27 mar 2011

Wulfgar

Después de tener que aguantar la clase de herbología con dos del Dragón en la misma mesa, pensé que no habría nada peor en todo el día, pero al acabar la clase el chico rarito que había estado dibujando arboles (que mi abuela, ya anciana y ciega, podría dibujar mejor…) toda la clase , se digno a mancillar el honor de uno de mis compañeros golpeadores en el deporte rey del mundo mágico, el quiddich.


Tuvimos que sujetarlo para que no le rompiera su cara bonita y arriesgarnos a que el profesor nos viera y nos penalizara con menos puntos para la casa. En lugar de eso di un fuerte silbido y el halcón entro por la ventana más próxima, se poso en mi brazo y le susurre unas palabras al oído, tras eso salió volando con la misma elegancia por la que había entrado.


El resto de la mañana transcurrió de manera normal, practicamos unos encantamientos sencillos sobre objetos muggles con Orfilio Ejarte, unos muy divertidos para ir abriendo boca a principio de curso, luego vendrían los más complicados y las memorizaciones más pesadas…


En clase de transformaciones me lucí un año más, puesto que mi transformación en lobo fue perfecta, a fin de cuentas estaba repitiendo curso, al salir de clase charlando con la Sra. Cortes me aseguro que no debía practicar transformaciones muy complejas sin su supervisión. Esa mujer siempre sabia en que pensaba cuando me miraba, no sé como lo hace, ella dice que es el brillo en mis ojos, pero seguro que es algún tipo de hechizo adivinador; el caso es que sin mencionárselo me advirtió de las consecuencias que tendría el transformarse en un animal demasiado grande o intentar conseguir un tamaño indebido para el animal en el que deseo transformarme o incluso me advirtió de que corría grave peligro intentando emular la transformación de un licántropo.


A la hora del almuerzo deje a mis compañeros y salí del castillo en dirección al bosque, no iba a adentrarme, pero me gustaba estar cerca, me tranquilizaba y podía ver si mi compañero halcón había conseguido algo de lo que le había pedido. Mientras bajaba trotando por la ladera vi que había movimiento en el establo, muy cerca del bosque, ahí era donde daríamos las clases de cuidados de criaturas mágicas. El profesor al cargo era Baltasar Ndongo, un hombre fornido y de raza negra, de unos treinta y largos años que con solo su presencia ya insuflaba respeto, y que además era el líder de la Casa del Lobo. Como tenía un rato para almorzar pensé en pasar a saludar y ver con qué tipo de criaturas estaba tratando.