8 feb 2012

Carlos

Zarandeé varias veces la bolsa delante de su cara. La chica no apartaba la vista de esta, y la seguía con los ojos; me recordaba a esos gatos que observan detenidamente su presa antes de lanzarse con las garras a por ella. A esta chica le podía la curiosidad.
-Seguí las huellas y encontré un pedazo de tierra sospechoso –comenté, sopesando todavía la bolsa delante de ella- y esto es lo que había.
-¿Y qué hay dentro? -Preguntó, alargando la mano hacia la tela.
-Quizá quieras verla tú misma.

Aflojé los dedos con los que sostenía la bolsa para que ella pudiera cogerla con más facilidad. Rápidamente deshizo el nudo que cerraba el saquito y metió la mano dentro de él. Tanteando su interior, envolvió el contenido con los dedos y, al extraerlo, se encontró delante de una especie de mortero pequeño de madera. De unos diez centímetros de longitud, de forma cilíndrica, que se hacía más grande a un extremo. En el mismo, había una especie de relieve de una cruz, flanqueado por una especie de árbol y una espada.
-¿Qué es esto?
-Por lo que puedo saber es un sello, el símbolo, no sé... quizá sólo sea un tampón para tinta o para cera, para sellar las cartas –murmuré, mientras sopesaba la idea, rascándome el mentón.-o podría abrir algo, durante muchos años estuvo de moda entre los magos hacer llaves con forma de relieve, en este castillo hay muchas puertas que necesitan de eso.
-Entre los muggles, los tampones se utilizan también para... bueno, no importa. -La chica examinó el supuesto sello entre los dedos- a lo mejor tiene alguna especie de encantamiento.
-Podemos comprobarlo –le quité el sello de las manos y lo puse encima de la mesa- si no es un conjuro muy complicado...-saqué la varita y apunté directamente al objeto- ¡Revelio Incantatem! -Un rayo salió disparado hacia el sello. Chocó contra él, pero éste no se movió ni emitió ningún sonido.
Lorena se quedó parada durante unos instantes.
-¿Y ahora?
-No hay ningún conjuro, si lo hubiera, habría reaccionado de alguna forma, soltando chispas, vibrando o, bueno, rechazando de alguna forma mi conjuro, así que...debe ser un objeto mundano -contesté definitivamente tras guardar la varita en la túnica.

La joven volvió a coger el sello.
-¿Y qué hacemos? Todavía tenemos que recuperar mi varita. Ay dios, si ve que ha desaparecido esto, se pensará que he sido yo. O sea, yo no, porque no sabe que la varita es mía, pero lo sabrá.
-Quizá sea mejor que vayamos a recuperarla -recogí el sello de las manos de la chica y lo metí cuidadosamente en la bolsa de tela- Elige, te infiltras dentro del despacho o preparas una distracción.
-Espera, espera ¿ahora? ¿A plena luz del día? Si nos pilla nos la cargaremos con todo el equipo.
-Entonces la distracción tendrá que ser muy grande, busca a alguno de los poltergeist, seguro que tienen alguna idea para hacerlo cabrear -la sola idea de aquello me parecía divertido, aquellos bichos podían ser de lo más molesto, pero muy divertidos si sabías hacia dónde enfocarlos-aunque si prefieres esperar a la noche...
-Mejor a la noche, y mientras, podemos preparar mejor el plan. -De pronto, alguien tocó a la puerta. Ambos dimos un respingo, y la chica miró la bolsa que tenía en las manos, con cara de alarma. Me apresuré a meterla en mi bolsillo en el instante en el que se abrió.
-¿Qué estáis haciendo aquí? -Se trataba de la profesora de Historia de la Magia, que nos miró con actitud recelosa. Se trataba de una mujer rechoncha rondando la cincuentena. Todo su cabello estaba formado de apretados rizos contra su cráneo, y su voz sonaba rasposa pero firme- Está prohibido rondar dentro de las clases en fin de semana. -Dirigió la mirada hacia la silla que había estado bloqueando el pomo de la puerta, y que ella había apartado mediante la magia- Espero no interrumpir nada íntimo.
-Por favor profesora, sabe muy bien que los alumnos tienen prohibido intimar dentro del colegio, y sabe que yo nunca faltaría a una sola norma- aquella frase casi se me había atragantado en la boca de la risa y una sonrisa pícara se había dibujado en mi rostro. Antes de que pudiera ver cómo me reía de ella en su cara, comencé a caminar hacia la salida, sorteando el redondeado cuerpo de la maestra- Si me permite, profesora.

Me marché por la puerta, más tarde encontraría a Lorena y hablaríamos del tema, o quizá fuera solo, no podía permitirme fallos
Un par de horas más tarde, cuando avisaron que era la hora de la merienda, todavía meditaba sobre el asalto a la casa del conserje. Todos los alumnos iban y venían del comedor, pues preferían coger algunas tostadas o sandwiches y comérselos en las salas comunes. Allí, noté un dedo que me pinchó en la espalda.
-Me has dejado plantada -era la marta otra vez, mirándome con gesto nervioso.
-¿Preferías explicarle a la profesora qué hacías conmigo en la habitación?
-Pues he tenido que hacerlo –replicó, con los brazos cruzados. Sonreí despreocupadamente.
-Tienes cara de buena chica, seguro que no ha desconfiado de ti.
-Le dije que querías enseñarme un hechizo nuevo y me escabullí cuando pude. Bueno -entramos juntos en el comedor. Casi de inmediato noté muchas miradas sobre mí, especialmente de la mesa del dragón- entonces ¿cómo quedamos esta noche?
-Iré a buscarte a la puerta de tu casa, estate a las 12 fuera. –Murmuré sin mirarla, mientras chasqueaba los dedos. Lo que me faltaban, que me vieran con una marta de primer curso -Y ahora, sepárate, no es bueno que te vean conmigo.
-Que borde -murmuró, mientras se dirigía a su mesa. De inmediato, un montón de cabecitas de martas inquietas se formaron a su alrededor, todas susurrantes e inquietas.