4 oct 2011

Lorena

El chico se internó hacia el bosque, y no dejé de arrastrarme por la crecida hierba, hasta que pude esconderme detrás de los troncos de los árboles, andando tan sigilosamente como podía. Tenía las piernas manchadas de barro hasta las pantorrillas, y me estaba quedando congelada bajo mi fino camisón, pero quería pillarle como fuera. Me las iba a pagar caras todas las putadas que me había estado haciendo desde el inicio del curso. Bueno, no habían sido tantas, pero es que el rubio me quedaba como a un santo dos pistolas.

El joven dragón miraba a un lado y a otro como si estuviera pendiente de que nadie le mirara. La serpiente se había internado dentro del bosque, y no parecía que se encontrara cerca.
Siguió andando despacio mirando por dónde iba, giraba la cabeza muy amenudo para cerciorarse que nadie mle seguía. Cuando nos habíamos internado bastante el bosque, y la copa de los árboles comenzaban a ser bastante espesas, sacó la varita y susurró lumos. Tuve que quedarme más atrás para que el rayo de luz no me alcanzara.

Si estaba tan intranquilo, era porque seguro que pensaba hacer algo terrible, así que no dudé ni un momento en no debía regresar al castillo, a pesar de que empezaban a castañearme los dientes. ¿Cuánto rato más iba a seguir andando?

Al cabo de unos pocos minutos el chico se detuvo en medio de un claro, estaba iluminado por la luna y en el centro se levantaban unos matorrales. Él se agachó y sacó una hoz grande y plateada del interior de la túnica. Inquieta, observé atentamente cómo arrancaba unas plantas con ella y las metía en un saquillo.
Alterné mi peso sobre una pierna y otra, escondida detrás del árbol y algo agachada. ¿Para qué querría esas plantas?

Algo se movió detrás del árbol, se oyó el ruido de una rama romperse, el chico pareció no darse cuenta de nada pues seguía arrancando aquellas flores.
Me agazapé rápidamente, por si se giraba, y empecé a asustarme cuando me di cuenta de que estaba en el bosque prohibido. Si estaba prohibido, sería por algo ¿no dijo el profesor de defensa contra las artes oscuras que había muchos animales peligrosos por aquí?

Volvió a oirse aquel ruido, y entre las hojas de los árboles empezaron a verse unos ojos amarillos, brillantes. Desde arriba descendieron una pequeñas criaturas, de cuatro brazos y piel negra como el carbón. Las reconocí de inmediato, porque Pablo había estado muy pesado con ellas y las cosas que se podría hacer con su veneno, se trataba de unas criaturitas llamadas Doxys que tenían un humor de perros, y más porque había estado moviendo el árbol donde estaba lo que parecía su nido.

Aterrorizada, eché mano de mi varita, pero me di cuenta de que había bajado sin ella. Cuando una de las doxys se precipitó contra mí, a punto de clavarme sus afilados dientes, grité y corrí hacia el claro donde se encontraba el chico. Vale, me había puesto al descubierto, pero eso era mejor que explicarle a la enfermera por qué tenía veneno de doxy en el organismo.

El chico alzó la cabeza de inmediato y casi como un destello levantó la varita apuntando hacia el grito. Las doxys volaron, en una alocada persecución contra mi persona, y a la voz del chico la acompañó un destello de luz
Reducto!-gritó y un rayo choco contra las doxys, parándolas en el aire.

Jadeando, solté la túnica del chico del Dragón, la cual había estado estrujando desde que me había parapetado detrás de él para protegerme de los bichitos.
-Qué susto -murmuré, avergonzada.
-¿Qué haces en el bosque prohibido en medio de la noche, nena? -Preguntó el dragón, mientras bajaba la varita y me miraba desde arriba, seguro que disfrutando de mi miedo.
-Mee... -pensé una excusa rápidamente, pero todo sonaba a eso, a excusa barata "me he perdido", "soy sonámbula", "he perdido a mi gato", "mi hipogrifo se ha comido mis deberes". Finalmente, me rendí a la evidencia- te estaba siguiendo -confesé.

Una de las comisuras de la boca de aquel chico tan desagradable se curvó en una sonrisa.
-Creí que me mentirías y entonces me tocaría sonsacártelo -respondió, mientras guardaba su varita en el bolsillo.
-No se me ha ocurrido ninguna mentira convincente -murmuré, mientras me separaba un poco más de él- pensé que estarías haciendo algo ilegal, podría delatarte y así darte un poco por saco. Por lo de mi pelo.
-Más o menos, -contestó el- meterme en el bosque prohibido ya es ilegal.
-¿Y qué estabas haciendo exactamente? Por no dejar el informe a mitad -dije, asomándome detrás de él, donde estaba cortando las plantas.
-Ingredientes para pociones -hizo una pausa, mientras se sacudía el barro de la túnica- ¿sabes que hay una pocion que hace que olvides la última hora de tu vida?

