1 nov 2011

Carlos

Al salvar la distancia que me separaba del invernadero pude oir la voz de Eneas retumbando en la sala. Al llegar hasta allí le pude ver hablando con sara, que mantenía la vista de Eneas fija en el lado contrario de la puerta. Al asomarme por una de las ventanas sara, me echo una mirada de complicidad y aprovechando el momento me colé en el invernadero sentándome en el sitio que había libre.
Al llegar hasta allí ella cortó la conversación agradablemente y fue hasta su asiento, pidiendo perdón a aquel viejo verde, por retrasar su clase.
-Gracias-le dije como un susurro cuando se sentó, ella no me miro.
-Se te veía muy ocupado con tu "amiguita"-el tono de su voz sonó gélido, como un témpano de hielo y no volvió a dirigirme la palabra en toda la hora.
En aquella clase volvimos con el tema de las especies hibridas y el problema de cruzar dos esquejes de los cuales desconocíamos todos los efectos, aquello suscito mi interés para poder cruza el sauce con alguna planta realmente diminuta y con una agresividad innata.
La clase transcurrió entre bocetos y mediciones sobre los posibles efectos de mezclar dos tipos de plantas, durante el curso nos dedicaríamos a hacer hipótesis y probarlas y al final del curso veríamos cuantas se cumplen.
Al sonar el timbre Eneas se quedó hablando con algunas de las chicas mientras el resto se movía hacia la clase de transformaciones. Hector no había aparecido en toda la clase y la verdad es que dudaba de que se supiera de él en todo el día.

Las clases pasaron y tras la última clase una charla del jefe de la casa del Dragón me dio a entender que habían encontrado a Hector en una de las clases hechizado, el no había dicho quien había sido porque también hubiera tenido que explicar que estaba elevando a los alumnos de padres muggles por el techo y le hubiera costado más caro que su venganza contra mí, pero tenía claro que eso no iba a quedar ahí y que el intentaría vengarse de mí.
Tras la charla de Priamo nos fuimos todos hacía el comedor. Al cruzar uno de los pasillos choqué contra el guardabosque. Era un hombre bastante fuerte, con una incipiente calva y una pata de palo que hacía de su aspecto, como mínimo, digno de cualquier esperpento.
El hombre gruñó algunas palabras malsonantes mientras intentaba no perder el equilibrio, pero falló cayendo al suelo estrepitosamente, una varita rodo hasta mis pies.
Al recogerla pude verla con más detenimiento, era muy corta, de unos 15 centímetros de longitud, bastante fina, de una madera clara, con una textura suave, como la madera recién lijada. Tenía la empuñadura bastante definida y del final de esta salía un relieve en forma de enredadera que trepaba hasta la punta de esta. Un olor dulzón llegó hasta mi, seguramente de la varita aunque no pude identificarlo.
-No la toques!-gruñó el guardabosques mientras se lanzaba a por ella levantándose con alguna dificultad-Malditos críos, que no respetan nada-Gritó mientras se marchaba cojeando, dejando un rastro de barro. El rastro de barro seguía por todo el pasillo.
-“Aquella varita era demasiado fina y corta para ser de un hombre”-pensé mientras miraba al hombre marcharse-“era de mujer, eso seguro, ¿Por qué llevaría el guardabosque una varita de mujer?”-Aquel pensamiento me hizo debatirme entre mis ideas, aquella varita me sonaba, me sonaba demasiado. Tenía que averiguar dónde había estado.
Me adelanté por donde venían los pasos, los alumnos pasaban cruzando hacia el gran comedor, era casi la hora de comer y mis tripas rugían con fuerza, pero algo me decía que tenía que seguir esas gotas de barro que había estado dejando la pata.

Crucé los metros de pasillo que me separaban de la puerta trasera del colegio y abrí la puerta, todavía caían algunas gotas de lluvia pero no era más que un leve reflejo de lo que había acontecido anteriormente. Al avanzar por el césped lo notaba blando y notaba como el barro bajo mis pies iba cediendo, hundiéndome a cada paso. Tenía que tener la vista fijada en el suelo.
Las huellas eran fáciles de seguir, pues aunque no supiera identificar las huellas de los pies, se diferenciaba enormemente el hueco dejado por la pata que parecía hundirse varios centímetros cada vez que daba un paso.
Llegué hasta el final de las huellas, una parte trasera del jardín donde habían plantado unas flores, estuve mirando detenidamente aquel lugar. No parecía que hubiera nada extraño. Me giré decepcionado, me había quedado sin conspiración, seguramente aquel hombre había encontrado la varita perdida de alguna chica y se la iba a devolver, yo tenía mucha memoria, seguramente me sonarían las varitas de muchas chicas, era una alucinación. Entonces lo ví, la tierra estaba removida y las plantas, la mayoría estaban bien ordenadas pero había una algo más alejada que el resto rompiendo la estética del conjunto, seguramente si no te fijabas no se hubiera notado pero era demasiado sospechoso si el resto de plantas estaban puestas así.
De las plantas se solía ocupar eneas, al menos de plantarlas, y era un hombre demasiado meticuloso con las formas.
Saqué la varita y con unas palabras la flor salió de la tierra dejando un hueco debajo. Había un trozo de tela metido en un agujero , me agaché a recogerlo. La bolsa estaba manchada de barro, era una tela vieja, de lino, atada con un cordón, que algún día fue blanco pero que ahora mantenía un color entre amarillo y marrón.
Dejé la planta en su sitio y con la varita limpie cuidadosamente el barro haciendo salir agua de la punta.
Después borré mis huellas cuidadosamente y entre por la puerta que había salido, mi corazón latía muy fuerte y todavía no sabía porque lo había hecho.
Mi estomago respondió que podía esperar a después de la hora de comer. Limpié mis botas de barro y me fui corriendo con aquello en el bolsillo bien sujeto con la mano.

Al entrar al comedor pasé la vista por el, Sara había desaparecido y no se le vio en toda la comida, tenía ganas de hablar con ella sobre lo encontrado, me senté intentando denotar tranquilidad y empecé a comer, la gente ya se había terminado su segundo plato y muchos se levantaban para irse al haber terminado de comer, al pasar la vista por la sala vi a aquella chica llorosa de la marta, se había duchado y ya no tenía aquellas mejillas rojizas y los ojos vidriosos, me sonrió. Volví a mi plato per con la cara de la chica todavía en la mente, parecía preocupada por algo.