Al terminar de remover los libros del cajón miré el reloj, faltaban sólo diez minutos para que la clase de herbología empezase, y bajar de la torre me costaría casi los 10 minutos.
Alargué a mano y saqué la cabeza de Nagga por la manga de la túnica.
-Perdona, pequeña, pero hoy tendrás que quedarte aquí -le susurré al oído mientras la dejaba encima de la cama, ella sacó la lengua varias veces golpeando mi mano en señal de indignación y, resignada, se acurrucó entre las sábanas que todavía guardaban parte del calor.
Rápidamente salí de la sala común, bajando por las escaleras, cuando giré el rellano donde se encontraba el despacho del profesor Scipio, se encontraba gritándole a alguien improperios de toda clase. Aquel imbécil hasta el primer día daba la nota.
Baje hasta el último piso donde un brazo blanquecino y sedoso me agarró la mano haciendo que me parara en seco para no tirar a la persona.
-¿Qué coño... ? -Empecé a preguntar, pero mi frase quedó entrecortada al ver a Sara, cogiéndome de la manga de la chaqueta, tenía los ojos algo vidriosos.
-Mi padre… -dijo, mientras sostenía una carta que había llegado aquella misma mañana. Estaba arrugada y algo húmeda. Saqué un pañuelo de dentro de mi túnica, uno limpio y se lo tendí a la pobre chica, ella, temblorosa se dejo caer sobre mi pecho y aproveché para agarrar la carta que tenía entre sus manos. Era una carta que contenía el sello de su familia.
“ Sara, tengo algo importante que decirte, pero las palabras apenas bastan para la funesta noticia que se aloja detrás de las letras. Esta mañana llegaron dos hombres del ministerio, amigos de tu padre...”
La letra empezaba a volverse más ilegible, parecía como si a la mujer le hubiera empezado a temblar la mano al leerla, pero puede terminarla con algo de dificultad.
“Ayer a tu padre le atacaron unos miembros de esa orden religiosa anti-magos, tu padre se encuentra inconsciente en el hospital para casos graves, no saben si despertará.
No debes volver a casa, quédate en el colegio.
Te quiero”
Había una pequeña posdata que no logré descrifrar.
A medida que había proseguido la lectura de la carta, aquella pobre chica se había aferrado mas a mi pecho, agarrándose fuertemente con las uñas, mientras sollozaba sin consuelo alguno.
Me llegó un olor que enturbió un poco mis sentidos, entre salino y dulce, el olor de la chica con las lagrimas que iba derramando sobre mi túnica. La abrace fuertemente, apretándola contra mi pecho, y susurré unas palabras en su oído.
-Todo saldrá bien, tranquila- Quería abrazarla, y acunarla, parecía tan frágil en aquel momento… y su olor penetraba por mi nariz nublando mis sentidos.
-Gracias -susurró, inaudible la chica.
-¿Qué? -pregunté yo, mientras ella levantaba su mirada, con sus ojos azules y vidriosos y me miraba profundamente.
-Gracias… -levantó la cabeza, posando un beso en mis labios, acariciándolos. Eran suaves, suaves y húmedos, con un sabor a salitre que me recordaba a un verano que viajé con mis padres a la costa de levante. Cuando me di cuenta, la estaba besando y me aparté bruscamente, algo extrañado por la situación.
-La clase va a empezar, límpiate la cara y vamos- dije dándome la vuelta. No me gustaba aquella chica, era preciosa, sin duda, y alguno de sus antepasados podría haber sido una Veela, pero no me gustaba y no sabía porque había hecho eso.
Avancé hacía la clase con mucho tiempo de retraso, Sara me seguía detrás con cierta distancia, al poco llegamos a la clase de herbología, en el patío interior del castillo, en un pequeño habitáculo acondicionado, que daba directamente al inmenso invernadero donde se realizaban las clases prácticas.
La voz de Eneas resonaba por la habitación. Al abrir la puerta las miradas se pararon en nosotros y los ojos del profesor se encontraron con los míos. Había tenido unos roces con el por algún comentario y ahora parecía que quería cobrarse su venganza.
