El lunes siguiente comenzó con el espantoso timbre mañanero. Y así comenzaron todas las mañanas del mes siguiente. Ya me había acostumbrado a las clases, y dominaba con más o menos soltura la varita, especialmente la clase de transformaciones. Sin embargo, no lograba dominar mi cabello, y me estaba comenzando a asustar, pues una mañana me había levantado, sin comerlo ni beberlo, con el cabello color caoba oscuro. Me quedaba bien, por lo menos mejor que el rubio pajizo feo con el que había comenzado las clases. En seguida culpé al chico de la casa del Dragón, pero tuve que dejarle ir por falta de pruebas.
Por otro lado, Pablo y yo nos pasábamos limpiando todas las clases de Defensa contra las artes oscuras, y parecía que el trabajo no acababa nunca, pero acabamos haciéndonos amigos y nos reíamos con las cosas más tontas. Por las noches, pensaba que me había enamorado de él, pero como no lo tenía muy claro, decidí dejarlo pasar. No iba a romper una bonita amistad por un cuelgue tonto. Y más, teniendo en cuenta de que en clase se me iba la cabeza pensando en... bueno, no importa.
Por otra parte, todas las tardes las pasaba estudiando la defensa contra las artes oscuras que no estudiaba en clase. Algo lógico, teniendo en cuenta que los exámenes se aproximaban, y todos los alumnos de primero estábamos nerviosos como ratoncillos. La mayoría se pasaba los días en la biblioteca, pero a mí me agobiaba y me parecía que me gafaba por igual, así que me pasaba el tiempo entre la hora de estudio y la hora de la cena, paseando por el castillo.
A finales de Octubre, al entrar en mi sala común encontré que había un gran revuelo en torno al tablón de anuncios. Intrigada, pues normalmente sólo había notitas de amigos y penes dibujados, me acerqué y me abrí paso hasta la primera fila, y vi que había un anuncio de Quidditch, estaban buscando gente nueva para el equipo, pues se ve que el año anterior se graduaron casi todos los miembros.
A la hora de la cena, me acerqué a la mesa de la Lechuza para preguntarle una duda a Pablo sobre los dragones de gales.
-¿En tu casa también buscan nuevos jugadores de Quidditch? -Me preguntó, mientras terminaba de apurar el helado.
-Pues sí -respondí, mientras me hacía un hueco entre otros alumnos de la Lechuza y me sentaba a la mesa, repasando la imagen en movimiento del dragón, para ver las líneas ventrales de los que me había hablado mi compañero. Ni siquiera estaba segura de saber qué significaba la palabra ventral- pero no me interesa mucho.
-¿Por qué? ¿No dices que el profesor de Vuelo te felicita mucho?
-Sí, pero... ni siquiera sé jugar, no sé cómo va el juego. Me lo han explicado por encima, pero...
-Con la mala leche que tienes a veces, podrías ser golpeadora.
-Qué dices -sonreí, pero mi mente incansable comenzó a darle vueltas a la idea desde el mismo momento que entró por mis oídos. Enfadada, me levanté y regresé a mi mesa, todavía dándole vueltas a la misma estúpida idea. Si ni siquiera tenía una escoba.
Sin embargo, el sábado siguiente, Lara me convenció para que fuera a apoyarla, pues ella sí que iba a presentarse, para buscadora o algo así.
Me senté en las gradas con un libro, esperando a que terminaran. Sin embargo, cuando comenzaron las pruebas, me maravillé tanto que no pude dejar de mirar. En un momento dado, estaban haciendo pruebas para algo así como bateadores. Tiraban unas bolas que no paraban de perseguir a la gente que había en el aire, y el que hacía la prueba tenía que perseguirlas y batearlas.
Siendo sinceros, la verdad es que lo hacían todos bastante mal, y eso que no tenía ni idea del deporte en cuestión. Y un grupito de Dragones que se había sentado al otro lado de las gradas y no había dejado de reírse en toda la prueba, se carcajeó más que nunca cuando uno de los chavales cayó varios metros después de que la pelota le diera en toda la cara. El capitán del equipo se cabreó tanto que le pegó una patada la bola, que justo en aquel momento pasaba por su lado, y la pobre se dirigió hacia a mí con tanta velocidad que sólo pude taparme con el libro. La pelota me dio en la cara, con el libro de por medio, rebotó, y luego volvió a por más. Aturdida y dolorida, le di con el lomo con todas mis fuerzas para enviarla lejos. Con los ojos llenos de lágrimas y palpándome la nariz, bajé las escaleras a toda prisa, pues los Dragones reían como nunca. Humillada, y con la visión borrosa, me perdí y no sé cómo, acabé en el césped.
-¡Eh! -Me llamó Roberto, el capitán del Equipo. Estaba en tercero y era, probablemente, el chico más guapo de la casa de la Marta. Lo sabía todo sobre él porque Leila estaba perdidamente enamorada del chico desde el primer día de clase.
-¿Qué? -Respondí, enfadada y deseando que no se me notase que estaba a punto de llorar.
-¿Eres de la Marta?
-Sí que lo es, es la que le cambia el pelo -apuntó otro chico, un pelirrojo que tenía la nariz torcida.
-¿Por qué lo preguntas?
-Oye... ¿qué tal se te da Vuelo? ¿Eres muggle?
-Soy muggle, pero el vuelo se me da de puta madre, imbécil -aquel comentario me cabreó. ¿Qué pasa, que por ser muggle no podía coger una escoba y volar? Si era lo más tonto del mundo.
-Perdona, perdona... oye... ¿por qué no coges una escoba y pruebas a batear la bludger?
-No, no me interesa el Quidditch -respondí, todavía un poco aturdida y sin soltar mi maltrecha nariz.
-Venga, inténtalo -insistió el chico de la nariz torcida, tendiéndome su escoba.
Sin saber muy bien cómo negarme, me subí encima, cogí el bate que me tendía Roberto, le di una patada al suelo y antes de que pudiera reaccionar, ya tenía la pelota persiguiéndome por el campo. La primera vez me dio en el hombro tan fuerte que pensé que me había dislocado la clavícula, pero la segunda la envié al otro lado del campo. Después fue directo a por Lara, que se encontraba sobrevolando el terreno de juego, todavía buscando aquella pelolita amarilla tan bonita que habían soltado al principio de la prueba. Como estaba despistada, me lancé directamente hacia ella e impedí que la pelota loca asesina aquella, la desnucara.
Después de un par de golpes más, desmonté de la escoba totalmente molida y con una ligera molestia en el hombro. Sin embargo, Roberto me abrazó y me dijo que estaba en el equipo.
Sin comerlo ni beberlo, había quedado el sábado siguiente para el primer entrenamiento.
Y yo con estos pelos...