Después de escabullirme como pude de las preguntas insidiosas de mis compañeras de habitación e irme a desayunar en silencio, lo más apartada que pude de ellas, tocaba clase con el de pociones.
Era una clase que resultaba interesante la mayoría de los casos, e incluso fácil si las proporciones estaban puestas en la pizarra, pero cuando teníamos que calcularlas nosotros mismos, siempre acababa cansándome de emborronar un pergamino con cálculos y acababa echando los ingredientes a ojo. El profesor estaba harto de tener que limpiar una masa compacta como el cemento de mi caldero después de cada clase.
Un poco distraída, empecé a cortar lentamente las raíces de valeriana mientras meditaba lo ocurrido en la noche anterior y bostezaba sonoramente. Llevaba la capa de Carlos metida dentro de la mochila, pero todavía no sabía muy bien cómo abordarle para devolvérsela. Parecería bastante evidente si lo hacía en mitad del pasillo o en el Comedor, pero no sabía dónde estaba la sala común del Dragón, ni tenía intención de entrar para dársela, seríamos el hazmerreír.
Al final, cuando sonó la sirena que dictaba el final de la clase, decidí esperar a que terminara la hora de comer y esperarle fuera del comedor para llevarle a parte.
Recogí mi caldero, que sin saber muy bien por qué, volvía a tener aquella masa compacta en el fondo parecida al alquitrán. El profesor me dedicó una mirada de resignación que yo contrarresté con una sonrisa, también de resignación. El profe de pociones era muy exótico, y varias chicas de la Marta de cursos superiores estaban coladitas por él, y había escuchado muchas veces que le lanzaban indirectas pidiéndoles que les enseñaran a preparar un filtro de amor. Puaf, cuánto almíbar.
Por mi parte, Pablo me había estado comentando el día anterior que había recibido una carta de su abuela desde china. Gracias a su intervención, le habían dado una plaza de última hora de un colegio de magos de allí, y hoy mismo partía desde el pueblo, imaginé que en avión o algo así. Me enfadé con él ligeramente porque era el único amigo que tenía, y porque desde aquel momento me tocaría limpiar la lechucería a mí sola.
Hoy ya no había ido a clase, y mi banco en la clase de pociones había estado más vacío de lo habitual sin los apuntes desperdigados del chico.
Mis ojos se llenaron de lágrimas conforme iba yendo a la Clase de Defensa contra las Artes Oscuras a recibir el cubo y el cepillo para limpiar la lechucería.
De pronto, sentí como si hubiese pisado una trampa de estas hechas con una soga, porque me vi cabeza abajo cogida de un tobillo. Se me cayó la mochila de los brazos y la túnica me tapaba la cabeza, así que no podía ver quién me lo había hecho, pero escuchaba muchas risas a mi lado en el pasillo. Luego recordé las braguitas con el pastelito que decía "eat me" que me había puesto aquel día, y traté de subirme la falda para que no me las vieran.
-¡Bajadme, cabrones! -Grité, forcejeando conmigo misma, mientras sentía cómo me palpitaban las sienes al bajarme toda la sangre a la cabeza.
-Calla, sangre sucia -escuché que susurraba alguien cerca de mi oído- no deberías estar en este colegio.
-Bájame, gilipollas -escuché un tintineo en el suelo, y me di cuenta de que debía ser mi varita, que habría resbalado de uno de mis bolsillos.
De pronto escuché un grito al otro lado del pasillo, y la gente que reía a mi alrededor se fue corriendo. Me caí aparatosamente en el suelo, y mientras luchaba por liberar mi cabeza de la túnica, alguien me puso en pie.
-¿Estás bien? -Reconocí en la voz a la jefa de mi casa, Dulcinea. Como su propio nombre indicaba, era más dulce que un caramelo.
-Sí, sí, un poco mareada -repuse, mientras me colocaba bien la falda. De pronto me entró una vergüenza horrible. Hasta la jefa de mi casa me había visto las bragas.
-¿Quieres ir a la enfermería?
-No, no, es igual.
-¿Seguro?
-Sí... -me sacudí la ropa. Uno de mis calcetines tenía un agujero en la rodilla, a raíz del extraño aterrizaje. Me cagué en todo, era uno de mis calcetines favoritos. Después vi que me sangraba un poco.
-Será mejor que vayas. Estos chicos, siempre igual. De vez en cuando se vuelve a poner de moda ese hechizo y todos los alumnos acaban cabeza abajo -mientras hablaba, me tendió mi mochila y mi varita, que apresuré a ponerme detrás de la oreja- iré a hablar con el profesor de defensa, tú vete a la enfermería aunque sea a reponerte un poco.
-Gracias, profesora.
Se perdió de vista rápidamente, pero yo no pude evitar quedarme dándole vueltas a la cabeza. ¿Sangre sucia? ¿A qué venía aquello? ¿Tenía que ver con lo de ser hija de padres no mágicos? Tenía toda la pinta, por lo de "no deberías estar en este colegio". Desde luego, ahora en los colegios dejaban matricularse a babuinos sin cerebro.
No tenía muy claro por dónde estaba la enfermería, ya que nunca había ido, pero más o menos me orienté en seguida, y mientras caminaba, me asaltó un chico mayor, bastante guapo.
-Salvada por la profe, ¿eh?
-Eh... sí -murmuré, pasando por su lado. Él me cogió por el hombro.- ¿Qué?
-Esto sólo es el comienzo, -murmuró, pegando su cabeza a la mía y mirándome de forma amenazadora- te vas a cagar.
-¿Qué? -Tartamudeé. No entendía nada, debía de haber un error- ¿Por qué?
-Estamos hartos de la gentuza como tú... -de pronto, dejó de hablar y miró la abertura de mi mochila. Asomaba la capa y el escudo del dragón por ella, y antes de que pudiera hacer nada, estiró y la sacó- ¿De dónde has robado esto?
-No lo he robado, me lo prestaron -repuse, tratando de recuperarla, mientras él buscaba la etiqueta con el nombre. Antes de que pudiera verla, le pegué una patada en la espinilla y me hice con el control de la capa antes de salir corriendo. Sus improperios me siguieron todo el camino hasta que encontré la puerta principal y salí al jardín.
Jadeando, me apoyé en el tronco de un árbol y me dejé caer sobre el césped. Me temblaban las piernas. Sin comerlo ni beberlo, me habían hechizado y amenazado dos veces consecutivas en el mismo día. Y no tenía a Pablo para ayudarme a resolver mis interminables preguntas sobre el mundo de los magos, ni para consolarme, ni para ayudarme.
Me puse a llorar mientras me abrazaba las rodillas. Quería irme a casa.