¡Al fin había llegado el día! Lamentaba que mis padres no me hubiesen podido acompañar, pero papá estaba ahora mismo en Gales, en una reserva de dragones verdes, y mamá había decidido centrarse este mes en las esfinges egipcias, así que me había tocado venir solo. Pero no importaba, yo ya era mayor y tampoco era para tanto... Sólo tenía que ir desde Pirineos hasta Madrid.
Trotaba felizmente entre los muggles con mi fiel bandolera golpeando enérgicamente sobre mi cadera. Con paso decidido me metí en los baños averiados de la estación de... ¿Atocha? Algo así, tenía un nombre muy divertido. Cuando me encontré frente a las cañerías oxidadas me detuve un instante y me rasqué la cabeza, meditabundo. Veamos... Ah, eso era. Tras reproducir la combinación correcta de movimientos, en unos instantes me vi en el pequeño pandemonium de la estación mágica.
Multitud de magos despedían a sus hijos emocionados, mientras la flamante maquinaria de la locomotora comenzaba a proyectar un humo blanco y espeso. Recordaba haber visto un modelo similar en alguna tienda de modelismo, un trasto humeante de carrocería obsoleta; Sin embargo, tenía cierto encanto. Me detuve y abrí la tapa de mi bandolera. Me encantaba ese utensilio; Era un regalo que me hizo mi abuela cuando supimos que me habían aceptado en Iberia, una bandolera sin fondo. Comprobé que mi pequeño parque zoológico estaba en orden, y varios pares de ojos de diferente forma y tamaño me devolvieron la mirada desde las sombras. Parecía que sí. Consulté la sección de la biblioteca y me aseguré de que contaba con todos los libros que iba a necesitar. Perfecto, estaban los treinta ejemplares. También estaba en su sitio todo el material escolar que pedía la lista, y un par de túnicas de repuesto. Yo había sido previsor, así que había aprovechado para cambiarme en uno de los lavabos de la estación y ya iba con el uniforme estipulado.
Ya sin más dilación, me dirigí hacia el tren y pronto me vi sumido en un mar de túnicas, risas, gritos y algarabía estudiantil típica. Sonó un gran pitido que retumbó por todo el recinto, avisando el conductor de que ya era la hora de partir. Deambulé errante, buscando un sitio libre, y de pronto sentí una cosa peluda deslizándose entre mis piernas, y vi que de uno de los ¿Camerinos? ¿Camarotes? Bueno, de uno de los vagones salía a toda prisa una chica de ojos llorosos. Parecía perseguir al gatito. El ejemplar me pareció precioso, y la chica también prometía ser interesante. Me pareció ver un reflejo verde en su cabello, pero seguramente lo habría imaginado. No pareció reparar en mi presencia. No importaba, iba a tener siete años para conocerla... Entré al habitáculo. En él vi a un chico un par de años mayor y con cara de ligera irritación.
-¡Hola!-Le dije.-Parece que acaba de quedar un asiento libre, ¿Te importa que lo use?
Trotaba felizmente entre los muggles con mi fiel bandolera golpeando enérgicamente sobre mi cadera. Con paso decidido me metí en los baños averiados de la estación de... ¿Atocha? Algo así, tenía un nombre muy divertido. Cuando me encontré frente a las cañerías oxidadas me detuve un instante y me rasqué la cabeza, meditabundo. Veamos... Ah, eso era. Tras reproducir la combinación correcta de movimientos, en unos instantes me vi en el pequeño pandemonium de la estación mágica.
Multitud de magos despedían a sus hijos emocionados, mientras la flamante maquinaria de la locomotora comenzaba a proyectar un humo blanco y espeso. Recordaba haber visto un modelo similar en alguna tienda de modelismo, un trasto humeante de carrocería obsoleta; Sin embargo, tenía cierto encanto. Me detuve y abrí la tapa de mi bandolera. Me encantaba ese utensilio; Era un regalo que me hizo mi abuela cuando supimos que me habían aceptado en Iberia, una bandolera sin fondo. Comprobé que mi pequeño parque zoológico estaba en orden, y varios pares de ojos de diferente forma y tamaño me devolvieron la mirada desde las sombras. Parecía que sí. Consulté la sección de la biblioteca y me aseguré de que contaba con todos los libros que iba a necesitar. Perfecto, estaban los treinta ejemplares. También estaba en su sitio todo el material escolar que pedía la lista, y un par de túnicas de repuesto. Yo había sido previsor, así que había aprovechado para cambiarme en uno de los lavabos de la estación y ya iba con el uniforme estipulado.
Ya sin más dilación, me dirigí hacia el tren y pronto me vi sumido en un mar de túnicas, risas, gritos y algarabía estudiantil típica. Sonó un gran pitido que retumbó por todo el recinto, avisando el conductor de que ya era la hora de partir. Deambulé errante, buscando un sitio libre, y de pronto sentí una cosa peluda deslizándose entre mis piernas, y vi que de uno de los ¿Camerinos? ¿Camarotes? Bueno, de uno de los vagones salía a toda prisa una chica de ojos llorosos. Parecía perseguir al gatito. El ejemplar me pareció precioso, y la chica también prometía ser interesante. Me pareció ver un reflejo verde en su cabello, pero seguramente lo habría imaginado. No pareció reparar en mi presencia. No importaba, iba a tener siete años para conocerla... Entré al habitáculo. En él vi a un chico un par de años mayor y con cara de ligera irritación.
-¡Hola!-Le dije.-Parece que acaba de quedar un asiento libre, ¿Te importa que lo use?