-Así que era suya la capa -comentó Layla, mientras acercaba su cabeza a la mía.
Alargué una mano hacia una fuente y cogí una tostada, aunque no tenía hambre; simplemente trataba de encontrar una buena excusa.
-Por ahí dicen que os han visto morreándoos esta mañana -murmuró Sofía, que se inclinaba tanto sobre la mesa que se le había metido el collar dentro del tazón de cereales.
-¿Qué? ¡No! -Exclamé, dando un golpe en la mesa- Eso no es verdad. Sólo hablábamos.
-¿De qué?
-Cosas nuestras -respondí de forma evasiva, mientras untaba mantequilla distraídamente.
-¿Qué cosas? -Insistió Layla.
-Ay, que me dejéis en paz -Sin terminar de preparar la tostada, la dejé sobre la mesa y me levanté de forma brusca.
Sabía que se iban a enfadar conmigo, pero si seguían preguntándome, al final acabaría contándoles toda la historia, y algo me decía que no debía hacerlo.
Me dirigí rápidamente hacia la habitación. Afortunadamente, dentro no había nadie. Eran las seis de la tarde, y tenía una culebrilla de nervios en el estomago. Comencé a rebuscar en el armario, pensando en vestirme entera de negro para camuflarme mejor con las sombras de la noche.
Finalmente conseguí lo que me proponía: vaqueros oscuros, y una camiseta negra de manga larga. Bueno, tampoco era mucho, pero algo ayudaría. Me entretuve recogiéndome el cabello en un moño improvisado. Ciertamente, no me quedaba nada mal el color caoba rojizo. Aun así, tendría que hablar seriamente con Carlos sobre lo de hacer de conejito de indias. Por lo menos podría pagarme.
A la hora de cenar, bajé a comer algo. Si el chico dragón apareció por allí, no le vi, pero no fue porque no le buscara frenéticamente con la mirada. Engullí como pude un par de salchichas que me supieron a goma y, cuando pude, volví a mi habitación.
Después de dar un par de vueltas en ella, sin saber qué hacer, decidí ponerme un pijama por encima de la ropa. Uno de manga larga, de franela rosa que tenía en lo más profundo del cajón para lo más crudo del invierno. Odiaba aquel pijama, pero no tenía otra opción si no quería que vieran la ropa que llevaba por debajo. Cuando terminé de vestirme, bajé a la sala común, con una revista para distraerme.
Dieron las diez, y la sala común estaba completamente abarrotada. La gente charlaba por doquier, e incluso había un par de personas jugando al ajedrez o al parchís. Comencé a inquietarme, y no paraba de leer continuamente el mismo párrafo de la revista:
"En otros números de El Alquimista, hemos hablado de las propiedades de las lágrimas de fenix para curar heridas, pero nada se asemeja al poder curativo de la sangre de dragón."
Pasaron mis amigas por delante de mí, pero no me hablaron, pues parecían algo ofendidas aún.
"...poder curativo de la sangre de dragón" Dieron las once. Dios, el tiempo pasaba despacio. "...se asemeja al poder... dragón".
Poco a poco, todo el mundo fue subiendo a dormir a sus habitaciones, pero como era sábado, algunos se mostraron más despiertos que de costumbre. El reloj de la pared dio las doce. Salté casi inmediatamente del sillón, dejando caer la revista al suelo. Ni siquiera recordaba qué había estado leyendo. Algo sobre un limpia hornos, creo. Eché un vistazo en derredor. El corazón me latía salvajemente. Un grupillo que charlaba apaciblemente en la esquina no mostraba signos de querer ir a acostarse, así que decidí hacer de tripas corazón y salir disimuladamente.
-Eh, novatilla, ¿dónde vas? -Preguntó uno de ellos, cuando me vio acercándome a la obertura que era la entrada a nuestra sala común.
-Eh... me he dejado unos apuntes en... el comedor.
-Está prohibido salir tan tarde.
-El comedor está cerca, no tardaré nada.
-Tú misma, pero que no te pillen, otra vez estamos los últimos en el ránking.
Asentí con una sonrisa forzada y me metí en la obertura, saliendo al otro lado rápidamente, todavía con el pijama de franela rosa.