El martes siguiente se me abrieron los ojos de golpe, en mitad de la noche. De pronto, no pude dormir más. Tenía el corazón desbocado ¿sería por el entrenamiento del sábado siguiente? No podía afirmarlo, pero tenía toda la pinta.
Me incorporé lentamente, en silencio, para no despertar a mis compañeras de habitación y me abracé las rodillas al rededor de la manta, que cada vez era más gruesa conforme iba haciendo frío. Me arrebujé bajo mi camisón rojo de tirantes. Se me erizó la piel de los brazos al contacto con el aire frío que entraba desde la chimenea apagada. Miré la luz de la luna que entraba por la ventana y suspiré. A veces tenía la sensación de que todo había sido un sueño, de que despertaría en mi cama, en mi habitación diminuta de mi casa en Valencia, con mis padres haciendo ruido y escuchando la radio en la cocina.
Sin embargo, allí estaba, con su mesilla repleta de pergaminos que caían por el suelo, llenos de letras ininteligibles de apuntes de Encantamientos, pues había un examen la semana siguiente.
Suspiré, sabiendo que no podría volver a dormirme, y decidí bajar a la sala común, donde, por la noche, el fuego de la chimenea siempre estaba encendido. Haciendo caso omiso de las zapatillas de ir por cama que había tiradas al lado de mi armario, cogí un cómic que me había enviado mi padre y bajé las escaleras una a una, casi a tientas. Cuando llegué a la planta baja me senté en un mullido diván y acomodé las piernas en el reposabrazos, dispuesta a leer las desventuras de las dos Nanas, que se habían mudado a vivir juntas pese a sus personalidades dispares. Desde que comencé a leer los cómics, había empezado a llevar la falda mucho más corta, y me ataba los calcetines con un liguero que se entreveía debajo de ella. Excepto cuando había Herbología.
De pronto escuché un siseo que me sobresaltó tanto que casi dejé caer el comic al suelo. Me giré, alarmada, pero no vi nada. Hasta que algo pasó arrastrándose por la puerta. Un cuerpo grande y cilíndrico, escamoso y amarillo. Casi grité, pero decidí esperar a que esa asquerosa cosa terminara de desaparecer, para seguirla a una distancia prudencial. Era la terrorífica serpiente del chico de la casa del Dragón, seguramente así había conseguido teñirle el pelo de nuevo. Enfadada, dejé el comic en la mesa y salí lentamente y en silencio. Medité durante unos instantes la posibilidad de subir a por los zapatos, pues el frío suelo de piedra del pasillo me iba a congelar los pies, pero podría perderla de vista, y entonces me quedaría sin aventurilla nocturna.
Decidida, comencé a recorrer pasillos en silencio, siempre siguiendo el extremo del cuerpo de la víbora. Por fin, salió al jardín, y no supe bien qué hacer, porque quedaría totalmente expuesta y me verían desde lejos. Sin embargo, estaba decidida a no dejar pasar la oportunidad de conocer secretos de este chico, porque, para empezar, estaba prohibido salir de las habitaciones por la noche.
Sonriendo malévolamente, me acosté boca abajo por el suelo y me arrastré poco a poco hacia adelante, ocultándome entre los matojos altos de la hierba que el jardinero todavía no se había dignado a podar.
Me incorporé lentamente, en silencio, para no despertar a mis compañeras de habitación y me abracé las rodillas al rededor de la manta, que cada vez era más gruesa conforme iba haciendo frío. Me arrebujé bajo mi camisón rojo de tirantes. Se me erizó la piel de los brazos al contacto con el aire frío que entraba desde la chimenea apagada. Miré la luz de la luna que entraba por la ventana y suspiré. A veces tenía la sensación de que todo había sido un sueño, de que despertaría en mi cama, en mi habitación diminuta de mi casa en Valencia, con mis padres haciendo ruido y escuchando la radio en la cocina.
Sin embargo, allí estaba, con su mesilla repleta de pergaminos que caían por el suelo, llenos de letras ininteligibles de apuntes de Encantamientos, pues había un examen la semana siguiente.
Suspiré, sabiendo que no podría volver a dormirme, y decidí bajar a la sala común, donde, por la noche, el fuego de la chimenea siempre estaba encendido. Haciendo caso omiso de las zapatillas de ir por cama que había tiradas al lado de mi armario, cogí un cómic que me había enviado mi padre y bajé las escaleras una a una, casi a tientas. Cuando llegué a la planta baja me senté en un mullido diván y acomodé las piernas en el reposabrazos, dispuesta a leer las desventuras de las dos Nanas, que se habían mudado a vivir juntas pese a sus personalidades dispares. Desde que comencé a leer los cómics, había empezado a llevar la falda mucho más corta, y me ataba los calcetines con un liguero que se entreveía debajo de ella. Excepto cuando había Herbología.
De pronto escuché un siseo que me sobresaltó tanto que casi dejé caer el comic al suelo. Me giré, alarmada, pero no vi nada. Hasta que algo pasó arrastrándose por la puerta. Un cuerpo grande y cilíndrico, escamoso y amarillo. Casi grité, pero decidí esperar a que esa asquerosa cosa terminara de desaparecer, para seguirla a una distancia prudencial. Era la terrorífica serpiente del chico de la casa del Dragón, seguramente así había conseguido teñirle el pelo de nuevo. Enfadada, dejé el comic en la mesa y salí lentamente y en silencio. Medité durante unos instantes la posibilidad de subir a por los zapatos, pues el frío suelo de piedra del pasillo me iba a congelar los pies, pero podría perderla de vista, y entonces me quedaría sin aventurilla nocturna.
Decidida, comencé a recorrer pasillos en silencio, siempre siguiendo el extremo del cuerpo de la víbora. Por fin, salió al jardín, y no supe bien qué hacer, porque quedaría totalmente expuesta y me verían desde lejos. Sin embargo, estaba decidida a no dejar pasar la oportunidad de conocer secretos de este chico, porque, para empezar, estaba prohibido salir de las habitaciones por la noche.
Sonriendo malévolamente, me acosté boca abajo por el suelo y me arrastré poco a poco hacia adelante, ocultándome entre los matojos altos de la hierba que el jardinero todavía no se había dignado a podar.