7 feb 2011

Lorena

Cuando conseguí atrapar a Perro, ya había recorrido todo el tren de arriba a abajo. Conseguí acorralarlo bajo un asiento, en el vagón de los Prefectos. Me miraron estupefactos, mientras metía la mano para sacarlo. El gato me bufó y me arañó todo lo que quiso, deshaciéndome casi en cuestión de segundos el dobladillo que le había hecho mi madre a las mangas de la túnica. Y eso que era poco más que un cachorro.

Una vez lo tuve entre mis brazos, sufriendo algún que otro arañazo fortuito en los brazos, el cuello y la cara, me fijé en que la gente me miraba cuando pasaba por su lado. Tenía que regresar al vagón donde había dejado mis maletas, junto con aquel chico tan desagradable, y aquella serpiente enorme. Sería una boa o una pitón o algo así. Me gustaban los animales, pero llevarla suelta y sin avisar me parecía que era pasarse un poco.
El caso es que comencé a sentirme cada vez más incómoda, pues cuando me cruzaba con un alumno, se me quedaba mirando fijamente. Finalmente, en un tropezón tonto en el momento en el que el tren tomó una curva, descubrí el por qué de tanta atención. Por algún extraño y, sospechaba, mágico motivo, mi pelo había adquirido un color verde oscuro, que clareaba en el flequillo y en los extremos de las coletas, para convertirse en un alegre verde pistacho. ¿Alguien me habría lanzado una maldición por el pasillo? ¿Quién?

Súbitamente recordé una sonrisa petulante y una sensación mojada en la cabeza, y, furiosa, me encaminé hacia el compartimento en el que me había pegado el topetazo. Todavía me dolía el golpe en la cabeza, pero casi se había reemplazado por la sensación de escozor en la cara y los brazos.
Pero cuando estaba a punto de llegar, me falló la adrenalina y me detuve. Era un chico mayor que yo, y seguramente mucho más poderoso. Y, qué narices, si fallaban las varitas siempre podría partirme la cara. Me defendía bien con patadas en las pelotas, pero no sabía si querría arriesgarme.

Respiré hondo. Tenía el pelo verde, y por muchas veces que hubiera fantaseado con la idea de teñírmelo de ese color, no me atraía la idea de haberlo hecho por un dudoso método mágico. Sin embargo, pensé, si me amedrentaba frente a un chico un poco más mayor que yo, armado con botes con tintes y una serpiente gigante, ¿cómo me iba a ir el resto del curso?

Respiré hondo de nuevo. Que no sea por cobardía, Lorena. Me encaminé hacia la puerta y la abrí de un tirón, mostrando mi más terrorífica cara de enfado, ignorando los bufidos desesperados de mi dulce gatito.
Se me cortó un poco el rollo al ver que había otro chico en el corpantimento. Era un crío, pero tenía cara de majo. No le faltaba tomar All Bran, como al otro.
Carraspeé, insegura, y al final dije, con una voz que yo habría querido más imponente.
-¿¡Se puede saber qué narices me has hecho en el pelo!?