- Bien, bien, bien… Aquí tenemos los primeros diez puntos menos para la casa del Dragón, no tolero a impuntualidad y la penalizo con cinco puntos menos por cada alumno que llegue tarde…-dijo regodeándose en cada una de sus palabras, después sus ojos cayeron en Sara que se había escondido tras mi espalda.-Oh señorita Levane, sin duda habrá sido culpa del señor Draconis, siempre trayendo a la gente por el mal camino.
Iba a contestarle cuando Sara se adelantó poniéndose delante de mi.
-No, maese Eneas, la culpa fue mía, Carlos solo se paró porque yo estaba en problemas-dijo ella, tenía aun los ojos algo vidriosos y las mejillas rojas, pero sabía esconder la voz y sabía que a Eneas le encantaba que le llamaran Maese.
-Oh, oh, vaya, vaya, entonces me equivoqué, bien, retiro lo de los puntos para el dragón, siempre está bien ayudar a un compañero en apuros -dijo mientras miraba de arriba abajo a la alumna que tenía delante de él, como si pudiera escudriñarle detrás de la túnica.
-Bueno, nos podemos sentar ya, ¿no? -Adelanté para parar el escrutinio de aquel imbécil.
-Sí, sí, sentaos-Contestó.
Sara escudriñó el lugar y se sentó al lado de un hueco vacío que había delante, donde una alumna del dragón le había guardado el sitio. Cuando estuvo sentada me mando una mirada que no logré descifrar.
Ojeé la sala, solo quedaba un sitio vacío, al fondo, al lado de un alumno del Lobo. Parecía algo mayor que yo. Avancé hasta la mesa y me senté mientras las palabras de Eneas llenaban la sala hablando de los Bonsais, y de las propiedades que se perdían y se ganaban, en las raíces de ciertos ejemplares.
Abrí el libro sin dirigir la palabra al patán del lobo, que hablaba entre cuchicheos con los demás patanes de su casa sobre lanzar pelotas por el aire montados en una escoba…Pff.
Una idea se me pasó por mi cabeza, Un bonsái…Saqué la libreta y empecé a hacer esbozos de un árbol, aunque no pasaban de tristes rayas mal colocadas. Pero los cálculos cuadraban.
Alargué a mano y saqué la cabeza de Nagga por la manga de la túnica.
-Perdona, pequeña, pero hoy tendrás que quedarte aquí -le susurré al oído mientras la dejaba encima de la cama, ella sacó la lengua varias veces golpeando mi mano en señal de indignación y, resignada, se acurrucó entre las sábanas que todavía guardaban parte del calor.
Rápidamente salí de la sala común, bajando por las escaleras, cuando giré el rellano donde se encontraba el despacho del profesor Scipio, se encontraba gritándole a alguien improperios de toda clase. Aquel imbécil hasta el primer día daba la nota.
Baje hasta el último piso donde un brazo blanquecino y sedoso me agarró la mano haciendo que me parara en seco para no tirar a la persona.
-¿Qué coño... ? -Empecé a preguntar, pero mi frase quedó entrecortada al ver a Sara, cogiéndome de la manga de la chaqueta, tenía los ojos algo vidriosos.
-Mi padre… -dijo, mientras sostenía una carta que había llegado aquella misma mañana. Estaba arrugada y algo húmeda. Saqué un pañuelo de dentro de mi túnica, uno limpio y se lo tendí a la pobre chica, ella, temblorosa se dejo caer sobre mi pecho y aproveché para agarrar la carta que tenía entre sus manos. Era una carta que contenía el sello de su familia.
“ Sara, tengo algo importante que decirte, pero las palabras apenas bastan para la funesta noticia que se aloja detrás de las letras. Esta mañana llegaron dos hombres del ministerio, amigos de tu padre...”
La letra empezaba a volverse más ilegible, parecía como si a la mujer le hubiera empezado a temblar la mano al leerla, pero puede terminarla con algo de dificultad.
“Ayer a tu padre le atacaron unos miembros de esa orden religiosa anti-magos, tu padre se encuentra inconsciente en el hospital para casos graves, no saben si despertará.
No debes volver a casa, quédate en el colegio.
Te quiero”
Había una pequeña posdata que no logré descrifrar.