Di un paso hacia atrás, pero no inmuté mi cara, haciéndome la valiente.
-No puedes envenenarme.
-No es veneno, es un filtro, el filtro del olvido. -Guardó la hoz de plata en la bolsa y se dió la vuelta para volver hacia el castillo- Date prisa o te dejaré atrás, y los centauros no tienen muchos modales con los que no son del bosque.

Le seguí sin decir nada, dispuesta a no aceptar ni un apretón de manos de su parte.
-¿Qué hacía tu serpiente en mi sala común?
-¿Nagga estaba allí? -Parecía convincentemente sorprendido-Lleva varias noches saliendo y llegando tarde, no sabía donde se metía.
-Pues deberías atarla, podría comerse a mi gato -comenté, jadeando para poder ponerme a su paso. Finalmente, le cogí del brazo firmemente para poder frenarle un poco. Seguro que se pensaba que era una descarada por tocarle sin a penas conocernos, pero no quería quedarme atrás en el bosque.
-No puedes atar a una serpiente-el chico no parecio inmutarse, parecía que estaba acostumbrado que le cogieran del brazo Ahora que recordaba, había visto que se paseaba por el castillo de la misma manera con una chica muy guapa de su clase-Ademas no le gustan las cosas peludas, se atraganta con el pelo.
-Pero las serpientes comen ratones, y los ratones tienen pelo -reflexioné, mientras me estremecía por el frío de la noche.

El dragón se quitó la capa negra que llevaba sobre la túnica y la pasó cuidadosamente sobre mis hombros.
-Sí, pero hay ratones casi sin pelo, los de pelo largo no le gustan -apuntó, reanudando el paso.

Agradecí sinceramente el tacto calentito de la capa, mientras me arrebujaba dentro de ella. La verdad es que el chico era bastante caballeroso. Caminamos durante un rato, envueltos en un silencio un tanto incómodo. No entendía nada, ¿por qué siempre se metía conmigo, y luego me había salvado de los doxys y me había dejado su capa?
-¿Eres tan desagradable sólo por hacer la gracia delante de tus amigos?
-No, no tengo amigos -se sinceró él, con un deje de indiferencia en la voz- soy así, y como digas algo de lo de la capa, diré que me la robaste.

"Gilipollas", no pude evitar pensar.
-A mí no me parece que seas desagradable. Ahora estás siendo amable conmigo, y me has salvado de las doxys. -Siempre igual, siempre tenía que encarrilar a los casos perdidos mediante psicología amateur ¿qué me pasa con los maníacos?- Me llamo Lorena, por cierto.
-Mi nombre es Carlos -de pronto, se detuvo. Envuelta en la conversación y mis reflexiones sobre la psicopatía del chico, no me había dado cuenta de que estábamos frente a la escalinata de entrada al castillo-y sólo he sido amable hoy.
-Pues podrías ser amable siempre, me gustas más así. -Quizá había sido una frase un poco fuerte. Especialmente porque como realmente me gustaba, era lejos de mí. Pero si por lo menos podía conseguir que dejara de ser tan borde, habría servido de algo.
-Creo que no, pequeña marta, y ahora intenta que no te pillen hasta llegar a tu casa o te quitarán muchos puntos -dijo el chico mientras se marchaba por un pasillo.

Me quedé empanada viéndole marchar, hasta que me di cuenta de que tenía la capa con la que me había abrigado, todavía encima de los hombros. Porras, tendría que esconderla hasta que pudiera dársela en un sitio privado, no quería que nadie se pensara lo que no era.
Regresé rápidamente a mi habitación. Afortunadamente, se encontraba muy cerca de la entrada, por lo que sólo me encontré con el fantasma de un hombre vestido con bombachos, que meditaba profundamente. Tan profundamente que parecía dormido, a decir verdad.

Me lavé las piernas en el lavabo de nuestra habitación y luego me metí entre las sábanas, quedándome dormida casi al instante. A la mañana siguiente me despertaron los gritos emocionados de Lara, preguntando a quién le habían dejado una capa de un chico de la casa del Dragón llamado Carlos.
Mierda, la noche anterior había olvidado la capa sobre el lavabo del baño. Cojonudo, Lorena.