9 mar 2011

Iris

Me levanté para ir al desayuno tranquilamente. Atendí a mis animales y me llevé a Tarka, mi camaleón, colgando de mi pequeña trenza en la nuca. Bajé las escaleras como si tuviera todo el tiempo del mundo. No me sentía muy impaciente por recibir mi primer castigo la verdad. Varios alumnos de diversos años me adelantaron con urgencia mirándome como si estuviese loca, quizá sí lo estaba, quién sabe.
Me puse morada, sabiendo que quizá hoy no comería con el castigo. Justo antes de salir del comedor, Scipio me alcanzó agarrando la manga de mi túnica.
- Espérame en mi despacho hasta que acabe mi primera clase. Como no estés te castigare hasta Navidad.
- Sí, maldito bastardo. – Pensé. Incliné la cabeza en señal afirmativa y me encaminé al portón del Gran Salón.

Tenía una hora entera para llegar al despacho de Scipio. Podría ir a clase de herbología, me gustaba aunque el profesor no era el mejor del mundo ni por asomo. Me escurrí por los pasillos lánguidamente hasta que al final me decidí a ir a herbología. Era tarde pero sabía que no tendría problemas, hacer la pelota tenía sus ventajas.
Aceleré el paso. Una cosa era llegar tarde y otra entrar cuando ya terminaba la clase. Llamé a la puerta del invernadero suavemente, aunque era de cristal y se me veía perfectamente tenía que ser todo lo educada posible para que saliera bien. Abrí con lentitud para que el profesor me viese bien.
-Lamento el retraso y la intromisión profesor, pero el profesor Scipio requería de mi atención por unos asuntos que no podían esperar.

Eneas Hinojosa me miró de arriba abajo, asintió y soltó un breve: “Puedes sentarte”. Ví como los alumnos del Lobo ponían cara de incredulidad e injusticia. Los Dragones ni caso.
No quedaba ningún sitio libre para sentarme así que me arrimé a la mesa del fondo, donde un Lobo y un Dragón ocupaban el banco entero. Me situé en el extremo de la mesa, al lado del Lobo y de cara al profesor, saqué una semilla del interior de mi manga y la dejé caer al suelo. Tras treinta segundos aproximadamente empezó a crecer una seta del suelo, al minuto era tan grande como un taburete. Me senté ante el asombro de mis compañeros.
No era la primera vez que me quedaba sin asiento, así que investigué medios para no quedarme de pie la hora entera con cara de tonta como me pasó la primera vez.
El curso empezaba con los bonsáis. Me lo sabía de memoria, no por empollona sino por gusto. La mejor prueba era mi espléndido ejemplar de Sauce Boxeador hecho bonsái en la ventana de mi habitación. El Sauce Boxeador al ser un árbol móvil era extremadamente difícil hacerlo crecer en macetas pequeñas y a la hora de transplantarlo tenías que tener cuidado con que no te arrancase los ojos.
Ví al Dragón dibujando un bonsái extraño en el papiro, era horroroso, mi camaleón dibujaba mejor.
- Bah… Aficionado… - dije mirando al Dragón, que era ni más ni menos que Carlos. Meternos el uno con el otro era el pan de cada día.