15 mar 2011

Lorena

Miré con tanta incredulidad a Pablo que casi creí que la mandíbula se me iba a despegar del cuerpo e iba a caer sonoramente sobre el pupitre. Tenía un par de cojones, nadie lo negaba, pero parecía que el profesor iba a descargar sobre él el más mortífero de los hechizos, fuera el que fuese.
Todos los alumnos les miraban descaradamente.
-Señor Muñoz, espero que, a pesar de las gafas, camine usted bien en la oscuridad, porque creo que no va a ver la luz del sol hasta final de curso. Está castigado indefinidamente, y voy a restarle 50 puntos a la Lechuza. Vaya, creo que nunca habíamos tenido una casa en números negativos nada más empezar el curso -Todos los de la casa prorrumpieron en quejas- ¡Y el que se queje tendrá otros 50 puntos! Y ahora, continuemos la clase. Como parece que el señor Muñoz se sabe de sobra las lecciones, puede dedicarse a ir clase por clase, explicándoles por qué a la Lechuza le han quitado tantos puntos nada más empezar, cuando siempre ha sido una casa con muy buenos alumnos.
-¡Eso ya es pasarse! -Exclamé, sin poder contenerme. Vale que Pablo se había pasado un poco llamando inepto al profesor, pero si se había equivocado, se había equivocado.
-¿Perdón? -Scipio se giró hacia mí, apartándose un mechón de cabello negro de la frente.
-Bueno, es que pienso que haberle quitado tantos puntos, es castigo de sobra.
-Vaya, ¿tenemos otra profesora aquí? ¿También usted va a decirme cómo debo explicar mis clases? -Negué con la cabeza, avergonzada- Gutiérrez, ¿verdad? Tuve un Gutiérrez hace unos años. Era un engreído y un camorrista, y se creía que podía defender a todo el mundo a capa y espada. Es curioso, él que estaba en el orgulloso Lobo, su hija ha acabado en la estúpida Marta.
-No...
-¿No qué? ¿No eres estúpida o no era tu padre estúpido?
-Que no era mi padre, a secas -tuve ganas de reír, pues el mayor estúpido era, sin lugar a dudas, el profesor- yo soy hija de muggles, es imposible que mi padre hubiese entrado en este colegio.

Lejos de avergonzarse, como yo pensaba que haría, Scipio dibujó una leve sonrisa en una de las comisuras de los labios.
-Hija de muggles ¿verdad? Esto confirma mis sospechas.
-¿Qué sospechas? ¡Si usted pensaba que era hija de un mago! -Casi no pude reprimir la risa que pugnaba por escapar y estallar en la cara de aquel incompetente.
-¡Mis sospechas sobre que los hijos de muggles son maleducados, gamberros y extremadamente imbéciles! -Me gritó, y mientras lo hacía me cayó una gota de saliva en la mejilla, pero me dio miedo alzar la mano para quitármela. Nunca un profesor se había enfadado tanto conmigo. Antes de que pudiera reaccionar, me cogió del brazo y me levantó del pupitre, arrastrándome, junto con Pablo, fuera de aquella clase. Me apretaba tanto el brazo que estaba segura de que me dejaría moretones.
-Ay -me quejé, pero Scipio no aflojó la presión de los dedos.

Salimos del aula y pronto la dejamos atrás, subiendo escaleras y metiéndonos por pasadizos. Pronto comencé a jadear, desacostumbrada a subir tanto escalón y más al ritmo que nos imponía el enfurecido profesor. Finalmente nos metimos en una torre, y por encima de todo, llegamos a un lugar cubierto completamente por excrementos. Había alguna Lechuza por aquí y por allá, dormitando con la cabeza bajo el ala. Reprimí un grito cuando pisé un ratón muerto del suelo.
-Bueno, como parece que sois incapaces de callar esa bocaza, desde hoy hasta que termine el curso, todas mis horas de clase las pasarán en este lugar, limpiando para hacerles un favor a los elfos domésticos. Sin magia. -De un golpe de la varita, hizo aparecer dos cubos llenos de agua y dos cepillos- Les quiero aquí hasta después de comer, hora a la que vendré a buscarles para decirles cuál es su castigo de verdad. Como se les ocurra escaparse o utilizar la magia, les aseguro que me enteraré.

Se giró de una forma muy teatral y salió de aquel lugar. Eché un vistazo en derredor, mirando la longitud de la sala.
-¿Las paredes también tenemos que limpiarlas? -Le pregunté a Pablo, mientras me temblaba la barbilla a causa del llanto que pugnaba por salir. Nunca me habían castigado, y menos tan severamente. Y menos todavía el primer día de clase.