A medida que había proseguido la lectura de la carta, aquella pobre chica se había aferrado mas a mi pecho, agarrándose fuertemente con las uñas, mientras sollozaba sin consuelo alguno.
Me llegó un olor que enturbió un poco mis sentidos, entre salino y dulce, el olor de la chica con las lagrimas que iba derramando sobre mi túnica. La abrace fuertemente, apretándola contra mi pecho, y susurré unas palabras en su oído.
-Todo saldrá bien, tranquila- Quería abrazarla, y acunarla, parecía tan frágil en aquel momento… y su olor penetraba por mi nariz nublando mis sentidos.
-Gracias -susurró, inaudible la chica.
-¿Qué? -pregunté yo, mientras ella levantaba su mirada, con sus ojos azules y vidriosos y me miraba profundamente.
-Gracias… -levantó la cabeza, posando un beso en mis labios, acariciándolos. Eran suaves, suaves y húmedos, con un sabor a salitre que me recordaba a un verano que viajé con mis padres a la costa de levante. Cuando me di cuenta, la estaba besando y me aparté bruscamente, algo extrañado por la situación.
-La clase va a empezar, límpiate la cara y vamos- dije dándome la vuelta. No me gustaba aquella chica, era preciosa, sin duda, y alguno de sus antepasados podría haber sido una Veela, pero no me gustaba y no sabía porque había hecho eso.
Avancé hacía la clase con mucho tiempo de retraso, Sara me seguía detrás con cierta distancia, al poco llegamos a la clase de herbología, en el patío interior del castillo, en un pequeño habitáculo acondicionado, que daba directamente al inmenso invernadero donde se realizaban las clases prácticas.
La voz de Eneas resonaba por la habitación. Al abrir la puerta las miradas se pararon en nosotros y los ojos del profesor se encontraron con los míos. Había tenido unos roces con el por algún comentario y ahora parecía que quería cobrarse su venganza.
- Bien, bien, bien… Aquí tenemos los primeros diez puntos menos para la casa del Dragón, no tolero a impuntualidad y la penalizo con cinco puntos menos por cada alumno que llegue tarde…-dijo regodeándose en cada una de sus palabras, después sus ojos cayeron en Sara que se había escondido tras mi espalda.-Oh señorita Levane, sin duda habrá sido culpa del señor Draconis, siempre trayendo a la gente por el mal camino.
Iba a contestarle cuando Sara se adelantó poniéndose delante de mi.
-No, maese Eneas, la culpa fue mía, Carlos solo se paró porque yo estaba en problemas-dijo ella, tenía aun los ojos algo vidriosos y las mejillas rojas, pero sabía esconder la voz y sabía que a Eneas le encantaba que le llamaran Maese.
-Oh, oh, vaya, vaya, entonces me equivoqué, bien, retiro lo de los puntos para el dragón, siempre está bien ayudar a un compañero en apuros -dijo mientras miraba de arriba abajo a la alumna que tenía delante de él, como si pudiera escudriñarle detrás de la túnica.
-Bueno, nos podemos sentar ya, ¿no? -Adelanté para parar el escrutinio de aquel imbécil.
-Sí, sí, sentaos-Contestó.
Sara escudriñó el lugar y se sentó al lado de un hueco vacío que había delante, donde una alumna del dragón le había guardado el sitio. Cuando estuvo sentada me mando una mirada que no logré descifrar.
Ojeé la sala, solo quedaba un sitio vacío, al fondo, al lado de un alumno del Lobo. Parecía algo mayor que yo. Avancé hasta la mesa y me senté mientras las palabras de Eneas llenaban la sala hablando de los Bonsais, y de las propiedades que se perdían y se ganaban, en las raíces de ciertos ejemplares.
Abrí el libro sin dirigir la palabra al patán del lobo, que hablaba entre cuchicheos con los demás patanes de su casa sobre lanzar pelotas por el aire montados en una escoba…Pff.
Una idea se me pasó por mi cabeza, Un bonsái…Saqué la libreta y empecé a hacer esbozos de un árbol, aunque no pasaban de tristes rayas mal colocadas. Pero los cálculos cuadraban.