Mientras mojaba el cepillo en el cubo de agua y me arrodillaba para sacar los excrementos más adheridos a la piedra, recordé el día en el que pensaba que estar en una escuela de magia sería lo más. Suspiré, tratando de contener las lágrimas. No me podía creer que la hubiera liado nada más llegar, el primer día.
¿Siendo hija de muggles tenía más posibilidades de que me expulsaran? Cepillé con más fuerza el suelo, tratando de quitar algo que parecía vómito de lechuza. Contuve la respiración mientras mojaba de nuevo el cepillo en el cubo de agua.
Recordaba el día que había quemado el armario de mi hermano. Estaba enfadada con él porque no me había dejado utilizar el radiocassete, y deseé que pasara algo malo, algo que la liara muchísimo y hubiese posibilidad de que le echaran la culpa a él. Al rato comencé a oler a quemado y mi madre comenzó a gritar. Casi se quema la casa entera. Sabía que yo no había encendido nada cerca, pero en el fondo tenía la certeza de que había sido yo. Como cuando una niña de mi clase se estuvo metiendo conmigo y, de un empujón, la envié al tejado del colegio. Entonces pensé que había sido una ráfaga de aire especialmente potente, y ella se quedó totalmente patidifusa. Por suerte, de nuevo culparon a otro y yo salí impune.
Pero lo más inquietante, sin duda, eran los sueños. Meneé la cabeza, no quería pensar en aquello.
El día que se presentó una mujer con un extraño atuendo en mi casa, diciendo que era la subdirectora del colegio Iberia para jóvenes magos... bueno, me sorprendió, pero en el fondo me lo esperaba. Mis padres estuvieron a punto de echarla de casa, pensando que sería una lunática, pero ella hizo una demostración de magia que inevitablemente les convenció. Sin embargo, hasta que no fuimos a Madrid a comprar el material escolar y entramos en aquel callejón repleto de magos y tiendas hasta los topes, no se terminaron de convencer del todo. Se gastaron un dineral en todo, y aunque les insistí para que me compraran una escoba mágica, en el reglamento ponía claramente que los de primer curso no podemos tener ninguna a no ser que fuéramos de algún equipo. Lástima.
Me froté la espalda, adolorida de fregar a cuatro patas y me estiré un poco, para aliviar la tensión en los riñones y los hombros. Vostecé. Tenía ganas de comenzar las clases de vuelo, pues por lo visto sólo se impartían en primer curso, y aquello significaba que eran muy fáciles. También había escuchado algún comentario que otro sobre algo llamado quidditch, que figuraba en la carta de admisión, al lado de lo de la escoba; por lo visto era una especie de deporte. Sería divertido jugarlo.
Decidí apartar pensamientos tontos de la mente y continuar fregando el suelo, para salir de allí antes de que una lechuza decidiera usarme a mí como vater.
¿Siendo hija de muggles tenía más posibilidades de que me expulsaran? Cepillé con más fuerza el suelo, tratando de quitar algo que parecía vómito de lechuza. Contuve la respiración mientras mojaba de nuevo el cepillo en el cubo de agua.
Recordaba el día que había quemado el armario de mi hermano. Estaba enfadada con él porque no me había dejado utilizar el radiocassete, y deseé que pasara algo malo, algo que la liara muchísimo y hubiese posibilidad de que le echaran la culpa a él. Al rato comencé a oler a quemado y mi madre comenzó a gritar. Casi se quema la casa entera. Sabía que yo no había encendido nada cerca, pero en el fondo tenía la certeza de que había sido yo. Como cuando una niña de mi clase se estuvo metiendo conmigo y, de un empujón, la envié al tejado del colegio. Entonces pensé que había sido una ráfaga de aire especialmente potente, y ella se quedó totalmente patidifusa. Por suerte, de nuevo culparon a otro y yo salí impune.
Pero lo más inquietante, sin duda, eran los sueños. Meneé la cabeza, no quería pensar en aquello.
El día que se presentó una mujer con un extraño atuendo en mi casa, diciendo que era la subdirectora del colegio Iberia para jóvenes magos... bueno, me sorprendió, pero en el fondo me lo esperaba. Mis padres estuvieron a punto de echarla de casa, pensando que sería una lunática, pero ella hizo una demostración de magia que inevitablemente les convenció. Sin embargo, hasta que no fuimos a Madrid a comprar el material escolar y entramos en aquel callejón repleto de magos y tiendas hasta los topes, no se terminaron de convencer del todo. Se gastaron un dineral en todo, y aunque les insistí para que me compraran una escoba mágica, en el reglamento ponía claramente que los de primer curso no podemos tener ninguna a no ser que fuéramos de algún equipo. Lástima.
Me froté la espalda, adolorida de fregar a cuatro patas y me estiré un poco, para aliviar la tensión en los riñones y los hombros. Vostecé. Tenía ganas de comenzar las clases de vuelo, pues por lo visto sólo se impartían en primer curso, y aquello significaba que eran muy fáciles. También había escuchado algún comentario que otro sobre algo llamado quidditch, que figuraba en la carta de admisión, al lado de lo de la escoba; por lo visto era una especie de deporte. Sería divertido jugarlo.
Decidí apartar pensamientos tontos de la mente y continuar fregando el suelo, para salir de allí antes de que una lechuza decidiera usarme a mí como vater.