No pude probar bocado, tenía un nudo enorme en la garganta que a penas me dejaba tragar. Tenía las piernas temblorosas, tenía que recuperar mi varita, seguro que en seguida averiguaban de quién era, especialmente cuando tuviera que ir a clase sin ella.
Moviendo la pierna compulsivamente, esperé a que Carlos dejara de comer. También se le veía un poco nervioso, pero a lo mejor era por la proximidad de los examenes. Cuando se levantó del banco, me levanté como si un poltergeist travieso me hubiese pinchado el culo con una aguja, y me precipité alocadamente hacia la puerta del Comedor, esperando no perderle de vista.
Casi sin pensarlo, me aferré con fuerza a su bufanda desde atrás. Él emitió un sonido agudo, e inclinó la cabeza hacia mí. Rápidamente me di cuenta de que le estaba estrangulando y le solté, avergonzada.
-Perdona, perdona. -dije, mientras él se giraba rápidamente, varita en ristre. Casi me la clavó en la nariz antes de darse cuenta de su error.
-Perdona, creí que eras otra persona.
-Eso espero -trastabillé un poco al retroceder- oye, necesito... -me detuve en seco en cuanto vi que pasaban un par de chicas del dragón, mirándonos y cuchicheando. Me sentí avergonzada de nuevo, seguro que él me despreciaba- no importa...
De pronto, todo fue como... una locura. Cuando estaba retrocediendo para darle la espalda, me cogió del brazo y me estiró hasta él. Alcé una mano para detenerle, pero no pude parar su cabeza, que se inclinó con una rapidez serpentina hasta mi cuello. Allí, noté sus labios húmedos rozando mi piel. En seguida comencé a notar un fuerte calor en la entrepierna. Algún chico soltó una risotada a lo lejos, pero me sentía tan aturdida que no conseguí decir nada. Finalmente, con las piernas temblando, proferí:
-Qué... ¿qué haces?
-Hueles a canela -dijo, aún con su mano derecha bien aferrada a mi brazo, y su mano izquierda sosteniéndome de la cintura. Cerré los ojos cuando noté su aliento acariciándome el cuello al hablar.
-A...já... -suspiré.
-Aquel olor... era canela -murmuró mientras me soltaba y se separaba de mí. Cuando volvió a hablar, su voz sonó más fuerte, emocionada- ¡el olor de la varita era canela!
Me costó un poco salir del trance sensual en el que me había metido al meter su cabeza en mi cuello, pues había sido lo más próxima que había estado a un hombre desde que mi hermano y yo nos bañábamos juntos antes de tener uso de razón.
-Ya, mi varita está hecha con canela, es normal que yo también huela así, la llevo encima todo el día.
-Una varita fina, de unos quince centímetros, de madera clara -Carlos se cruzó de brazos, satisfecho- ¿la echas de menos?
Le aferré la camisa con ansiedad.
-¿Dónde la has visto? ¿La llevaba el -bajé la voz- el conserje?
-Eh... sí, -respondió él, mientras me obligaba a soltarle, y se alisaba la zona arrugada con las manos- tranquilízate, le vi cómo se le caía al suelo, y me la quitó de las manos.
-Mierdas, tendrías que haberla cogido y haber huido sin mirar atrás. -Volví a mirar a mi alrededor, inquieta. Las dos chicas cuchicheantes de antes me miraban con el ceño fruncido, y la mayoría de los alumnos ya había terminado de comer, y se encontraban saliendo del comedor- será mejor que hablemos en privado, tengo que contarte algo.
-Sí, las chicas siempre tenéis que contarme algo en privado -el chico chasqueó la lengua.
Reprimí las ganas de darle una patada en la espinilla, el caso que nos ocupaba era más preocupante. Le cogí de la muñeca y le arrastré escaleras arriba hasta el segundo piso, que se encontraba prácticamente desierto. Echando una mirada a mi espalda, entramos en un aula vacía. Todavía no sabía cómo cerrar las puertas, sólo había aprendido a abrirlas, así que cogí una silla y atranqué el pomo con ella, a la vieja usanza muggle.
-Bueno, verás, es que antes he seguido al conserje porque hacía cosas muy raras, y ha enterrado algo en el jardín, pero no sé qué es. Cuando he ido a mirar, él estaba volviendo y me ha tocado entrar por una ventana. Que por cierto, me he caído y me he hecho un daño del carajo, me ha salido un moratón, mira -me levanté la falda ligeramente para enseñarle el cardenal del muslo- bueno, el caso es que me fui corriendo, y no me había dado cuenta de que me había dejado la varita, pero tu comentario de antes lo confirma. Ahora mi varita la tiene el tipo misterioso, y seguro que sabrá que le estuve espiando si descubre de quién es la varita, y me da mucho miedito, así que necesito ayuda, concretamente la tuya, para entrar en su casa y recuperarla a hurtadillas. Porfaporfaporfaporfaplisss -después de aquella súplica, jadeé para recuperar el aliento.
El chico me miró durante unos instantes, pensativo. Casi dejé de respirar esperando una respuesta a aquella avalancha.
-Tienes unas piernas bonitas. -Sonrió ligeramente al ver mi cara de incredulidad- Estuvo en el jardín, ¿verdad? En la parte donde hay flores... seguro que escondió algo.
Reprimí mis ganas de agarrarle de la camisa de nuevo.
-¿Cómo lo sabes?
-Bueno... quizá sea más listo de lo que crees -metió la mano en el bolsillo y al instante sacó una bolsa de tela amarillenta, más o menos del tamaño de lo que le había visto enterrar.