros. Todos recogieron, todavía quejándose, y algún que otro alumno me dio un ligero golpe al pasar. Con lágrimas en los ojos recogí mis bártulos y me fui corriendo a la siguiente clase, siguiendo a una distancia prudencial a los demás compañeros. ¿Qué más podía pasar aquel día?

A segunda hora tuvimos astronomía, también con la Lechuza. Los que se aclaraban con el mapa, fueron guiándonos hacia la parte más alta de una torre, que tenía los escalones y la anchura más grande que había visto en una torre. Me mantuve a cierta distancia del resto de alumnos, mientras trataba de respirar de manera normal. Pronto comencé a tener flato, y parecía que la ascensión no se detenía nunca. Finalmente llegamos a una especie de sala sin puerta, con un techo altísimo y, según dijo un alumno, encantado para que simulara un cielo nocturno, pero con líneas entre estrellas y planetas. Allí, entre las sombras, apareció de pronto un caballo gigante. Todos los alumnos, sin escepción, profirieron un grito ahogado cuando vieron que de donde se suponía que en un caballo iba el cuello y luego la cabeza, aparecía el torso desnudo de un hombre, con sus brazos y su cabeza y todo. Se llamaba Ofiuco, dijo, y era nuestro profesor de Astronomía. Una vez al mes, dijo, haríamos clases nocturnas en el bosque, para poder observar las estrellas realmente. A partir de ahí, simplemente no pude entender nada de toda la clase, sólo podía observar los cuartos traseros del profesor mientras se paseaba entre nuestros cojines, pues no teníamos mesa ni silla, imagino que para comodidad de sus cascos. Parecía increíble. Tenía la melena castaña, y algunas manchas blancas en su parte... caballuna. Su rostro era anguloso y firme, muy atractivo. Algunas alumnas le miraron de una forma un poco... especial.

Mucho antes de lo esperado, la clase de Astronomía acabó, y no sin antes dirigirle una última mirada de asombro al profesor, los alumnos de la Marta y la lechuza nos separamos. Era la hora del recreo, y aprovechamos para salir al jardín a disfrutar del buen tiempo. A lo lejos podía escucharse las olas del mar rozando contra el acantilado que había a un lado del castillo, y meciéndose en una playa cercana, a un par de kilómetros de los invernaderos. Me apeteció muchísimo ir a bañarme, pero me contuve.

La clase de Encantamientos fue divertidísima, la primera vez que utilizábamos las varitas desde que estábamos en el colegio, y había esperado aquel momento con ansiedad. La primera vez fue un poco decepcionante, pues sólo salieron un par de chispas de la punta que prendieron la pluma que quería hacer levitar. Sin embargo, aquella vez no fui la única en cagarla, pues un chico consiguió metérsela al profesor en el ojo. El pobre hombre se quitó las gafas para limpiarlas y ganar un poco de paciencia. Tenía el cabello negro, un tanto canoso, y los ojos marrones. Era de mediana estatura, y parecía bastante majete. Me cayó bien en seguida.

Nadie consiguió mayores resultados, pero la clase fue la más entretenida hasta el momento.
En Herbología tuvimos que escuchar una larguísima perorata de un viejo verde que se dedicaba a tocar "accidentalmente" las piernas de las chicas que había a su alcance cada vez que tenía que incorporarse desde el suelo hasta las mesas. Lo único que aprendí en aquella clase fue que tenía que ponerme pantalones y que si molestas mucho a una planta carnívora puede que te quedes sin nariz, pues uno de los de mi casa se pasó media clase metiéndole el dedo en la "boca" y sacándolo antes de que lo mordiera. Huelga decir que la pobre planta se reveló y le mordió lo primero que tenía a mano, que era su prominente nariz.

Al salir de los invernaderos, vimos a los de la lechuza salir de los de al lado, pero con una profesora de aspecto joven y jovial, válgame la redundancia.
Suspirando, seguí a todos los alumnos, todavía sin atreverme a entablar conversación con nadie.
Cruzamos un par de pasillos y bajamos algunas escaleras hasta llegar a una puerta que semejaba la de una mazmorra. Entramos todos con más o menos orden, y yo me senté en un rincón al final de la clase, esperando pasar desapercibida, pues aún, alguna que otra persona me fulminaba con la mirada.
Al instante entró un hombre de cabello lacio y negro, y una nariz fina.
-Qué guapo -pensé, sin pensar. En el instante en el que al mirarnos su expresión adusta se convirtió en una mueca de asco, rectifiqué mentalmente.
-Mi nombre es Príamo Scipio. Yo seré vuestro profesor de Defensa contra las Artes Oscuras. Las Artes Oscuras son... -el hombre pasó una mirada por la clase y señaló a un alumno al azar, de cabello castaño.
-Eh... -titubeó el chico, incómodo- magia... que utilizan los... ¿magos oscuros?
-Más o menos. 2 Puntos para la Marta. No sólo la magia negra incluye a los magos oscuros, sino que también hay muchas criaturas que no dudarían un instante en unirse a ellos y exterminar a todas vuestras estúpidas y vacías cabecitas.

¿Nos había llamado estúpidos o me lo había parecido a mí?
-Como sé que hay muchos hijos de muggles en esta clase, cosa que nos retrasará bastante a todos, iré más despacio, para que nos puedan entender perfectamente. La magia sabréis lo que es ¿no? -Sonrió ligeramente. ¿Aquello había pretendido ser un chiste? Tras una ligera pausa, volvió a recorrer la clase con la mirada.-Tú -señaló a una chica rubia, que estaba intentando sacarle el corcho a su botecito de tinta.- ¿Qué debes hacer si te encuentras con un kappa?
-¿Con un qué? -Preguntó, aterrada bajo la mirada inquisitoria del profesor. Algunas manos de la casa de la marta se alzaron, y casi todas las de la lechuza.
-Un kappa, señorita. Un demonio del agua japonés. Un kappa. Dios ¿es que no sabéis nada? ¡Cinco puntos menos para la Lechuza!

Sentí que me hervía la sangre. Aquella chica seguramente sería hija de muggles, ¿cómo coño iba a saber qué narices era un kappa? A mí me sonaba ligeramente, pero vaya usted a saber. Mientras planeaba cómo hacer trizas al profesor con mis propios puños, un alumno contestó.
-Si uno se encuentra con un kappa, lo que debe hacer es una reverencia frente a él, y él, por educación, la responderá. Los kappas contienen un tipo especial de agua en la coronilla que es la que les otorga la magia, y cuando se inclinan la pierden y se aturden durante unos instantes, en los que la víctima debería aprovechar para huir. -Era Pablo el que hablaba. Cuando terminó, suspiró, satisfecho de sí mismo. Yo le miré, boquiabierta. No tenía que haber ido a aquel colegio, no sabía nada de nada.
-Muy bien, muy bien. Parece que se lo sabe bien. Sin embargo, le quitaré veinte puntos para la Lechuza por haber hablado sin permiso. Y que os sirva a todos de lección.

Fui a abrir la boca para contestar, pero pensé que sólo lograría empeorar la situación, así que decidí meter la cabeza en el libro hasta aprender todo lo que salía en el primer capítulo, por si las moscas.