Me encontraba terminando de comer unas deliciosas salchichas cuando de pronto, algo peludo se deslizó entre mis pies. Pegué un grito de sorpresa, y vi a mi querido Perro corriendo detrás de una pelusa de polvo, por debajo de la mesa de la casa de la Marta.
-¿Pero quién te ha dejado salir del cuarto? -Mascullé, saltando de mi asiento y persiguiéndolo, casi a gatas, esperando que saliera por uno de los extremos de la mesa.
Tan inclinada me encontraba, y tan concentrada, que no me di cuenta de que Perro había entrado en otra fila de mesas y me choqué contra un alumno que se encontraba comiendo tan plácidamente, al extremo de la misa. Le clavé todo el cabolo en el costado, y casi sentí que me replegué en mí misma, como un acordeón, por la fuerza con la que choqué.
Mascullé una disculpa mientras me frotaba la cabeza y decidía que con mi gatito debería emplear métodos menos ortodoxos. Con decisión, me metí debajo de la mesa y empecé a gatear, esquivando piernas y pies de los alumnos de la mesa bajo la cual me había metido.
Algo se movió rapido por delante de Perro, y al momento había desparecido entre las sillas.
Cuando llegué al lugar donde mi gato había desaparecido, me encontré con que lo tenía aferrado una enorme serpiente amarilla. Pegué un grito y me incorporé del susto, golpeando mi cabeza contra la mesa de forma tan brusca que los platos y los cubiertos que había encima, temblaron.
La serpiente arrastró al gato hasta los pies de la silla de un alumno, el animalito se revolvia pero la serpiente lo había cogido para que apenas puediera moverse y casi ni respirar. Al mirar al alumno vi el escudo del dragón en su túnica y una cara que me resultaba familiar.
-¡Dile que suelte a mi gato! -Exclamé, al ubicar en mi memoria aquella expresión de desdén que me miraba desde arriba. Desenfundé la varita como acto reflejo y le apunté con ella, mientras me retorcía para poder salir de debajo de la mesa.
-Deja eso o te harás daño-contestó mientras bajaba su mano para acariciar a la serpiente. Esta al notar la mano del dueño aflojó al animal, que saltó hacia mis brazos-Nagga sólo estaba sujetando a tu gato, no le gusta la comida tan peluda.
Perro temblaba entre mis brazos, y le abracé con fuerza. Me dolía la parte superior de la cabeza, seguro que me iba a salir un chichón.
-No, si además te tendré que dar las gracias -mascullé, guardándome la varita en la cintura del pantalón.
-Deberías, pelo paja-contestó el chico, sonriendo, mientras le daba un bocado a la manzana que tenía entre las manos, la serpiente se había escondido dentro de la túnica, pero la gente seguia mirando la escena algo asustados.
-Gilipollas -mascullé, mientras me daba la vuelta y abandonaba el comedor.
-¿Pero quién te ha dejado salir del cuarto? -Mascullé, saltando de mi asiento y persiguiéndolo, casi a gatas, esperando que saliera por uno de los extremos de la mesa.
Tan inclinada me encontraba, y tan concentrada, que no me di cuenta de que Perro había entrado en otra fila de mesas y me choqué contra un alumno que se encontraba comiendo tan plácidamente, al extremo de la misa. Le clavé todo el cabolo en el costado, y casi sentí que me replegué en mí misma, como un acordeón, por la fuerza con la que choqué.
Mascullé una disculpa mientras me frotaba la cabeza y decidía que con mi gatito debería emplear métodos menos ortodoxos. Con decisión, me metí debajo de la mesa y empecé a gatear, esquivando piernas y pies de los alumnos de la mesa bajo la cual me había metido.
Algo se movió rapido por delante de Perro, y al momento había desparecido entre las sillas.
Cuando llegué al lugar donde mi gato había desaparecido, me encontré con que lo tenía aferrado una enorme serpiente amarilla. Pegué un grito y me incorporé del susto, golpeando mi cabeza contra la mesa de forma tan brusca que los platos y los cubiertos que había encima, temblaron.
La serpiente arrastró al gato hasta los pies de la silla de un alumno, el animalito se revolvia pero la serpiente lo había cogido para que apenas puediera moverse y casi ni respirar. Al mirar al alumno vi el escudo del dragón en su túnica y una cara que me resultaba familiar.
-¡Dile que suelte a mi gato! -Exclamé, al ubicar en mi memoria aquella expresión de desdén que me miraba desde arriba. Desenfundé la varita como acto reflejo y le apunté con ella, mientras me retorcía para poder salir de debajo de la mesa.
-Deja eso o te harás daño-contestó mientras bajaba su mano para acariciar a la serpiente. Esta al notar la mano del dueño aflojó al animal, que saltó hacia mis brazos-Nagga sólo estaba sujetando a tu gato, no le gusta la comida tan peluda.
Perro temblaba entre mis brazos, y le abracé con fuerza. Me dolía la parte superior de la cabeza, seguro que me iba a salir un chichón.
-No, si además te tendré que dar las gracias -mascullé, guardándome la varita en la cintura del pantalón.
-Deberías, pelo paja-contestó el chico, sonriendo, mientras le daba un bocado a la manzana que tenía entre las manos, la serpiente se había escondido dentro de la túnica, pero la gente seguia mirando la escena algo asustados.
-Gilipollas -mascullé, mientras me daba la vuelta y abandonaba el comedor.