Ya había pasado la hora de comer, y Pablo y yo seguíamos limpiando la lechucería, pues parecía que no se limpiaba desde la inauguración del colegio.
-Yo creo que estas cacas ya son patrimonio de la humanidad, están fosilizadas -mascullé en más de una ocasión.
Mis tripas rugían como nunca las había escuchado, y ya me habían salido un par de ampollas en la palma de la mano, así que tuve que pasarme el cepillo a la mano izquierda, que se me cansó el doble de rápido.
Cuando llevábamos vaya usted a saber el tiempo, la puerta de la lechucería se abrió, y Príamo apareció en el umbral. Fue una aparición un tanto teatrera.
-Vaya, veo que estáis trabajando. No muy bien, pero lo intentáis. -Inspeccionó la sala con ojos inquisitivos.-Por hoy podéis dejarlo. En la próxima hora de Defensa podréis continuar hasta que dejéis esto como los chorros del oro. Vosotros elegiréis si hacerlo despacio y mal para perder muchas clases o hacerlo bien a la primera.
Antes de que nos diera tiempo a contestar, se marchó ondeando la túnica a su espalda, y Pablo y yo nos miramos largamente. Comenzó a latirme el corazón muy rápido, pero me contuve. Me enamoraba muy fácil, y no quería cagarla con los amigos nada más llegar al colegio.
-Parece que somos libres -comenté, mientras metía el cepillo en el cubo y me miraba las ampollas de la mano.
-¿Pretende que nos saltemos todas las clases de Defensa? Por lo menos aquí hay un mes de trabajo -se quejó él.
-Pero tú no tendrás ningún problema... quiero decir, en clase le corregiste -contuve una risotada. Se me heló en la boca cuando recordé que no tenía ni puñetera idea- no como yo.
-Si quieres, puedo ayudarte con la asignatura. Ya verás, no dejaremos que ese palurdo se salga con la suya.
Charlando animadamente, salimos de la torre y acudimos al Comedor, con la esperanza de que todavía hubiera algún rezagado comiendo, pero no hubo manera. Decidimos consolarnos con las chuches que nos quedaban en la mochila del desayuno.
Muerta de hambre y cansancio, decidí subir a mi habitación y tirarme en la cama, pero mientras me desabrochaba la falda, recordé el pergamino de deberes que habían mandado de Pociones, y otros tantos del resto de asignaturas. Suspirando, fui un momento al baño, donde casi lloré mirando mi reflejo rubio en el espejo. Al salir, cargué mi mochila de los deberes y me encaminé hacia la biblioteca, pesarosa y hambrienta.
-Yo creo que estas cacas ya son patrimonio de la humanidad, están fosilizadas -mascullé en más de una ocasión.
Mis tripas rugían como nunca las había escuchado, y ya me habían salido un par de ampollas en la palma de la mano, así que tuve que pasarme el cepillo a la mano izquierda, que se me cansó el doble de rápido.
Cuando llevábamos vaya usted a saber el tiempo, la puerta de la lechucería se abrió, y Príamo apareció en el umbral. Fue una aparición un tanto teatrera.
-Vaya, veo que estáis trabajando. No muy bien, pero lo intentáis. -Inspeccionó la sala con ojos inquisitivos.-Por hoy podéis dejarlo. En la próxima hora de Defensa podréis continuar hasta que dejéis esto como los chorros del oro. Vosotros elegiréis si hacerlo despacio y mal para perder muchas clases o hacerlo bien a la primera.
Antes de que nos diera tiempo a contestar, se marchó ondeando la túnica a su espalda, y Pablo y yo nos miramos largamente. Comenzó a latirme el corazón muy rápido, pero me contuve. Me enamoraba muy fácil, y no quería cagarla con los amigos nada más llegar al colegio.
-Parece que somos libres -comenté, mientras metía el cepillo en el cubo y me miraba las ampollas de la mano.
-¿Pretende que nos saltemos todas las clases de Defensa? Por lo menos aquí hay un mes de trabajo -se quejó él.
-Pero tú no tendrás ningún problema... quiero decir, en clase le corregiste -contuve una risotada. Se me heló en la boca cuando recordé que no tenía ni puñetera idea- no como yo.
-Si quieres, puedo ayudarte con la asignatura. Ya verás, no dejaremos que ese palurdo se salga con la suya.
Charlando animadamente, salimos de la torre y acudimos al Comedor, con la esperanza de que todavía hubiera algún rezagado comiendo, pero no hubo manera. Decidimos consolarnos con las chuches que nos quedaban en la mochila del desayuno.
Muerta de hambre y cansancio, decidí subir a mi habitación y tirarme en la cama, pero mientras me desabrochaba la falda, recordé el pergamino de deberes que habían mandado de Pociones, y otros tantos del resto de asignaturas. Suspirando, fui un momento al baño, donde casi lloré mirando mi reflejo rubio en el espejo. Al salir, cargué mi mochila de los deberes y me encaminé hacia la biblioteca, pesarosa y hambrienta.