Parecía increíble, pero pese a todo, pese a haber comprado todos los libros y los instrumentos necesarios, pese a estar tropezándome con los bajos de aquella túnica que mi madre había creído necesario comprar más grande, todavía no acababa de creerme lo que estaba pasando. Y pensar que me habían dado las instrucciones precisas para meterme por el segundo lavabo averiado de la estación de Atocha y mover aquí y allá la tubería para poder entrar en el andén donde se encontraría el tren que me llevaría a Iberia, la escuela que me había admitido sin siquiera haber enviado una solicitud.
Me encontraba frente al tren, viendo cómo alumnos de diferentes edades se subían al tren, calgados de bultos y baúles chulísimos. Yo miré con algo de vergüenza las dos maletas que llevaba y la mochila raída del curso anterior. Me prometí que sacaría buenas notas para que me recompensaran con un baúl para el curso siguiente.
Inspiré profundamente y me metí en el tren. Mis padres no pudieron acompañarme al andén porque tenían trabajo y tenían que coger el avión que salía justo a la misma hora que el tren. Y porque había venido un señor que decía que era el director del colegio, que si no, ni se lo creen. En fin, que ir a la callejuela aquella donde la gente compraba todas las cosas mágicas les convenció definitivamente. Aquello y preguntarle a todo el mundo cómo era el colegio.
Subí con dificultad mis maletas por las escaleras, donde un par de chavales de varios cursos superiores a mí comenzaron a increparme para que fuera más deprisa. Casi caí de bruces en el pasillo de los compartimentos. Me repuse como pude y decidí meterme en el primer vagón vacío que viera.
Sin embargo, todos estaban atestados de alumnos, que todavía no se habían puesto el uniforme. Me sentí un poco avergonzada de ir vestida ya con la túnica y el sombrero.
Paseé tímidamente por todo el pasillo, mirando cómo algunos jóvenes enseñaban sus nuevas mascotas, cuando por fin encontré un vagón vacío y me metí dentro. Cuando traté de subir una de las malestas a la rejilla, me di cuenta de que había un chico más mayor que yo sentado justo en el lado de la puerta, de forma que no lo vi. Antes de poder decirle nada, una cabeza de serpiente saltó ante mis ojos y, soltando un chillido, perdí el equilibrio y caí de espaldas sobre el suelo. Mi maleta salió disparada y rebotó en uno de los asientos.
Todo se volvió negro de pronto. La cabeza me palpitaba. Seguramente me había golpeado contra el suelo al caer. Tenía los ojos cerrados, pero como sabía que si me levantaba me pondría a llorar, decidí quedarme tumbada y con los ojos cerrados. Ni siquiera me importaba que se me hubiera levantado la falda y se me vieran los calcetines, dispares, pues al vestirme por la mañana había perdido uno de los reglamentarios. Sin que mis padres se dieran cuenta, lo había sustituído por uno largo a rayas blancas y negras.
Como fuera, que me quedé con los ojos cerrados tumbada en el suelo, totalmente despatarrada. Mi gato maulló lastimeramente desde su cajita, y pensé lastimeramente en su destino si yo acababa muriendo por una contusión cerebral.
Me encontraba frente al tren, viendo cómo alumnos de diferentes edades se subían al tren, calgados de bultos y baúles chulísimos. Yo miré con algo de vergüenza las dos maletas que llevaba y la mochila raída del curso anterior. Me prometí que sacaría buenas notas para que me recompensaran con un baúl para el curso siguiente.
Inspiré profundamente y me metí en el tren. Mis padres no pudieron acompañarme al andén porque tenían trabajo y tenían que coger el avión que salía justo a la misma hora que el tren. Y porque había venido un señor que decía que era el director del colegio, que si no, ni se lo creen. En fin, que ir a la callejuela aquella donde la gente compraba todas las cosas mágicas les convenció definitivamente. Aquello y preguntarle a todo el mundo cómo era el colegio.
Subí con dificultad mis maletas por las escaleras, donde un par de chavales de varios cursos superiores a mí comenzaron a increparme para que fuera más deprisa. Casi caí de bruces en el pasillo de los compartimentos. Me repuse como pude y decidí meterme en el primer vagón vacío que viera.
Sin embargo, todos estaban atestados de alumnos, que todavía no se habían puesto el uniforme. Me sentí un poco avergonzada de ir vestida ya con la túnica y el sombrero.
Paseé tímidamente por todo el pasillo, mirando cómo algunos jóvenes enseñaban sus nuevas mascotas, cuando por fin encontré un vagón vacío y me metí dentro. Cuando traté de subir una de las malestas a la rejilla, me di cuenta de que había un chico más mayor que yo sentado justo en el lado de la puerta, de forma que no lo vi. Antes de poder decirle nada, una cabeza de serpiente saltó ante mis ojos y, soltando un chillido, perdí el equilibrio y caí de espaldas sobre el suelo. Mi maleta salió disparada y rebotó en uno de los asientos.
Todo se volvió negro de pronto. La cabeza me palpitaba. Seguramente me había golpeado contra el suelo al caer. Tenía los ojos cerrados, pero como sabía que si me levantaba me pondría a llorar, decidí quedarme tumbada y con los ojos cerrados. Ni siquiera me importaba que se me hubiera levantado la falda y se me vieran los calcetines, dispares, pues al vestirme por la mañana había perdido uno de los reglamentarios. Sin que mis padres se dieran cuenta, lo había sustituído por uno largo a rayas blancas y negras.
Como fuera, que me quedé con los ojos cerrados tumbada en el suelo, totalmente despatarrada. Mi gato maulló lastimeramente desde su cajita, y pensé lastimeramente en su destino si yo acababa muriendo por una contusión cerebral.