Miré asombrada al chico que acababa de entrar por la puerta de uno de los invernaderos. No podía ser la misma persona. ¿O sí? Seguramente sería bipolar o algo así.
Después miré la bolsa de tela que me había dado y deshice los lazos que la cerraban. Me asomé a su interior y vi una flor rojiza que parecía emitir su propio calor. Era preciosa, y cuando la saqué con cuidado, noté de inmediato cómo me secaba parte del brazo, y me calentaba el resto del cuerpo. La volví a meter dentro de la bolsa y me puse en pie, decidida a guardarla a buen recaudo en mi habitación.
¿Sería aquello lo que el chico había ido a cortar la noche anterior?
La lluvia comenzó a volverse llovizna conforme avanzaba por el césped hacia las puertas del castillo, cuando escuché una especie de gruñido malhumorado. Me oculté tras una esquina, pues no quería que ningún profesor me preguntara qué hacía por allí cuando tenía que estar en clase, cuando de pronto un hombre con pinta hosca pasó por delante de mí, sin mirarme, pero visiblemente intranquilo. No le había visto nunca por el castillo, pero sí recordaba haberle visto rondar por el jardín. Se le veía a veces desde las ventanas de la sala común. Será el jardinero, pensé, después de mis deducciones dignas de Sherlock Holmes.
El presunto jardinero llevaba el cabello largo y desordenado, y le clareaba en la zona de la coronilla y las entradas. Tenía la espalda ancha y los brazos fuertes, pero le faltaba una pierna, que sustituía con una pata de palo que se le hundía en los charcos de barro formados por la lluvia. En aquel momento rezongaba cada vez que se detenía a sacar la pata de algún lodazal, y finalmente deshizo las ataduras que la sujetaban al muñón y se marchó cojeando, lanzando miradas en dirección a las ventanas del castillo, inquieto.
Intrigada por aquel comportamiento extraño y apresurado, guardé cuidadosamente la bolsa que llevaba la flor dentro del bolsillo interior de la túnica y comencé a seguirle lentamente, sin perderle de vista.
El hombre rodeó un par de torreones del castillo y se detuvo ante un pequeño jardín de flores que crecía bajo las ventanas que, según calculaba, serían las que daban al pasillo que conducía al sótano. La tierra estaba húmeda y revuelta, y había algunos lugares donde todavía no habían sido plantadas las flores. De hecho, había numerosas macetas con esquejes esparcidas por el lugar. Decepcionada, lancé un suspiro silencioso. Sólo iba a seguir plantando, no hacía nada interesante ni ilegal.
Cuando estaba a punto de volverme, el hombre hizo un movimiento extraño. Miró a su alrededor y hacia las ventanas. Cogió su pata de palo y la manoseó un poco, metiendo la mano en el orificio que servía para poner la pierna. No logré vislumbrarlo bien, pues se había girado ligeramente, pero en seguida metió el puño cerrado en un agujero, puso un poco de tierra dentro y luego trasplantó uno de los esquejes.
Miró a su alrededor nuevamente, muy inquieto. Yo me aplasté contra la pared para que no me viera. Por fortuna, aquella parte del castillo tenía un diseño muy barroco, con muchos detalles y pilastras tras las que ocultarse. El jardinero terminó de arreglar aquel pequeño jardincito y, mirando nuevamente a su alrededor, se puso la pata de palo y se marchó. No sabría decir si fue mi imaginación o qué, pero parecía cojear mucho menos que cuando andaba hacia el lugar. Me asomé un poco para verlo desaparecer en el interior de una cabaña que había en el linde del bosque.
Mi corazón latía desbocado. ¡Qué intriga! ¿Qué había metido? Me aproximé lentamente al jardincito, sin perder de vista la cabaña. Podía ser sólo fertilizante mágico para que las flores crecieran más deprisa, pero tanto secretismo... ¿para qué meterlo dentro de la pata de palo, que tenía que hacerle daño al andar?
Cuando estaba a punto de arrodillarme, la puerta de la cabaña se abrió de golpe, y salió el hombre con montón de gallinas muertas cogidas del pescuezo. Se aproximaba hacia mí, aunque yo me encontraba fuera de su campo de visión gracias a aquellas benditas columnas adosadas al muro. Sin embargo, si trataba de marcharme por el lado contrario, me vería perfectamente.
Embargada por un pánico que nunca antes había sentido, pisé en un lugar donde no había ninguna flor, de puntillas, y de un salto me encaramé a una ventana, que comencé a golpear silenciosamente para que se abriera.
-Joder, eres bruja -me dije a mí misma, mientras, con dedos temblorosos, cogía la varita.
Antes de que pudiera decir nada, la ventana que había estado aporreando, se abrió sin previo aviso y caí dentro, justo cuando escuchaba al jardinero quejándose porque la pata de palo se le había vuelto a encallar en un charco. Me levanté rápidamente y cerré la ventana.
Pronto vi pasar la sombra de su cabeza en dirección a la entrada del castillo, y suspiré, aliviada.
Con el corazón a mil por hora, decidí saltarme el resto de clases y darme una ducha calentita en mi habitación, alegando que me había resfriado o algo así.
Después de aquel baño reparador, que sirvió para templarme los nervios y ponerme ropa seca, cogí la flor que me había dado Carlos y la observé largo rato. La había puesto en mi mesita de noche, y daba mucho calorcito. Era preciosa.
De pronto empecé a escuchar voces al pie de la escalera, y al rato se abrió la puerta de la habitación, y entraron todas las chicas.
-Tía ¿por qué no has venido a clase?
-No me encontraba bien... -respondí, poniendo la cara de enferma más convincente de mi reparto.
-Vaya... creo que hoy hay sopa en el menú, te sentará bien. ¿Vamos a comer? -Comentó Layla, mientras dejaba la mochila junto a su cama.
-Sí, voy en seguida, cojo la varita y voy. -De pronto, todo el calorcito que se me había metido en el cuerpo después de la ducha y la flor, desapareció de golpe. Mi varita...
Salí corriendo sin dar ninguna explicación, y seguramente de la forma en la que no se movería un enfermo, pero tenía que saber...
Bajé las escaleras de tres en tres, y cuando por fin llegué al pasillo que conducía a las mazmorras, vi que la ventana que había cerrado tras caer por ella, estaba abierta. Tenía marcas de barro en los goznes. Y no había ni rastro de mi varita.
Me apoyé en el muro, recuperando el aliento. Seguro que la había encontrado. Seguro que había visto la marca de la pisada en el barro recién removido de las flores. Sabía que alguien le había estado mirando, y había sido tan idiota de perder la varita.
Regresé corriendo al Comedor, pues el criminal siempre volvía a la escena del crimen, y no quería que me vieran rondando por ahí. Vale, ahora sí estaba metida en un grave aprieto. Y sin Pablo, que siempre me ayudaba a salir de todos los marrones.
Miré hacia la mesa principal, pero el jardinero no estaba allí. Si lo que estaba haciendo era algo criminal, no daría la varita a ningún profesor, porque tendría que explicar por qué alguien estaría vigilándolo allí precisamente. Pero tampoco podía preguntar directamente en objetos perdidos, porque si lo había denunciado, o estaba vigilando, sabría que la varita era mía.
Tenía un nudazo en el estómago, y a penas era capaz de tragar las pocas cucharadas de sopa que me había servido en el plato.
Miré a mi alrededor, en busca de una cara amiga que me sacara de aquel aprieto. Y vi una sonrisa socarrona que le daba trocitos de carne al interior de su túnica.